JOAQUIN SECCO ILLA
HISTORIA
DE LA
UNION CIVICA
'JL3fc18
.U58S44
MONTEVIDEO -URUGUAY
.U5SS44
•
%
HISTORIA
DE LA
UNION CIVICA
JOAQUIN SECCO ILLA
HISTORIA
DE LA
UNION CIVICA
IMPRESORA
ZORRILLA DE SAN MARTIN
MONTEVIDEO
1946
QUINTA CLASE
EL CONGRESO DE 1911 Y LA TRASCENDENCIA DE
SUS RESOLUCIONES • LEGITIMIDAD DE LA ACCION
CIVICA EN LA PRIMERA ETAPA • TRABAJOS DE
ELABORACION. DEBATES Y PREPARACION DEL CON-
GRESO • PROYECTO DE RESOLUCION DE LA UNION
CATOLICA • APROBACION DEL PRELADO • CONSTI-
TUCION DEL 4<? CONGRESO • LA MEMORIA DEL DI-
RECTORIO DE LA U. CATOLICA Y UN EXTRACTO DE
SU INDICE • LAS VEREDAS DE LA CATEDRAL • LA
COMISION INFORMANTE Y EL ESPIRITU DEL CON-
GRESO • CREACION DE LAS TRES UNIONES: SOCIAL,
ECONOMICA Y CIVICA • EL PROYECTO DE UN CO-
MITE CENTRAL • LOS ESTATUTOS DE LA UNION
CIVICA • LA ELECCION DE LOS TRES CONSEJOS A
TRAVES DE LA CRONICA Y LOS DISCURSOS DE LOS
PRESIDENTES • MEMORABLE DISCURSO DE CLAU-
SURA DEL OBISPO DIOCESANO Mons. ISASA.
SEXTA CLASE
CONSTITUCION DEL CONSEJO DIRECTIVO DE LA
U. CIVICA • LAS TRES TAREAS PRINCIPALES • RE-
ORGANIZACION Y CREACION DE LOS CENTROS CI-
VICOS • INCIDENCIA QUE ACLARO LA INDEPENDEN-
CIA DE LA U. CIVICA • LA CARTA ORGANICA • EL
PROGRAMA DE PRINCIPIOS • PROYECTOS DEL Dr.
SECCO ILLA • PRIMERA CONVENCION DE LA UNION
CIVICA DE AGOSTO DE 1912 • SU CONSTITUCION Y
AUTORIDADES • ESTUDIO Y APROBACION DE LA
CARTA ORGANICA Y EL PROGRAMA DE PRINCI-
PIOS • RESUMEN del PROGRAMA APROBADO • TRES
DECLARACIONES FUNDAMENTALES • LA ESTRUC-
TURA GUBERNATIVA • EL ORDEN POLITICO E INS-
TITUCIONAL • EL ORDEN ECONOMICO • EL ORDEN
FINANCIERO • EL ORDEN INTERNACIONAL • EL MA-
NIFIESTO-PROGRAMA Y EL SERVICIO MILITAR • LOS
PROBLEMAS SOCIALES • EL ORDEN JERARQUICO
DE LOS PROBLEMAS Y EL CLIMA ACTUAL DE
LIBERTADES.
Palabras pronunciadas por
el doctor Alfredo Canzani,
con motivo de la iniciación
del cursillo dictado por el
doctor Joaquín Secco Illa.
✓
/S^UANDO ME DIRIGI al doctor Secco Illa solicitándole nos
— * diera unas lecciones sobre la historia del Partido, estaba
seguro de su contestación afirmativa. No es el doctor Secco
Illa de los hombres que predican para los otros y se queda en
su casa; y tratándose de lecciones, este curso sería uno más que
se agrega a los que diariamente nos ha dado, desde la for-
mación de nuestra querida y grande Unión Cívica.
Y si el fundador del Partido, con su generosidad habitual,
sin medir molestias, con la sencillez del que, habituado a darlo
todo, no mide la importancia de sus obras, yo quiero, en nom-
bre de los presentes, decirle a nuestro maestro que apreciamos
en todo su valor su desinteresado sacrificio. Es claro que para
el doctor Secco Illa esto tiene un significado de extraordinaria
resonancia.
Va a conversar con el fruto de su propia obra, con la obra
que soñó Zorrilla, pero que él también soñó, cuando realmente
parecía obra no realizable fundar un Partido que, en política,
defendiera los ideales religiosos y pospusiera sus mezquinos
intereses al engrandecimiento moral y material de nuestro país.
Tiene, he dicho, extraordinaria resonancia, porque va a
sentarse a la sombra del árbol que sembró, y volviendo la vista
al pasado, a través de tres décadas, narrarnos, con cariño de
actor — ¡y qué actor, señores! — las peripecias, los sinsabores,
los sacrificios y — porqué no decirlo — las alegrías de este largo
16
camino recorrido, sin desviaciones, sin renuncios, sin temores,
a veces con temores, pero con la vista siempre fija en el hori-
zonte de un día que ha llegado, gracias a Dios, para, bien de
todos. Pero encontrándonos en esta cumbre, nuestro horizonte
se amplía, las perspectivas se agrandan, nuestros deseos se
acrecientan, y queremos, con calor de hogar, oír al viejo lu-
chador, que nos narre su historia, confundida con la historia
de nuestra agrupación, porque ya el niño se ha hecho hombre
y fuerte, y queremos más y más luchas y esfuerzos, y más y
más triunfos, que ansiamos merecer como fruto de nuestros
desvelos y trabajos.
Doctor Secco Illa: estoy seguro que esto compensa vuestro
nuevo sacrificio de hoy, pero quiero repetir, en alta voz, algo
que sabéis bien: nuestro agradecimiento por la tarea que os
imponemos, y que tan gustoso vais a realizar.
He terminado.
(Prolongados aplausos).
PROLOGO
EL CONSEJO DIRECTIVO, recogiendo una iniciativa del
Presidente doctor Canzani, ha creído útil, en esta hora de
la Unión Cívica, volver un poco los ojos al pasado, y
recordar los momentos difíciles que algunos hemos vivido, hoy
que todo se corona de rosas, que tan escasas fueron durante los
primeros tiempos.
Cumpliendo esé pedido, accedí gustoso a dar estas clases;
porque, a la vez que son enseñanza para la juventud que no
formó parte de nuestras filas en las horas primeras, sirven de
aliento a los de entonces, al ver la prosperidad y el prestigio
a que ha llegado nuestra obra, tan difícil en los primeros
esfuerzos.
Como pretendidas clases, estas exposiciones serán, necesa-
riamente, llanas y sencillas. Yo no voy, pues, a hacer el elogio
de lo que es la Unión Cívica; no quiero coronarla de alabanzas
que, por otra parte, me parecen innecesarias. Debo relatar,
simplemente, los hechos tal como acontecieron en el pasado,
explicando porqué nació, cómo nació, en qué condiciones nació
la acción cívica de los Católicos en el Uruguay. Más de una
vez he dicho que esta obra no es, ni ha podido ser, la obra
de un hombre: fué el resultado de un proceso que arranca desde
el siglo pasado, en su génesis primitiva, y que se extiende en
sus realizaciones a los tiempos actuales.
El catolicismo de los uruguayos fué siempre puesto a
prueba por rudas y dolorosas persecuciones, en distintas épocas
de nuestra historia. No necesitamos remontarnos allá al se-
senta y tantos, para recordar el conflicto entre el poder civil
y el poder eclesiástico en los tiempos de Monseñor Vera. Esas
20
divergencias, dolorosas para nuestra causa, se repitieron cons-
tantemente y en períodos más o menos frecuentes, con las pri-
meras leyes de registro civil, que agitaron, en tiempos sañudos,
la opinión de nuestra colectividad creyente.
En esos tiempos, no se había organizado todavía el laicato
católico, pero surgía ya — bajo la inspiración de sus grandes
apóstoles, entre los que se destaca la figura culminante del pri-
mero Vicario y después primer Arzobispo Monseñor Soler — la
conciencia de los mismos para la defensa pública de sus ideales.
Recién en el año 1889 se inician las grandes asambleas de los
católicos en el Uruguay, bajo la forma de los Congresos Cató-
licos, fórmula usual entonces en el mundo, y en los que nuestro
país no hace otra cosa que recoger la lección de los grandes
Congresos europeos de Alemania, Bélgica, Francia e Italia. En
ese molde se vertió la primera iniciativa colectiva de los cató-
licos en el Uruguay.
Es curioso cuando se examinan esos Congresos y cuando
se releen las manifestaciones de sus oradores, cómo puede per-
cibirse el proceso creciente de una conciencia colectiva de la
masa católica en el país. Muchos años separaron el primer Con-
greso de 1889 del segundo Congreso de 1893, y éste del tercero
de 1900. Pero al leer las actas de los mismos, conservadas en
estos folletitos, que es difícil encontrar, porque creo que están
completamente agotados, se percibe claramente que hay una
sucesión, sin solución de continuidad; que hay una continuidad
perfecta, en el pensamiento del laicato católico uruguayo de
sostener públicamente la fe tradicional del país, y de defen-
derla con manifestaciones exteriores y públicas, como se pro-
puso desde la primera hora esa Unión Católica que fundó el
Congreso del 89.
Pero esa Unión tenía una vacío: el vacío de la organi-
zación política; aunque el pensamiento flotaba en el ambiente,
como se notó en las primeras líneas de Francisco Bauzá, al
fundar el 89 la Unión Católica, y en forma más concreta y
21
expresiva, en las de Zorrilla de San Martín, en el Congreso
de 1900.
Desgraciadamente tal unión, entonces, no era posible. Los
católicos que actuaban en la vida pública, estaban aprehen-
didos en las filas de los partidos tradicionales. Tanto es así,
que en las épocas duras, de persecuciones, el inconveniente que
se notaba para la eficacia de la defensa de la acción pública
católica, era, precisamente, esa divergencia de los ideales par-
tidarios, i
Yo no actuaba, naturalmente, en 1889, ni recuerdo — sino
vagamente — las cosas de 1893. Pero desde este último hasta
el Congreso de 1900, del que fui uno de sus Secretarios, me
tocó actuar, desde luego, en la Comisión del Club Católico pri-
mero y en el Directorio de la Unión Católica después, provo-
cándome siempre disgusto, las divergencias políticas de nues-
tros hombres. Había fines de reunión, poco menos que tumul-
tuosos, cuando aparecía el calor del cintillo al que cada uno
profesaba sus apasionados amores.
Sin embargo, repito, durante ese largo proceso, la nece-
sidad de la acción colectiva, aún en el terreno cívico y elec-
toral, flotaba constantemente en el ambiente. Hay palabras
más o menos expresas, o más o menos veladas; pero quien lea
atentamente aquellos discursos y adivine su espíritu, eviden-
temente tiene que reconocer que la unión de los católicos en
el terreno cívico, era algo que tenía que suceder; que la se-
milla pedía el tiempo necesario para madurar, y que un buen
día, tenía que producirse la unión electoral de los católicos en
el terreno político, como cosa fatal.
Todos vosotros habéis leído el discurso de Zorrilla de San
Martín en el Congreso de 1900. Es tan palpable el sentimiento
colectivo que traduce, sobre todo, ese discurso, que nos parece
mentira que hayan podido pronunciarse semejantes palabras,
sin acusar una realidad. Era, pues, una fe de los católicos del
Uruguay, la necesidad de defenderla no solamente en el seno
22
de la sociedad uruguaya, sino defenderla también en el terreno
electoral y político.
"No era la hora" dijo Zorrilla; así lo dijo Lenguas, también,
en el Congreso de 1900. "No era entonces la hora". Pero el
reloj es una máquina en eterno movimiento, y las horas se
suceden y pasan y se acercan; tardan, pero llegan; el balanceo
del péndulo ya sonaba en aquellos videntes corazones; la hora
de realización de sus evocaciones y de sus palabras, tenía
que llegar.
Esta es, pues, la primera lección del cursillo que iniciamos,
que yo llamaría el prólogo.
No creamos, ni pensemos que la acción cívica de los ca-
tólicos nació armada y completa desde el primer instante.
Fué la obra de un largo, penoso y meritorio proceso, que no
podemos olvidar. Debemos guardar en el fondo de nuestra
memoria, con gratitud y con veneración, el recuerdo de sus
precursores. Debemos alegrarnos de que hoy podamos contem-
plarla en tal grado de prestigio y de progreso, de suerte que
nos inspire mayor veneración hacia el ideal que ha podido en-
cender en el terreno de nuestras convicciones cívicas, tan altos
y tan nobles esfuerzos.
Mis lecciones, pues, se dividirán en varios catítulos. Este
primero, es la época de los Congresos, fórmula adecuada a los
efectos de reunir a los católicos en asambleas públicas, hacerles
cambiar ideas, planear sus organizaciones, echar sus miradas
sobre el porvenir.
Entraremos en la próxima lección, y en los próximos ca-
pítulos, veremos cómo la semilla lanzada en los Congresos cató-
licos prendió en tierra generosa; cómo surgieron diversas ini-
ciativas, a raíz del tercer Congreso de 1900, para la realización
de ese pensamiento, y cómo con dura labor, con esfuerzo ins-
pirado por nobles ideales y con una perseverancia admirable
a pesar de las dolorosas y continuas dificultades, ha podido
crecer, congregando grandes almas, para el servicio de Dios
y de la patria.
23
Mi objeto, señores, no es de ninguna manera — vuelvo a
repetir — hacer, en este momento, la apología de esta obra. Yo
he dicho muchas veces, recordando unas palabras de Montalvo,
a quien le proponían un día que escribiera la historia del
Ecuardor y contestó: "yo no voy a escribir la historia, pienso
hacerla, otros la escribirán después". Todavía estamos, señores,
en nuestros esfuerzos cívicos católicos, haciendo la historia. La
historia, si vale la pena, se escribirá en el momento oportuno.
He terminado.
(Polongados aplausos).
PRIMERA CLASE
N ESTA PRIMERA CLASE, propiamente —ya que la ante-
^— -* terior no fué más que un prólogo — vamos a entrar di-
rectamento al tema que se nos ha señalado: el origen de la
Unión Cívica.
Mucha gente joven — y veo que, felizmente, predomina en
los presentes — cree que la Unión Cívica nació como tal en el
Congreso de 1911. Sería un error considerar así el origen de
nuestra agrupación política. Para comprender el origen de la
Unión Cívica, es necesario saber qué era la Unión Católica,
en cuyo seno, real y verdaderamente, nació la organización
política del elemento católico.
En síntesis, podríamos concretar las fechas siguientes: la
Unión Cívica propiamente, se organizó en la primera Conven-
ción que celebró, como tal, en agosto de 1912. Fué en ella — en
esa Convención — que se aprobaron su carta orgánica y su
programa de principios. La Convención de 1912, tuvo como
antecedente el Congreso Católico — IV Congreso Católico — de
1911. En ese Congreso propiamente se fundó la Unión Cívica,
desmembrando la vieja Unión Católica y subdividiéndola en
tres uniones: La Unión Social, la Unión Económica y la Unión
Cívica, y dándole a cada una de esas tres uniones, la síntesis
de sus estatutos, entre ellos los de la Unión Cívica.
Pero el Congreso de 1911, y por consiguiente la Conven-
ción partidaria de 1912, no hicieron otra cosa que recoger y
consagrar el movimiento ya existente, la organización ya exis-
tente, creada por la Unión Católica después del tercer Congreso
de 1900. En una publicación que todos pueden obtener, se llama
28
JOAQUÍN SECCO ILLA
a ese primer período de 1907 a 1911, "la primera etapa". Es,
en realidad, la etapa constructiva de nuestra agrupación polí-
tica, que salión del terreno vago, ideal, de los sueños, de las as-
piraciones, de que antes hemos hablado, para convertirse en
una perfecta realidad.
La Unión Cívica, pues, tuvo su origen en la Unión Ca-
tólica.
¿Qué era la Unión Católica?
Como esta es una cosa vieja, las personas que no cuentan
en su vida cívica sino pequeño número de años, probablemente,
no conocen por experiencia e ignoran lo que era la Unión Ca-
tólica, y me parece conveniente aclararlo y recordarlo. Ya en
parte lo dije en el prólogo. Vean ustedes cuál es el des-
arrollo, ligeramente expuesto, de estas obras creadas por el
elemento laico católico en el país. '
En el año 1878 se creó el Club Católico, que fué la primera
organización activa de apostolado y de defensa. En el Club
Católico, efectivamente, se congregaron los elementos de acción
católica existentes, para defenderse de los ataques ideológicos
y de escuela dirigidos contra la fe católica en el país.
Le tocó al Club Católico, en esa primera etapa, luchar por
la defensa de los intereses religiosos, contra las leyes primeras
que los persiguieron: las leyes de registro Civil de 1879; las leyes
de matrimonio civil de 1885; la ley de conventos de la misma
fecha, todavía vigente; las de enseñanza laica y otras diversas
luchas presentadas a la causa católica. Pero el Club Católico
era una entidad local, reducida, que congregaba, como su nom-
bre lo indicaba, el elemento católico de Montevideo.
En 1889, por iniciativa de Monseñor Soler, Vicario enton-
ces de la Diócesis, pareció que era necesario crear una insti-
tución que reuniera a todos los católicos del país. Con ese mo-
tivo, se organizó y convocó el Primer Congreso católico de 1889.
El elemento católico, en ese momento, estaba sacudido por los
ataques llevados contra la fe y contra la Iglesia.
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
29
El Primer Congreso católico del 89, aunque el más modesto
de ellos, fué, sin embargo, de una gran resonancia en el país,
de gran jerarquía y gran sentido. Ese Congreso, fué presidido
por el Obispo entonces Monseñor Yéregui, y en él figuraban las
primeras personalidad católicas del país. En ese Congreso
nació la Unión Católica de que estamos hablando. Era una
institución mucho más amplia que el Club Católico de Mon-
tevideo. La Unión Católica se proponía unir a todos los cató-
licos del país, no sólo de Montevideo, sino de toda la Repú-
blica, como en sus propios estatutos se dice, en términos
suficientemente precisos. *
Voy a leer el informe de la Comisión correspondiente de
ese Congreso, que precisa mejor que lo que yo pudiera impro-
visar, los fines que se perseguían al crear la Unión Católica.
Dice así: " Considerando que la organización del laicato cató-
lico en la República es una necesidad imperiosa de los tiem-
pos; que la eficacia de esa organización sólo puede hacerse
efectiva, aunándose los católicos en defensa y propagación de
los principios, obras, instituciones e intereses de la comunidad,
así como en la práctica y pública manifestació de las creencias;
que la elección libérrima recaída en todos y cada uno de los
delegados al Congreso Católico Uruguayo, la naturaleza del
mandato de que vienen investidos y la presencia del Jefe de la
Iglesia nacional, presidiendo sus deliberaciones, hacen de dicho
Congreso la Asamblea Constituyente del laicato católico; que
la voluntad manifiesta y unánime del Congreso, en la sesión
inaugural del 28 del corriente Abril, ha sido fundar la Unión
Católica, con el objeto de organizar a los católicos en la prác-
tica y ejercicios de la vida pública; la Asamblea resuelve:
l9 La Unión Católica del Uruguay, queda establecida en la
República con carácter de asociación permanente y en represen-
tación de las aspiraciones y tendencias del laicato católico.
2° La Unión Católica se regirá por los Estatutos y Reglamen-
tos que la Asamblea apruebe Oportunamente, y será gober-
nada en la forma y por el personal que ellos designen ".
30
JOAQUÍN SECCO ILLA
Como ustedes ven, los propósitos no eran fundar una sim-
ple institución particular, con panorama de acción más o
menos limitado, sino de unir los esfuerzos de todos los católicos
de la República, y para ese fin que ya se apreciaba como pre-
ciso y claro: para hacerlos actuar en la acción pública. No diré
en la vida política; entonces, no se hablaba de eso. Pero tam-
poco era la vida enteramente privada, o más o menos limitada,
en el círculo de las instituciones privadas.
Las palabras de Francisco Bauzá en ese Congreso, al fundar
la Unión Católica, de una elocuencia admirable, cuya lectura,
imposible de hacer ahora, recomendaría a todos ustedes, fueron,
sin embargo, bastante expresivas en el sentido de que aquella
institución era la semilla y la base, susceptible de ulteriores
ampliaciones, de una acción más amplia, sin límites y en todos
los) terrenos, para los católicos del país.
Fueron nombrados miembros del primer Directorio de esa
Unión Católica que se fundaba entonces, don Joaquín Requena,
don Mariano Soler, don Francisco Bauzá, don Juan Zorrilla de
San Matín y don Carlos A. Berro.
La Unión Católica, fundada en ese primer Congreso, como
lo decía el doctor Berro, tiempos después, en el Segundo Con-
greso de 1893, no hizo obra, ni definitiva, ni entonces muy fe-
cunda; pero sentó la semilla. Habían transcurrido pocos años
desde 1889 a 1893.
Esa época del 93 era totalmente distinta a la que se había
presentado con ocasión del primer Congreso del 89: era una
época de paz, de bonanza, de prosperidad, para la Iglesia del
Uruguay. Se había creado el Arzobispado; las relaciones de la
Iglesia con el Estado, no podían ser mejores. El Segundo Con-
greso de 1893, celebrado o reunido a iniciativa del Club Cató-
lico de Montevideo, tenía el doble objeto de reorganización de
la Unión Católica y de rendir homenaje a Su Santidad León
XIII, en sus bodas de plata Episcopales. De manera que eñ los
discursos pronunciados y en la relación de los actos y en las
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
31
nuevas directivas ajustadas, no aparece, todavía, ningún nuevo
espíritu de lucha, fuera del apostolado laico.
En ese segundo Congreso, se renovó la composición del
Directorio de la Unión Católica, y quedaron nombrados: Joaquín
Requena, Carlos Berro, Miguel V. Martínez, Francisco Durán,
Eugenio O'Neill, Héctor Pareja, Rodolfo Amargos, Jacinto Du-
rán, José María Carafí y el Delegado Diocesano.
De 1893 en adelante, las cosas comenzaron a cambiar; co-
menzaron a cambiar en el ambiente interno entre los cató-
licos y frente a los Poderes del Estado. Es preciso recordar que
estos acontecimiento que estamos relatando, marchan al mismo
diapasón que los acontecimientos políticos del país; terminó el
Gobierno favorable del Presidente Borda, y subió en sustitución
de él el Presidente Cuestas.
Las cosas cambiaron totalmente; la época de Cuestas re-
produjo, en gran parte, las jornadas oscuras para la causa ca-
tólica del país y, lo que es más doloroso, es que estos acon-
tecimientos, actuando en el campo de la grey católica, los ha-
llaron profundamente divididos por obra de los partidos tra-
dicionales, que no permitieron la unión total en el aposto-
lado laico y, por consiguiente, la obtención de los propósitos
que perseguía la Unión Católica desde su fundación.
En esas circuntancias, nos encontramos a la terminación
del siglo XIX y los albores del 1900.
Por un movimiento nacido en Roma, se provocó una serie
de actos para festejar la llegada del nuevo siglo. En el país, se
creó un Comité especial por Monseñor Soler, entonces Arzo-
bispo de Uruguay y uno de los números programados consis- ^
tió, precisamente, en la reunión del Tercer Congreso Católico.
Sería muy interesante — no tenemos tiempo para ello —
seguir el proceso de ese Congreso, para darse cuenta de cómo
había cambiado el estado de los espíritus, dentro de la Unión
Católica, que entonces fué reorganizada; cómo aparece un
nuevo impulso en la acción de los católicos, que trasciende en
32
JOAQUÍN SECCO ILLA
casi todas las manifestaciones y está gráficamente impreso en
los discursos; cómo se acelera la época de un nuevo género de
acción entre nuestros hombres.
Consta, por ejemplo, en las actas de ese Tercer Congreso
Católico de 1900, que el doctor Manuel Tiscornia, que hablaba
en nombre de los delegados del interior, saludando a sus co-
rreligionarios de Montevideo, podía decir, en aquella gran
Asamblea, lo siguiente: " Los católicos debemos también ser
una fuerza en el organismo político como lo somos en el organis-
mo social. Nuestra religión es de paz, es de fraternidad, es de li-
bertad. SiOriunfo importa la abolición de las guerras fratri-
cidas y el establecimiento del arbitraje en las cuestiones inter-
nacionales, porque suplanta el imperio de lo legítimo al fu-
nesto imperio de la fuerza; importa el predomino de la igualdad
entre los hombres, el socorro a la desgracia, multiplicando las
manifestaciones de la caridad que es virtud nacida y engran-
decida por el cristianismo; importa el reinado de la justicia y
del derecho . . . ".
Ya el doctor Manuel Tiscornia, en nombre de los delegados
del interior, en pleno Congreso, en donde estaban represen-
tados todas las instituciones católicas, las piadosas y las mera-
mente sociales y el clero y las congregaciones, podía hablar de
que era necesaria la creación del organismo político para la
acción de los católicos.
Habló también en ese Tercer Congreso, el doctor Luis
P. Lenguas, en nombre de los Círculos Católicos de Obreros,
que ya existían en el país, como existía también el vínculo de
unión entre ellos que era el Consejo Superior de los Círculos
Católicos de Obreros, constituido por delegaciones de estos
mismos. El doctor Lenguas se expresaba en estos fuertes y
categóricos términos: " Sí, señores, hay que propagarlos y di-
fundirlos — refiriéndose a los Círculos Católicos de Obreros —
porque ellos serán la semilla del gran Partido Católico, que
estamos en la obligación de fundar y organizar, del único par-
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
33
tido que lógicamente está llamado a actuar,, pues es a su vez
el único que puede hacer la felicidad de los pueblos, puesto
que con sus miradas fijas en el Cielo, proporciona a los hom-
bres la relativa felicidad a que pueden aspirar en la tierra.
Sólo en el pueblo encontramos el gérmen de ese gran partido,
que ha de formarse, Dios mediante, con un poco de buena vo-
luntad de nuestra parte, y ha de ocupar el puesto que le corres-
ponde en el concierto de nuestra vida ciudadana ".
Cuando desapasionadamente se leen ahora esos anteceden-
tes, no es extraño que aparezca hoy, en el país, plenamente
constituida, con tan alta jerarquía, la organización cívica de los
católicos del Uruguay.
Habló también Zorrilla de San Martín, sobre lo que debía
ser la Unión Católica. Ya no era un mero discurso; ya no era
una exposición sobre el tema candente: era la definición con-
creta y clara de lo que debía ser la Unión Católica en el país.
Su discurso tan inolvidable, para ser apreciado merecía
ser leído desde el principio hasta el fin. Todos vosotros lo co-
nocéis, porque muchas veces se ha mencionado. Él tradujo, en
ese hermoso e incomparable discurso, su gran sueño de gran
católico, de gran ciudadano y de gran poeta. En aquella imagen
de la ráfaga matutina, que pasa sobre la aldea y despierta al
gallo dormido y le dice: Canta!, y toca las campanas silenciosas
y les dice: Tocad!, y sacude las ramas de los árboles inmóviles
y les dice: Despertada a vuestros nidos; pero pasa sobre el ce-
menterio y dice a los muertos: Dormid!; no es hora todavía.
Definía él, con hermosas palabras, la sitación de 1900. Apa-
rece, anunciando una acción más fecunda y más eficiente para
la defensa de nuestros ideales; pero en su sueño de poeta,
todavía no había sonado la hora.
La semilla, aunque parecía lejana — del primer Congreso
del 89 — vivía bajo la capa generosa y fecunda de la tierra; es-
taba prosperando y germinando. Y, efectivamente, pasó el año
1900, y para que ustedes perciban, en esta exposición retros-
pectiva, lo que la idea había caminado, nos encontramos en
34
JOAQUÍN SECCO ILLA
seguida con el Segundo Congreso de los Círculos Católicos de
obreros, celebrado en 1902; es una lástima que esté tan olvi-
dado, porque es una de las páginas más hermosas de la causa
católica del Uruguay. Fué en ese Congreso que empezaron
a revelarse las primeras aspiraciones de la acción social ca-
tólica, en nuestra patria. Vemos en él, tratados admirable-
mente, temas sobre habitaciones para obreros, huelgas, asocia-
ciones cooperativas de ahorro y crédito y otros semejantes.
En ese Congreso de los Círculos Católicos de Obreros de
1902, no pudo dejar de hablarse — estaba cercano el Congreso
de 1900 — también de la acción política de los católicos. Habló
entonces, en nombre de la Unión Democrático-Cristiana, fun-
dada poco tiempo antes, el Presbítero don Pedro Oyazbehere.
Sus palabras fueron terminantes y claras. La acción social de
los católicos, debía encaminarse directamente a hacer preva-
lecer en la legislación del país sus postulados y sus aspiracio-
nes, es decir, la necesidad de la acción electoral. Dijo el Pres-
bítero don Pedro Oyazbehere: " Una buena mayoría de los ciu-
dadanos que en las épocas de sufragio ejerce los derechos cons-
titucionales, no tiene más educación que la recibida de labios
de un factor electoral; sobre la idea del valimento cívico prima
la del color político. No es para muchos católicos el criterio
cristiano que ha de influir en el voto. Es la imposición de la
bandera partidaria. En este terreno, la democracia cristiana,
tan recomendada por la voz del Pontífice, no ha dado ni un
solo paso entre nosotros ".
Estamos en 1902, y en ese Segundo Congreso organizado
por los Círculos Católicos de Obreros, también le tocó hablar
— y cómo no había de hacerlo — a Zorrilla de San Martín. Nue-
vamente repite, en el acto final, sus nobles e inspirados sueños,
y como fuera, tal vez, un poco atrevido en la afirmación, él
mismo se excusa ante el auditorio, que se alarma, en los si-
guientes términos: "Pero, señores; a pesar de todo eso, yo no
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
35
he venido aquí a proponeros la formación de un partido político
católico. Eso reclama trabajos previos, y esos trabajos no están
hechos. Cuando lo estén, entonces pensaremos en el asunto, si
los acontecimientos nos conducen a ese terreno; no se forman
ejércitos sin estado mayor y sin soldados; y no se tiene sol-
dados, sin instrucción, sin disciplina y sin espíritu militar. Mis
palabras, son sólo un reflejo de mi espíritu que pasa sobre los
vuestros; es algo así como aquella ráfaga de la mañana — y
repite la imagen — de que habla el poeta, que pasa muy de
madrugada por sobre la frente del labrador dormido y le dice:
" Levántate y trabaja "; sigue corriendo y pasa por la vecina
alquería y toca al gallo entumecido en las plumas y le dice:
" Despierta y canta "; atraviesa en seguida por el bosque to-
cando, uno a uno, todos sus árboles embozados en las medias
tintas de la mañana, y les dice: " Despertad a vuestros nidos,
que es la hora "; pero pasa por el cercano cementerio de la
aldea, y, al ir tocando las distintas tumbas, les dice con un ritmo
melancólico sutil: " Muertos dormid: no es hora todavía ".
"'No es tiempo todavía, señores — repite Zorrilla — . El espíritu
político católico está todavía en el limbo, está casi muerto
en apariencia; pero espera un advenimiento, porque tiene un
gran gérmen de resurrección ".
Yo he querido leeros todos estos antecendentes, porque estoy
seguro que llevan a vuestros espíritus, la convicción de que en
esa época la creación de un organismo cívico destinado a de-
fender nuestros ideales religiosos y sociales, estaba en el espí-
ritu de todos: era casi un necesidad.
Efectivamente; después de 1902, de este Congreso de los
Círculos Católicos de Obreros, actuando el Directorio de la
Unión Católica, nombrado en el Tercer Congreso, no creáis
que todas esas ideas cayeron en el vacío; que todos esos im-
pulsos murieron; que todos esos nobles estímulos, se agotaron.
No; estaban germinado. Esa es la pura verdad.
En efecto, el propio doctor Lenguas, en el seno del Direc-
torio de la Unión Católica, con un fundado Memorándum pre-
36
JOAQUÍN SECCO ILLA
sentaba un proyecto preliminar — el 23 de mayo de 1905 — para
la organización del partido católico. Ese proyecto, después de
haber sido informado por una Comisión Especial, de la que
formó parte el autor y los doctores Zorrilla de San Martín, Ca-
saravilla, Rius, Ponce de León (Vicente), fué aprobado en se-
sión de 30 de mayo, en los iguientes términos: " Artículo 1? El
Directorio estudiará la forma que considere más práctica para
obtener del Cuerpo Legislativo la sanción de una ley propor-
cional de elecciones. Artículo 2° Se nombrará una Comisión
que se ponga de acuerdo con todos los Curas Párrocos de la
República y todas las corporaciones de relativa importancia,
para informar al Directorio sobre los elementos con que pueda
contarse para la organización del elemento católico. Artículo 3o
Una vez oírdo el informe de esa Comisión, el Directorio re-
solverá si conviene o no la organización y acción política de
los católicos y se sancionará el proyecto definitivo para la rea-
lización de las ideas expresadas en el Memorándum pre-
sentado ".
Ese proyecto no se llevó adelante. Repito: estamos en el
terreno de las ideas; todavía no habíamos entrado en el terreno
de los hechos. Pero son ideas que avanzan y que se palpan con
la mano.
Poco tiempo después del proyecto Lenguas, en el propio
seno del Directorio de la Unión Católica, el doctor Rius leyó
un nuevo proyecto de reorganización de los elementos cató-
licos — el 15 de noviembre de 1905 — comprendiendo, entre
otras cosas, la acción política de estos elementos. Ese proyecto
pasó a informe de una Comisión Especial, compuesta por Mon-
señor Luquese, Dr. Ponce de León y Dr. Novoa, y fué aprobado,
en general, en sesiones del 13 de julio y 10 de agosto de 1906.
El artículo 29 del referido proyecto — que por su extensión no
menciono — decía lo siguiente: " La Unión Católica resuelve
organizar los elementos católicos de la capital y campaña para
que, de acuerdo con oportunas indicaciones de la Unión Cató-
lica, actúen en la vida política ".
HISTORIA DE LA UNIÓN CIVICA
37
Se ve bien el proceso creciente en la marcha de esta idea.
El doctor Lenguas, con su proyecto, provoca el movimiento;
pasó a una Comisión; debía ser estudiado y oportunamente re-
suelto. El doctor Rius, poco tiempo después, repite la idea,
plantea el asunto en el Directorio y éste resuelve la organiza-
ción de los católicos.
¿Qué pasaba? La hora se acercaba.
Estábamos en 1906. Al año siguiente — en 1907 — que coin-
cidió con las elecciones, después de la campaña batllista ini-
ciada después de la guerra de 1904 contra la Iglesia y contra
los católicos, hubo un estremecimiento general para acudir
organizados a las urnas. Infelizmente, los trabajos preparato-
rios no se habían hecho. Pero al terminar esas elecciones, a las
que concurrió escaso número de ciudadanos, nos dimos cuenta
— " nos dimos cuenta ", digo, porque yo ya actuaba entonces,
en ese momento — de que era posible presentar un núcleo de
importancia para hacer valer nuestros derechos en el terreno
cívico.
La idea se concretó en este caso, en el Consejo Superior
de los Círculos Católicos de Obreros. Fué autor de ella, don
Evaristo Novoa, miembro de ese Consejo, quien presentó el 1° de
noviembre de 1907 un proyecto para organizar los elementos de
los Círculos Católicos de Obreros, el que pasó a una Comisión,
que estudió el asunto y propuso al Consejo Superior de los
Círculos, la siguiente resolución: "Persuadidos de que es un de-
ber imperioso de la hora presente aportar la poderosa acción
de los elementos obreros a la defensa del orden social cristiano,
que acaba de ser hondamente herido por leyes desmoralizado-
ras y disolventes y se halla amenazado de nuevos y más gra-
ves ataques todavía; y a fin de pugnar, como ya lo ha dicho el
Consejo, pero con mayor eficacia, porque se incorporen S nues-
tra legislación los principios de protección al obrero y de jus-
ticia en las relaciones del capital y el trabajo, tal cual han sido
establecidos por el inmortal Pontífice de los Obreros S. S. León
38
JOAQUÍN SECCO ILLA
XIII; el Consejo Superior de los Círculos Católicos, fiel a sus
antecedentes, inspirándose en la misión propia de los Círculos,
e invocando el Sagrado Corazón de Jesús para que se digne
aceptar este medio para reinar sobre nuestro pueblo, resuelve:
1°. Prestigiar la organización cívica de los elementos obreros;
2°. Para la organización de este propósito, el Consejo Superior
constituye un Comité de organización cívica con el siguiente
cometido: a) emprender, por los medios que crea conducentes,
una activa propaganda para la inscripción en el Registro Cívico
de los elementos de los Círculos, así nacionales como extran-
jeros, proporcionando a estos últimos, todos los medios y fa-
cilidades a su alcance para obtener carta de ciudadanía; b ) for-
mar los registros de inscriptos y adherentes con las especifica-
ciones necesarias; c ) llevar a cabo los demás trámites prepa-
ratorios para concurrir con dichos elementos a los comicios de
1910, y reunir los fondos y recursos necesarios para ese objeto.
Los Directorios de los Círculos Católicos de Obreros, no toma-
rán participación activa, en carácter de tales, en los trabajos
de ese Comité. 3° No teniendo más objeto la presente inicia-
tiva que concurrir con los elementos obreros y afines a los
Círculos, a la acción cívica de todas las fuerzas católicas del
país, como parte integrante de éstas, el Consejo Superior pro-
clama su adesión e incorporación a la organización que al
efecto establezca la Unión Católica". (Firmados) Hipólito Ga-
llinal, Elbio Fernández, Joaquín Secco Illa, Federico Nin y
Aguiar, Evaristo Novoa, Miguel Perea.
En sesión de fecha 6 de diciembre, el Consejo Superior
aprobó por aclamación el proyecto que antecede, y resolvió que
pasara con nota al Directorio de la Unión Católica que aca-
baba de reorganizarse, sometiendo este asunto a su alta consi-
deración, como así se hizo, con fecha 9 de diciembre de 1907.
El Directorio de la Unión Católica, elegido en el Tercer
Congreso, o sea en 1900, se había disuelto por la terminación
de su mandato, y el Directorio y el Comité Ejecutivo estaban
acéfalos. Con motivo del movimiento iniciado en el Consejo
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
39
de los Círculos, se activó su constitución y se eligió nuevo
Comité Ejecutivo, en la forma siguiente: Presidente: doctor
Joaquín Secco Illa; Vice, doctor Hipólito Gallinal; Vocales,
doctores Juan Zorrila de San Martín, Jacinto Casaravilla,
Luis P. Lenguas y Miguel Perea; Secretario, doctor Elbio Fer-
nández. Por no haber aceptado el doctor Zorrila de San Martín,
fué integrado el Comité con el doctor Alejandro Gallinal.
La Unión Católica recibió la nota del Consejo Superior de
los Círculos y en su primera sesión de 9 de diciembre de 1907,
el Comité Ejecutivo se hizo cargo de los antecendentes que le
habían sido remitidos, acordando someter al Directorio pleno
el siguiente:
"Proyecto de resolución: El Directorio de la Unión Cató-
lica del Uruguay, tomando en consideración la exposición de
motivos y el proyecto de organización cívica de los elementos
de los Círculos Católicos de Obreros, los que le han sido ele-
vados por el Consejo Superior de los Círculos en nota de fecha
9 del corriente, acuerda: 1?) Prestar su superior aprobación
al referido proyecto, y felicitar calurosamente a dicho Consejo
Superior por su importante y auspiciosa iniciativa; 2?) Pro-
ceder, como suprema autoridad del laicato católico, a la orga-
nización cívica de todos los elementos católicos del país, con-
siderando que esa organización es una necesidad general de la
causa y al mismo tiempo una vehemente aspiración en las ac-
tuales circunstancias; 3°) Delegar en el Comité Ejecutivo sus
amplias facultades para los trabajos de organización prepara-
torios en tal sentido, debiendo dar cuenta al Directorio de con-
formidad con los estatutos. Y siendo el principal objeto de la
Unión Católica propender al reinado social de Jesucristo en
nuestro país, el Directorio de la Unión Católica acuerda, por
fin, invocar en esta iniciativa al Sagrado Corazón de Jesús
para que se digne protegerla y valerse de ella para imperar
sobre la patria".
40
JOAQUÍN SECCO ILLA
En la sesión del 11 de diciembre de 1907, el Directorio
aprobó por votación unánime ese proyecto, resolviéndose ele-
varlo con nota al Prelado.
Yo tuve el honor y la satisfacción de redactar, en mi mesa
de estudio, ese proyecto de resolución, conjuntamente con el
doctor Elbio Fernández, que era el Secretario del Comité
Ejecutivo.
Había sonado la hora; esa hora, que estaba por marcarse en
el reloj desde 1878, cuando inició sus primeras batallas el Club
Católico; que sonaba dolorosamente cada vez que la causa era
herida por ataques injustos; cuya aurora apareció en el Tercer
Congreso, cuando soñaba nuestro inmortal poeta, nuestro gran
ciudadano, y que llegó, por fin, el 11 de diciembre de 1907.
No se extinguió jamás esta vez, la obra que se inició en-
tonces; no descansó jamás el Comité que tomó a su cargo rea-
lizarla. Todas las etapas, una a una, se cumplieron desde en-
tonces, hasta la primera jornada electoral en que hizo su pri-
mer ensayo político la Unión Católica del Urugauy, en noviem-
bre de 1910.
Yo vi nacer la acción cívica de los católicos, desde la Di-
rección de "El Bien Público", que ocupaba desde 1905, y le
dedicaba mis editoriales, a veces imprudentemente, a veces con
enojos, en la impaciencia de ver iniciar los trabajos políticos
en el Uruguay. Hay muchos editoriales sobre esa materia, re-
cogidos en esa publicación de artículos que se llama " Tres años
de periodismo ". " Hacia lo práctico ", por ejemplo, uno de
ellos, escrito en"1906, decía así: " Las posiciones perdidas por la
Iglesia Católica en nuestro país, las posiciones perdidas por la
causa católica en general — lo dijimos ayer claramente — ya
no podrán reconquistarse sino por un solo medio: la organi-
zación cívica de los elementos católicos. Y agregaremos más
aún. Las posiciones que aún conserva la Iglesia Católica en el
Estado por mandato de su Constitución y las escasas posicio-
nes que aún conserva la causa católica en las leyes y en las
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
41
instituciones, ya no podrán mantenerse y las perderemos irre-
misiblemente sino se acude a la vida cívica, para hacer sentir
en la balanza del sufragio el peso de todos nuestros elementos
organizados con ese fin. Ese es único remedio, claro, palmario,
evidente; y es necesario dejar de una vez los falsos rumbos,
para encaminarnos directamente por el sendero práctico y ne-
cesario que hemos descuidado hasta hoy. Ya lo dijimos ayer
bien claramente. Desde los primeros lustros de nuestra vida
independiente — sería necio negarlo — la causa católica, con
todos sus ideales y aspiraciones, ha existido en el país encar-
nada en el pueblo y acompañado con sus consejos o con sus
protestas el movimiento general, en las altas y en las esferas
populares. Compartido el juego de la política activa entre nues-
tros dos partidos tradicionales, que nacieron casi a raíz de
nuestra independencia, la causa católica, como entidad activa
e independiente, nada tuvo que hacer en aquellos apartados
lustros de vida ciudadana, a pesar de existir encarnada y la-
tente en la opinión. Blancos o colorados, casi todos los hom-
bres que en esas épocas actuaban en la política, eran ciuda-
danos católicos o por lo menos de ideas en nada hostiles a los
principios de nuestra religión. La Iglesia Nacional, lejos de
ser perseguida recibía de los gobiernos y de las Cámaras el
apoyo establecido preceptivamente en nuestra Carta Consti-
tucional. Las obras y las instituciones católicas florecían bajo
el respetuoso amparo de los Poderes Públicos, prevaleciendo
su saludable influencia en todo el territorio de la República.
La acción cívica de los ciudadanos católicos no tenía, pues, ra-
zón de ser; y nadie se preocupaba de ello, actuando cada uno
por separado en las filas de los partidos existentes, que comen-
zaban por secundar sus ideas y respetar su legítima influencia
en el alma de la Nación. Primero los rozamientos, los peque-
ños conflictos después y más tarde los avances hostiles, no tar-
daron infelizmente en aparecer. Camarillas posesionadas tem-
poralmente de los destinos del gobierno, comenzaron a pro-
42
JOAQUÍN SECCO ILLA
nunciar sus avances en el dominio común, planteando algunos
desacuerdos contra las facultades de la Iglesia y contra las
influencias católicas para despojarlas de su lugar. Pero esos
nubarrones pasajeros pasaban con sus inspiradores y las exci-
taciones del alma popular volvían a su equilibrio sin alterar
sustancialmente la faz de la vida común. Los ciudadanos de
aquellas camarillas eran sustituidos pronto por otros, con me-
jores propósitos, y la misma evolución de los sucesos se en-
cargaba de hacer innecesarios otros medios más eficaces de
reacción. Los católicos estaban convencidos de su influencia y
no pensaban por tanto en levantar un esfuerzo cívico indepen-
diente frente a los dos partidos tradicionales. A la larga, ese
germen de indolencia explicable tuvo sin embargo que ser per-
judicial, los conflictos y los ataques recrudecieron con más fre-
cuencia y mayor intensidad. Poco a poco, alejados de las altu-
ras, la ola perseguidora, comenzó a hervir, moviéndose con fá-
cil desahogo por falta de elementos suficientes par oponerse a
su avance. Y sin recordar nada más que algunas de sus obras,
vinieron con el gobierno de Latorre las primeras leyes del Re-
gistro Civil y las leyes primeras de Id Instrucción Primaria,
para mutilar las derechos de la Iglesia y las sanas influencias
de la educación religiosa en la juventud. Grandes sacudimien-
tos y grandes protestas de la población católica respondieron
a esos ataques, elevando de una manera inolvidable el poderío
y el prestigio de la causa católica encarnada en casi toda la
masa popular. Los católicos comenzaron a congregarse y a mo-
verse. Entonces, nacieron instituciones tan prestigiosas como el
viejo Club Católico, y esfuerzos tan valientes como el de nuestra
hoja, El Bien. La vida activa fué entonces acentuándose, pero
en el llano; las obras, la propaganda y la acción fueron multipli-
cándose, aunque en el pueblo. Pero la política y con ella el po-
der, siguió siendo el patrimonio de los hombres de la divisa y
éstos siguieron dueños de las leyes y del país. La causa católica,
herida por esos primeros sacudimientos, dejó entonces de ser
indolente y comenzó a luchar contra todas sus poderosas in-
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
43
fluencias en el llano, la ola perseguidora siguió su camino y por
conductos fáciles nos descargó, desde las alturas, con el gobierno
de Santos, las leyes de conventos y del matrimonio civil. Sus
influencias demoledoras se infiltraron en casi todos los terre-
nos y por todos los lugares, comenzando a producir sus frutos
la escuela pública antirreligiosa y la Universidad descreída y
liberal. Y la causa católica, mutilada y sacudida, multiplicó
sus energías en millares de instituciones activas, pero siguió
errando el camino; y nada pudo reconquistar ni contener si-
quiera, ante el avance y el poderío oficial. Como un paso aus-
picioso de sus inspiraciones y energías y por iniciativa del Club
Católico, en abril de 1889, se reunió en Montevideo el primer
Congreso Católico, bajo la presidencia de honor del inolvida-
ble Obispo Monseñor Yéregui y con delegados de todas las pa-
rroquias, de todas las instituciones y de todos los rincones de
la República. Nació en ese Congreso, como fruto de las aspira-
ciones generales, brillantemente fundada por don Francisco
Bauzá, la Unión Católica del Uruguay, como centro y autori-
dad superior del laicato católico en el país, "para fomentar la
unión permanente de los católicos en la vida pública y organi-
zados a manera de apostolado seglar", bajo un amplio pro-
grama de acción. Pero bien lo dijo su propio fundador, "las
dificultades no provenían de la falta de unión en la fe, sino de
la divergencia de miras para propagarla". El primer Directo-
rio de la Unión Católica reunió entonces en su seno personali-
dades de la talla de Monseñor Soler, de Joaquín Requena, de
Francisco Bauzá, de Carlos Berro y de Juan Zorrilla de San
Martín; y dedicó con sano empeño sus actividades a la unión
de los católicos, a la enseñanza católica, a la prensa católica y
a la protección del pueblo por medio del Círculo Católico de
Obreros fundado en nuestra capital. Nada se reconquistó, sin
embargo, de lo perdido y la ola demoledora siguió su marcha.
Mientras los católicos agotaban sus energías en la propaganda
y en la acción privadas, los gobiernos y las cámaras siguieron
descristianizando a las leyes y a las instituciones públicas, em-
44
JOAQUÍN SECCO ILLA
peorando cada vez más la situación eficiente de nuestra causa.
El segundo Congreso Católico de enero de 1893, convocado
también por el Club Católico para la reorganización de la
Unión Católica, y el tercer Congreso Católico de noviembre de
1900, que se ocupó del mismo fin, no fueron más felices en sus
resultados efectivos. Si desde entonces acá lanzáramos una
breve ojeada sobre la marcha de los sucesos podríamos con-
templar un cuadro lleno de dolorosas pérdidas. Todas las ener-
gías y los esfuerzos consumados en la acción han sido estériles
en su objetivo final y preferente. La influencia católica en el
pueblo puede haber crecido con los ardores de nuestra causa;
pero nada hemos reconquistado, lo repetimos otra vez, y el es-
pectáculo de nuestras pérdidas constituye un verdadero desas-
tre. A la ley del matrimonio civil ha seguido la ley del divor-
cio; a las leyes de enseñanza indiferente ha seguido el hecho
de la enseñanza hostil, en la escuela y en la Universidad; a la
instrucción pública hostil, sigue la beneficencia pública secta-
ria; el sectarismo jacobino, el despojo y el cercenamiento de
los subsidios al clero y a la Iglesia; a los golpes al presupuesto
eclesiástico, la persecución de las hermandades y congregacio-
nes y aún de los mismos católicos; a todo esto y mucho más al
destierro de todas las altas posiciones por la maquinación in-
fernal para reformar nuestra Carta Fundamental y ahogar a
mansalva la religión! Ya no tenemos, como al principio, que
confiar en los sucesos ni en el apoyo de los partidos actuales.
Los colorados proscriben hoy francamente a los católicos en
sus filas; y los nacionalistas, sino los proscriben, no los ayu-
dan y pueden llegar a proscribirlos!. Los moldes de la causa
católica tienen, pues, que reformarse. Toda nuestra obra en el
llano ha sido grande, pero ya no basta. Un solo mandato, una
sola ley abruma y somete toda la enorme masa, toda la enorme
influencia construida y que nos acompaña. Hemos errado el
rumbo y ya es hora de repararlo! Vamos, pues, hacia lo prác-
tico. Preparemos nuestras fuerzas para la vida cívica. Las
fuerzas están prontas. Démosle vida. No hay otro remedio."
HISTORIA DE LA UNION CÍVICA
45
Congratulémosnos, hoy, al recordar esos hechos pasados,
que ya no es sólo una idea lo que logró arraigarse en el alma
popular, sino el hecho; y que ese hecho, gracias a Dios, lo po-
demos contemplar rodeado del más grande prestigio y de los
mejores auspicios para la felicidad de nuestro país.
En la próxima clase, entraremos ya más directamente a la
primera etapa, o sea el trabajo efectivo realizado por ese Co-
mité constituido en el seno de la Unión Católica en noviembre
de 1907.
He terminado.
I
SEGUNDA CLASE
LA CLASE ANTERIOR, quedamos en la resolución del
Directorio de la Unión Católica de 11 de noviembre de 1907,
por la que se decretó la organización cívica del elemento cató-
lico, y de la cual ya dimos lectura. Antes de esa resolución del
año 1907, como ustedes recordarán, mencionamos dos iniciati-
vas presentadas en el seno del Directorio de la Unión Católica,
después del Tercer Congreso: una de 1905, por el doctor Len-
guas, y otra de 1906, por el doctor Rius. Sigue como tercera
— la tercera siempre es la definitiva — ésta a que me refiero
de 11 de diciembre de 1907, con una diferencia respecto de las
anteriores, y es que aquéllas no tuvieron consecuencia, no tu-
vieron resultado; quedaron simplemente en el plano de los
propósitos. La resolución de diciembre de 1907, fué, realmente,
la promotora de la organización cívica del elemento católico
en el país, que desde esa hora ya no se interrumpió más.
Por consiguiente, para los cívicos es una fecha memora-
ble; es la fecha, realmente, del nacimiento de la organización
cívica en el país.
Por esa resolución llevada al terreno de los hechos, la idea
de la acción cívica de los católicos en el terreno electoral dejó
de ser una simple idea o un simple sueño, para convertirse de-
finitivamente en una realidad. ,
Pero yo he querido en esa primera clase, recordar los an-
tecedentes, aún los más remotos, desde el primer Congreso del
año 1889; para reflejar bien la exactitud del proceso, porque no
sería verdad presentar, en la historia, el nacimiento de la ac-
ción cívica como el de algo espontáneo y sin antecedentes, sur-
50
JOAQUÍN SECCO ILLA
gido en una fecha determinada. Hay que reconocer, y creer,
y sostener, que la resolución del año 1907, que concretó la or-
ganización en el terreno electoral, no fué más que el resultado
de un proceso, de una evolución lenta de ideas, de propósitos,
de entusiasmos, que databa de mucho tiempo atrás, lo que no
quita — repito — que el 11 de diciembre de 1907 sea, para la
acción cívica, una fecha memorable y, en rigor, la fecha del
nacimiento de la organización cívica de los católicos en el país.
Se constituyó en esa época un nuevo Comité Ejecutivo de
la Unión Católica, al que se le asignó ese cometido concreto:
organizar la acción cívica de los católicos. El Comité, que tuve
el honor de presidir, puso de inmediato manos a la obra, y
cumpliendo el propósito de que se había hablado al concebir
y dictarse aquella resolución, lo primero que hizo fué someter
el plan nuevo de acción al Prelado, que lo era entonces el Ar-
zobispo Monseñor Soler. No porque no supiéramos qué pen-
saba Monseñor Soler, porque, naturalmente, en todas las ges-
tiones previas, la consulta ya había sido hecha y formulada;
pero queríamos la palabra oficial, ya que nacía un nuevo mo-
vimiento en el seno de un organismo católico, como era la
Unión Católica del Uruguay.
El Prelado contestó en diciembre de 1907, en seguida, en
los siguientes términos: "Montevideo, diciembre de 1907. Se-
ñor doctor don Joaquín Secco Illa, Presidente de la Unión Ca-
tólica. Estimado doctor: He tenido el agrado de recibir los
antecedentes sobre la determinación del Directorio y Comité
Ejecutivo a proceder a la organización cívica de todos los eie-
mentos católicos del país. Como Prelado y como ciudadano
bendigo y aplaudo tan viril y trascendental resolución, que
han tenido el tino cristiano de colocar bajo los auspicios del
Sagrado Corazón, propendiendo así al reinado social de Jesu-
cristo, que es el ideal de la Acción Católica. Bendigo y aplaudo
esa determinación, porque los comicios, así como la prensa, son
en la hora presente, la gran esperanza para la santa causa;
pues, como lo afirma el Cardenal Labouré, Arzobispo de Ren-
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
51
nes: «Ya ha pasado la hora de edificar Iglesias y adornar alta-
res. . . La prensa y los comicios, esas son las obras del tiempo
de guerra en que vivimos; las otras lo son del tiempo de paz,
cuando lleguemos a conquistarla por nuestros esfuerzos». En
efecto, ya está visto que no existe medio más eficaz que el
ejercicio de los derechos cívicos para defender nuestras obras,
nuestras instituciones y nuestra causa. Por no haberlo recono-
cido así, la racha jacobina lo arrasó todo en una nación cris-
tianísima como Francia. O disponerse a perderlo todo, o de-
terminarse a luchar entusiasta y eficazmente con esas dos
armas poderosas: la prensa y la organización cívica de los ca-
tólicos. Y tanto más seguros debemos estar acerca de la obra
emprendida ya que es notorio que, así León XIII como Pío X,
han recomendado con insistencia ambas cosas. Contando, pues,
con la aprobación del Sumo Pontífice, y con el auxilio de la
gracia divina, el triunfo será nuestro, por más dificultades que
se encuentren en el camino, como sucede con todas las gran-
des empresas. Sólo podría temerse el fracaso por falta de una
cooperación entusiasta y eficaz de todos los católicos, lo que no
es de esperar si es que en verdad aman la santa causa y el
reinado de la civilización cristiana. Con tal motivo, me es grato
reiterar a usted y demás miembros del Directorio y del Co-
mité Ejecutivo, las consideraciones de mi estimación distin-
guida. — MARIANO SOLER, Arzobispo de Montevideo."
Les he querido leer textualmente la contestación de Mon-
señor Soler, para recalcar todo su alto y expresivo significado.
Desde luego, fíjense el tono enérgico y decidido con que el Pre-
lado nos habla de la necesidad de sostener la lucha y defender
a la Iglesia de los avances contrarios. Porque, efectivamente,
en 1907 vivíamos en plena época perturbadora. Había comen-
zado la época jacobina, iniciada bajo la Presidencia de Batlle,
contra todo lo que significaba el predominio — ni siquiera el
predominio, la simple conservación — de los intereses religio-
sos en el país. Quiero destacar también, en las expresivas pa-
labras de esta contestación del Prelado, el aplauso decidido y
52
JOAQUÍN SECCO ILLA
categórico a la nueva acción cívica iniciada por los católicos,
que él considera como una de las armas eficaces y necesarias
para defender la ideología cristiana en la patria oriental. Sin
reticencias y sin reservas; no con términos ambiguos y equívo-
cos, sino con expresiones categóricas. Y quiero, por fin, desta-
car que nuestra acción cívica tuvo una cuna legítima.
Cuando hoy en día la Unión Cívica, heredera de aquella
acción iniciada en 1907, se atribuye la defensa de los ideales
católicos en el país, no usurpa ningún título. En las jornadas
agitadas y contradictorias, vísperas de elecciones, solemos en-
contrar algunos grupos que nos increpan indebidamente el in-
vocar ese título para la lucha electoral, como si la Acción Cí-
vica hubiera nacido de un movimiento privado y particular,
organizado por un grupo de ciudadanos en el uso de sus dere-
chos, y no tuviera tan legítima cuna, más: tan autorizado co-
metido como el que le ha dado, desde los primeros momentos,
la causa católica en el país. La organización decretada el 11
de noviembre de 1907, nació no solamente por la voluntad de
la asamblea constituyente de la causa, que era la Unión Cató-
lica entonces, sino con la plena autorización del Prelado, para
defender los intereses católicos en el país.
No olviden esto, porque esa imputación de usurpar títu-
los, como si fuera obra nuestra, puede volver a reproducirse, y
se reproducirá, constantemente. Hay partidos políticos, de lo-
dos los colores, no hago cargos determinados a ninguno, pero
hay partidos» políticos, en todos los sectores, que siempre tie-
nen que hablar de la defensa de los intereses católicos, por
ejemplo, cuando les conviene. La Unión Cívica no hace mer-
cadería de estos ideales: es un deber, y lo ha cumplido en las
buenas y en las malas, en terreno propicio y en terreno, muchas
veces, ingrato, pero lo ha cumplido siempre.
Decía que desde el 11 de noviembre de 1907, fecha memo-
rable, en que nace, propiamente, la organización cívica de los
católicos, la labor no desmayó ni un solo instante. Emprendida
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
53
de inmediato la tarea, mes a mes, año a año, en el curso de
1908, 1909 y 1910, preparó y organizó el cumplimiento de su
cometido, que era actuar en las próximas elecciones — que erar,
las de 1910 — con el elemtento católico organizado. Así lo cum-
plió firme y decididamente, venciendo — lo veremos en el de-
talle— innúmeras dificultades, de todo género, de toda especie,
no sólo las de afuera, sino, lo que era más doloroso, las de
adentro; pero con una firmeza que no desmayó jamás, nuncio
de las actuales victorias. La perseverancia de esa acción, fué
la obra oscura, silenciosa y oculta de cavar cimientos. Se ex-
perimentaron duras derrotas, pero si no hubieran existido, los
éxitos posteriores tampoco hubieran aparecido jamás.
Ese período que comprende desde el 11 de diciembre de
1907 a diciembre de 1910, fecha de las primeras elecciones a
que concurrió la Acción Cívica, es, en rigor, la etapa construc-
tiva. Todos los elementos fundamentales están allí; están las
instrucciones primeras, están los lincamientos del programa,
están los reglamentos fundamentales, que después estructura-
ron la Carta Orgánica en 1912; están, sobre todo, los organis-
mos constituidos en casi todas las secciones de la capital y en
muchas lecciones del interior, como Canelones, Flores, Minas
y Durazno. Hasta dónde llegó el esfuerzo de los pocos traba-
jadores de las primeras horas.
A raíz de la resolución de diciembre de 1907, se abrió, en
los primeros meses de 1908, el primer período de inscripción.
Lógicamente, la preocupación de la Unión Cívica no podía ser
otra que concitar a los católicos a la inscripción en el Registro
Cívico. Eso lo hizo el Comité en la circular que debería leer
íntegra, si no fuera realmente muy larga. Esa circular, sola-
mente algunos párrafos voy a leer, es digna de anotarse, por-
que fija y aclara ya el problema que durante muchísimos años,
y todavía actualmente, se presenta a los católicos en el país.
¿Qué era lo que había pretendido organizar el Directorio de la
Unión Católica? ¿Un partido determinado, con la obligación
54
JOAQUÍN SECCO ILLA
dogmática, para todos los católicos, ae incorporarse a él? No;
esto nunca se ha pretendido. No hemos sido jamás contrarios
a los demás partidos, cuando su ruta estaba marcada por un
afán aceptable, de buscar el bienestar del país, ni, lo que es
más, jamás hemos impuesto a los católicos, como obligación de
conciencia, la necesidad de afiliarse a ese partido.
Hemos proclamado la libertad para los católicos, de
acuerdo a la doctrina de la Iglesia, de actuar en el partido que
consideren más conveniente, según los dictados de su concien-
cia, y bajo la responsabilidad de esos dictados. Pero no les he-
mos increpado jamás, con carácter dogmático, el hecho de no
haberse incorporado a esa acción cívica. Hemos creído, eso sí,
que la línea de conducta para el católico — y para el católico
integral — es no ejercer todos los dictados de su norma católica
en la vida privada y olvidarlos en la vida pública; que nadie
ni nada se beneficia con ello.
Pues bien. Esa primera circular., inmediatamente dictada,
en abril de 1908, por el Comité Ejecutivo, con motivo de la
instalación de las mesas inscriptoras, con la que acordó iniciar,
sin más demoras, las tareas cívicas que se le habían encomen-
dado, creyó del caso publicarla para conocimiento y definición
de sus nuevas actitudes.
En ella se decía así: " La Unión Católica cree llegado el
momento de dar justa satisfacción a legítimas impaciencias, y
entrando de lleno en el nuevo campo abierto al entusiasmo y
celo de sus correligionarios, viene a hacer pública manifesta-
ción de las tendencias y fines que persigue en su acción demo-
crática, requerida por las exigencias de -la época presente. El
deber primordial de todos los católicos, en la hora que atra-
vesamos, es propender al triunfo de sus ideas, convencidos,
como debemos estarlo, de que ellas encarnan genuinámente la
solución más elevada y justa de los problemas políticos, econó-
micos y sociales de la vida nacional. Para realizar esos propó-
sitos, es indispensable ejercer una acción ordenada, vigorosa,
abnegada y de todos los momentos sobre las masas populares,
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
55
dueñas de los destinos del país. Comenzar por fomentar el
desarrollo de una educación cristiana en las escuelas, donde se
modelan las generaciones sucesivas, exigiendo que el régimen
del monopolio y de la absorción oficial ceda su puesto a una
real y justiciera libertad en materia de enseñanza. Vigorizar
la propaganda oral y, sobre todo, escrita, con el apoyo cons-
tante y generoso hacia la prensa católica que, como un deno-
dado centinela, vela día a día por el decoro y honor de la causa,
dispuesto a convocar a sus soldados en los momentos precisos
para la acción o la lucha. Pugnar con todo género de esfuer-
zos por el mejoramiento moral y económico de todas las clases
y agrupaciones sociales en general, y en particular de las cla-
ses laboriosas, realizando obras de carácter social que benefi-
cien la situación del pueblo y exterioricen la sinceridad y no-
bleza de nuestros propósitos. Actuar, en fin, e influir directa-
mente sobre la marcha de los sucesos, interviniendo en el mo-
vimiento político del país, para hacer que los poderes públicos
no se aparten de su verdadera misión en el gobierno, y para
que las leyes tiendan a reflejar siempre, y en su justa medida,
el imperio del derecho, de la justicia y del bienestar legítimo
de todos. La aspiración patriótica de todos los elementos sanos
del país, es la de llegar a un régimen de libertad electoral sin-
cera y firme; la de obtener una representación proporcional
exigida por los progresos de la razón pública, para que todas
las opiniones tengan su manifestación legítima en la represen-
tación nacional. En esa obra de regeneración que a todos al-
canza, no tienen los católicos porqué considerarse adversarios
de todos aquellos que, actuando en los partidos tradicionales o
permaneciendo ajenos a ellos, aspiren a que las instituciones
democráticas sean una conquista definitivamente asegurada, y
a que los derechos de los ciudadanos se ejerciten en la repú-
blica con libertad y sin coacciones, ni intervenciones corrup-
toras. "
En las primeras líneas en que habla al país la nueva orga-
nización de los católicos, reclama, en primer lugar, su actúa-
56
JOAQUÍN SECCO ILLA
ción en la vida pública; y por medio de una reforma de la ley
electoral, que se reconozcan los derechos legítimos de todos,
por medio de la representación proporcional.
Fué la primera entidad del país que habló de la necesidad
de la representación proporcional. Estamos en 1908. Muy pos-
teriores son las iniciativas y las propagandas de otros campos
para reformar nuestras leyes electorales. Vivíamos entonces
bajo el concepto — mínimo entonces — de la representación de
las minorías, modificación alcanzada, a su vez, tan sólo des-
pués de la revolución de 1897.
La acción cívica católica, desde los primeros instantes, in-
sistió en esto: en la necesidad de la reforma de las leyes elec-
torales y el establecimiento de la representación proporcional.
Y no insistió solamente con su propaganda, escrita o verbal:
insistió con sus hechos, lo que es mucho más elocuente, por-
que en las elecciones — como lo veremos después — de 1910, no
había representación proporcional. Las leyes entonces vigen-
tes, no admitían más que la representación de dos agrupacio-
nes políticas que, naturalmente, era absorbida por los grandes
partidos tradicionales. Pero cuando golpeamos al Parlamento
— como también lo veremos más adelante — para pedir la san-
ción y la reforma de una ley electoral, creímos que la manera
de asegurar que ese petitorio respondía a una necesidad de he-
cho de justicia, para el elemento cívico del país, era probar
que iba a las urnas, desamparado en absoluto por las leyes, un
grupo de ciudadanos que levantaba un nuevo ideal, como así
ocurrió.
De esta primera circular que, repito, no leo totalmente
por su extensión, menciono %implemente algunos de sus párra-
fos, y entre ellos el siguiente: " Sea esa, pues, la primera etapa
de nuestra marcha por el nuevo campo que ha abordado la causa.
La obra que nos proponemos no es sólo del momento; es una
iniciativa cuyos frutos recogerán tal vez otros; pero se habrá
cumplido siempre un deber superior no encerrando a los afi-
liados a nuestro credo, ni en un egoísmo estrecho, ni en una
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
57
labor oscura, frente a los males que afectan fundamentalmente
el porvenir de la República/"
Esta, circular de 2 de mayo de 1908, está firmada por todo
el Comité.
Así empezó, diremos, el primer impulso de acción pública
del Comité que se había organizado el 11 de noviembre de
1907. El resultado de esta circular, no cayó en el vacío.
Como lo presumíamos, en vísperas de un período de ins-
cripción, se iban a agitar no solamente todas las instituciones
católicas de distinta índole, como los Círculos Católicos de
Obreros, la Unión Democrático-Cristiana y los Centros de Jó-
venes, sino que, posiblemente, surgirían organismos de carác-
ter netamente cívico, que hasta entonces no existían. Así es
que hubo una gran conmoción en todas las instituciones cató-
licas, más o menos ajenas a la organización cívica, y surgieron,
también, clubes cívicos propiamente tales.
El 8 de junio de 1908, se me presentó la primer solicitud,
patrocinada por el Comité del Cordón, de un grupo de ciuda-
danos de esa sección de la capital, pidiendo autorización para
fundar un club cívico. Yo recuerdo la expresión y el gesto
de mis compañeros del Comité de la Unión Católica, cuando
al abrir una sesión, se dió cuenta de que había una petición
para fundar un club cívico. ¿"Un club cívico?", me pregun-
taban. "Un club cívico, ¿qué?", les contestaba. "No puede
llamar la atención. ¿No hemos tratado de organizar el ele-
mento católico, debidamente autorizado por la autoridad com-
petente? Más: ¿no estamos encomendados por ella de hacerlo,
y con la aprobación del Prelado?". Era tan convincente la
situación, que se aceptó la organización del primer club cívico.
Aquí tengo el texto de la nota del Comité del Cordón, que
firman Román Lezama, Vicepresidente, y Francisco Welker,
Secretario. El Presidente era don Adolfo Isasa que, por cir-
cunstancias ocasionales, no pudo firmarla, y aquí tengo la nota
firmada, a su vez, por un grupo de ciudadanos en la que pe-
dían " se sirva correr los trámites de orden, solicitando de
58
JOAQUÍN SECCO ILLA
nuestra primera autoridad se digne acompañarla a presidir la
asamblea en la cual quedará constituido nuestro centro cívico
seccional ". Al pie áparecen las firmas, de las cuales yo me
permito sacar una, para recordarla especialmente en este mo-
mento: la de nuestro actual Presidente, doctor Canzani.
Después de pasar a una Comisión para su estudio, a fin de
resolver si eso encuadraba dentro de los propósitos que había
previsto la Unión Católica al decretar la organización cívica,
si correspondía autorizar la organización de un club cívico de
la Unión Católica, ella se expidió, naturalmente, en sentido
favorable, y el Directorio aprobó la solicitud, resolviendo con-
currir al acto de inauguración, como efectivamente lo hizo en
la noche del 29 de junio de 1908. Seis meses pesados, difíciles,
porque toda esta organización demandaba visitas, entrevistas
y conferencias previas, del día en que tuvo lugar una reunión
preliminar, asistiendo el Presidente de la Unión Católica, los
miembros del Comité parroquial del Cordón y un grupo de los
iniciadores de dicho club. Y, efectivamente, después de esa
reunión preliminar, se realizó la Asamblea, y quedó consti-
tuida la novedad de la organización cívica católica: el Club
Cívico de la Unión Católica, el primero en el país. Ese honor
corresponde a la 7. 9 — hay que reconocer que la 1° mantiene
con honor el privilegio que tiene desde ese hecho.
Los acontecimientos se precipitaban. Después de la cons-
titución, un poco fuera de toda norma prevista, del primer
club cívico — éste de la 1° sección — el Directorio resolvió en-
comendar a los doctores Casaravilla, Vivas Cerantes y Joaquín
Secco Illa, que cada uno de ellos presentara un proyecto res-
pecto de la organización que debía darse a la Unión Católica.
El problema, dudoso, equívoco, todavía flotaba, a pesar de la
resolución anterior de noviembre de 1907.
El 8 de marzo de 1909, presenté un proyecto de Qarta
Orgánica, compañado de la siguiente nota: "Honorable Direc-
torio de la Unión Católica del Uruguay. — Cumpliendo el
encargo que me fué confiado por el Comité Ejecutivo de la
HISTORIA DE LA UNION CIVICA
59
Unión Católica del Uruguay, en sesión de fecha 7 de diciembre
de 1908, vengo a poner en vuestras manos el adjunto proyecto
de carta orgánica de la Unión Cívica Popular (partido cató-
lico). Tengo la grata ilusión de que el adjunto proyecto pueda
servir de base, al menos, para la discusión y estudio que ese
H. Directorio debe hacer de tan importante asunto; saiisfa
ciendo así la impaciente expectativa de nuestros correligiona-
rios, deseosos de encauzar ordenadamente, de una vez, su»
energías y actividades ciudadanas para la defensa y protección
de nuestros ideales. Después de la discusión del proyecto, en
cuya oportunidad podrá ser ampliado y corregido seguramente,
creo que nuestra causa podrá contar con un nuevo organismo
disciplinado y práctico, que ha de prestarle, en la época pre-
sente, muchos y valiosos servicios. Quiero simplemente ad-
vertir aquí que la mayor parte de l=«s disposiciones de mi pro-
yecto, son tomadas de las cartas orgánicas vigentes de los par-
tidos blanco y colorado, a las cuales me he atenido en primer
término, porque pienso que deben ser apreciadas como las más
adecuados a nuestro país, siendo, como son, el fruto de tan
larga experiencia ciudadana. Haciendo votos al Altísimo para
que él se digne iluminar con sus luces nuestras deliberaciones,
me es grato presentar al H. Directorio las protestas de mi
mayor consideración. — Montevideo, febrero 25 de 1909. —
JOAQUIN SECCO ILLA."
El proyecto de carta orgánica fué aprobado por el Comité
Ejecutivo con ligeras modificaciones, en sesión de 15 de marzo
de 1909, y se resolvió someterlo a la consideración del Directo-
rio, conjuntamente con el programa de principios, pero éste no
llegó a redactarse.
Vean ustedes en esos primeros pasos genésicos, un poco
anormales, un poco fuera de toda norma establecida de ante-
mano, cómo va estructurándose lentamente la organización cí-
vica en el país.
El Directorio, como ya habían surgido algunos otros clu-
bes cívicos — como lo veremos en seguida — creyó del caso dic-
60
»
JOAQUÍN SECCO ILLA
tar algunas disposiciones referentes. Fíjense ustedes la dul-
zura que tienen algunas de las primeras resoluciones dignas
de nuestra veneración. En abril de 1909, el Comité Ejecutivo
resuelve: "1? Otorgar una subvención de quince pesos mensua-
les, a contar desde el 1° de abril del corriente año, a cada uno
de los clubes cívicos que se han constituido hasta el presente
o se constituyan en lo sucesivo bajo el patrocinio de la Unión
Católica del Uruguay. "
Uno de los misterios era de dónde salía el dinero, en esas
épocas. Pero esa es una mina inagotable, que, transcurridos
tantos años, todavía hoy da margen a las inquietudes constan-
tes de nuestro actual tesorero, el doctor Alejandro André. Y
continuaba diciendo la resolución del Comité Ejecutivo: " 2. 9
Donar a cada uno de los referidos clubes cívicos una bandera
nacional y un escudo que deberá ser colocado al frente del
respectivo local, y que contendrá la siguiente leyenda: "Unión
Católica del Uruguay. — Club Cívico . . . — y el número de la
sección. El mencionado escudo será de forma oval e impreso
con letras de color negro sobre fondo de color marfil".
Elegimos desde entoncés el color del Partido, el color mar-
fil, equivalente al color Papal. No éramos ni blancos ni colo-
rados; éramos amarillos, como se denominaba, en Europa, al
movimiento democrático-cristiano.
Y más adelante decía la resolución: " 3.9 Comunicar esta
resolución por nota a las directivas de los clubes constituidos,
a fin de que éstas se sirvan indicar al Comité Ejecutivo: a) el
nombre de la persona autorizada para cobrar en la tesorería
del Comité, la subvención mensual acordada; y b) el día y
hora señalado para recibir públicamente la bandera y escudo
mencionados", como efectivamente se hizo.
Cada club cívico constituido, recibió, públicamente, por un
delegado del Directorio, la bandera nacional y el escudo corres-
pondiente, que el Directorio había mandado hacerles, y en esos
actos, intervinieron todos los miembros del Comité Ejecutivo,
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
61
los doctores Casaravilla, Perea, Lenguas, Alejandro Gallinal y
Fernández, además de la Mesa.
Por fin, dictó, también, el Comité Ejecutivo, en esos pri-
meros tiempos, el Reglamento de los Clubes Cívicos, que está
casi incorporado a la Carta Orgánica actual.
Como acabo de decir, cuando se dictaron estos reglamen-
tos, ya se habían constituido diversos clubes cívicos. La histo-
ria de cada uno de ellos está documentada, desde luego, en
" El Bien ", porque se publicaban, por trabajo especial de la
Secretaría, todos los comunicados del Directorio. Además, es-
tan recogidas en un libro, que no es otra cosa que los capí-
tulos correspondientes a la acción cívica, cumplida por ese Co-
mité organizado el 11 de diciembre de 1907, y que, con otros
más voluminosos, se presentaron al cuarto Congreso Católico
de 1911, en la gran Memoria leída. Porque hay que tener
presente que la Unión Católica no era un organismo esta-
blecido especialmente para ocuparse de la acción cívica. La
Unión Católica, como ya lo hemos visto, era una Asamblea de
los representantes de la causa, que se ocupaba de todos los
problemas, y en esa época, los problemas fueron extraordina-
rios y abundantes, algunos de ellos trascendentales, como, por
ejemplo, la vigilancia del censo de 1908.
En 1908 se hizo el último censo que existe practicado en todo
el país. En los boletines del censo, entre otras, figuraba la con-
sabida pregunta: " ¿Tiene usted una religión? ¿Qué religión? "
Como era una época de grandes luchas y grandes discusiones,
en que solía afirmarse que ya el número de católicos había
mermado extraordinariamente en el país, el Comité Ejecutivo
se preocupó muchísimo de vigilar ese hecho. Y por medio de
circulares, de publicaciones y de visitas a casi todo el país,
trató de que la población nacional reflejara en el boletín, al
firmarlo, su verdadero pensamiento en la materia. Hay un
tomo del resultado del censo, pero no divulgado, porque fué
tal el éxito del porcentaje católico obtenido en el país, que
62
JOAQUÍN SECCO ILLA
acalló todas las dudas, y pareció, para muchos contrarios, me-
jor dejarlo! en el silencio. Exito total, no solamente en el por-
centaje de la población católica del país, que llegó al setenta y
tantos por ciento, sino que, desmenuzando, acallaba todas las
salvedades y todas las objeciones. Porque a los que decían que
era el porcentaje de mujeres y no de hombres, se les demostró
que igual mayoría existía al clasificarse las boletas de los hom-
bres; también la mayoría de los hombres, era católica en el
país. Si se descontaba a los niños, a los que se les hacía firmar
que eran católicos, sin saber qué firmaban, resultaba que igual
mayoría mantenían los mayores de edad y los ancianos. En
una palabra, la vigilancia, respondiendo, por otra parte, a la
realidad de los hechos, fué tal, que el resultado del censo fué
un verdadero triunfo en el país.
Repito: estos capítulos no son más que los de la memoria
presentada al cuarto Congreso Católico relativos a la acción
cívica. Por eso están especialmente reunidos en todo este tomo
que publicó la Unión Cívica, después de la Convención de 1912.
Es muy interesante relatar la formación de cada uno de
los clubes; pero como yo desearía tratarlos uno por uno, no
solamente como homenaje a las firmas de muchos de sus ini-
ciadores, este aspecto lo vamos a dejar para la próxima clase.
Yo quiero decir, para terminar la de hoy, que simultáneamente
con la fundación de cada club cívico, aquí muchos de ellos por la
acción del Comité Ejecutivo, se fundaron en otros departamen-
tos, como Canelones, Flores, Durazno y Minas, que es hasta
donde pudo llegar la acción de la Unión Católica. Aunque la
propaganda excedió los límites territoriales de esos departa-
mentos especialmente en su insistencia constante y permanente
por la reforma de la ley electoral, reforma que sólo se obtuvo
como producto, en gran parte, del ambiente creado por la
Unión Católica para las elecciones de Constituyente, de la Cons-
tituyente que se realizó en virtud de la ley de 4 de setiembre
de 1915, y que se reunió en el año 1916.
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
63
Con razón pedía la Unión Cívica la reforma proporcional
de la ley de elecciones, y los hechos lo demostraron, porque
cuando en virtud de esa ley rigió el régimen proporcional, la
Unión Cívica consiguió lo que la ley le negaba. En las elec-
ciones de 1915, consiguió los dos primeros constituyentes,
siendo electo Constituyente por Montevideo, el doctor Zorrilla
de San Martín, conjuntamente conmigo, proclamado primer ti-
tular en la lista de Canelones. Como Zorrilla, funcionario en-
tonces, no pudo ocupar ese cargo, entró en su lugar el doctor
Antuña.
En la próxima clase vamos, pues, a hablar del nacimiento
de cada club cívico, de los de Montevideo y de los de Canelo-
nes, y así vamos haciendo un poco el recuerdo de los pasos,
lentos, difíciles, llenos de dificultades, en un ambiente que no
se asemejaba al de hoy. Tan distinto al de hoy, que una de
las cosas que más nos costaba vencer, no era la contradicción
ni la oposición, ni las dificultades naturales, sino, lo que es te-
rrible para nuestra raza: ¡el ridículo! Convocábamos para una
reunión, por ejemplo, en la Plaza Garibaldi, Treinta y Tres
abajo, y aunque " metíamos " mucho barullo, teníamos tres co-
rreligionarios de buena fe y otros curiosos que se les impor-
taba muy poco lo que estábamos diciendo en esa reunión; y a
mí me pasaba muy a menudo un hecho que me mortificaba
sobre manera. Al día siguiente de realizada la reunión, venía
un cliente de la más alta responsabilidad a mi estudio, y me
decía: " Doctor, ya lo vi ayer hablando solo en la Plaza Gari-
baldi!-"
( Hilaridad ).
— Nosotros teníamos tanta fe en que la semilla de esta
obra, a la que estábamos dedicando todos nuestros esfuerzos,
tenía algún día que progresar — fe que no sé de dónde venía,
si no de la fe de Dios — que no nos amilanábamos por esa cir-
cunstancia. Hoy nuestras reuniones, son plenamente satisfac-
torias, son orgullo, no solamente por el número, sino por la ca-
64
JOAQUÍN SECCO ILLA
lidad de los que concurren, y para los que en épocas pasadas,
vimos otros aspectos, esa es nuestra más eficaz y más profunda
compensación.
He terminado.
TERCERA CLASE
/ A ESTRUCTURA DE LA UNION CATOLICA, en donde
/"s^' nació la organización del elemento cívico católico — se-
gún hemos visto en las clases anteriores — no se ajustaba a las
necesidades de la ley, como organismo electoral.
Los estatutos de la Unión Católica — creada, como ya he-
mos visto, en el primer Congreso del 89 — fueron ampliados y
modificados en los Superiores Congresos de 1893 y de 1900,
y su estructura era la siguiente: existía un Directorio, que se
integraba con un delegado de' cada una de las instituciones
católicas existentes, de cierta importancia. Era una especie de
asamblea representativa de todas las entidades existentes en
la organización de la causa católica. Este Directorio elegía a
un Comité Ejecutivo de su seno, que era, en síntesis, la repre-
sentación del organismo. Existían comités departamentales de
la Unión Católica — uno en cada departamento — y comités
seccionales — uno en cada parroquia — . Además de esto, exis-
tía una Junta Nacional y Juntas Departamentales y Parroquia-
les de señoras.
Cuando el Directorio de la Unión Católica, en las resolu-
ciones de que hemos hablado, acordó la organización cívica
del elemento católico, no dictó normas especiales para la orga-
nización de este nuevo género de acción; de manera que en los
primeros momentos, la estructura de la acción cívica no fué
otra que la misma estructura preestablecida, que tenía en su
organización la vieja Unión Católica. Y así, en los primeros
pasos de la organización cívica, vemos actuar entidades inde-
pendientes de la Unión Católica, pero representadas en su Di-
68
JOAQUÍN SECCO ILLA
rectorio, como los Círculos Católicos de Obreros, la Democra-
cia Cristiana, los Centros de Jóvenes, y vemos actuar, también,
organismos propios de la Unión Católica, como los Comités
Parroquiales.
Pero la necesidad impuesta por la ley electoral, ya desde
entonces, no permitía este género de organización. Era indis-
pensable amoldar la nueva organización a las exigencias lega-
les. Las exigencias legales imponían la organización de clubes
netamente políticos, netamente cívicos. Por eso el Comité Eje-
cutivo de la Unión Católica, a raíz de las resoluciones del Di*
rectorio, que resolvió la organización cívica del elemento cató-
lico, se vió en la forzosa necesidad de pensar en la organiza-
ción, además de sus organismos propios, de clubes cívicos.
Durante un tiempo, siguieron actuando en el seno de las
organizaciones comités cívicos. Así pasó en algunos Círculos
Católicos de Obreros; así pasó en la Democracia Cristiana, así
pasó en los Centros de Jóvenes. Pero bien pronto compren-
dieron, a instancias del Comité Ejecutivo, que era mejor armo-
nizar, organizar definitivamente la acción cívica de los clubes,
es decir, dentro de los moldes legales o exigidos por la ley.
Así lo comprendió, por ejemplo, el Consejo Superior de
los Círculos Católicos de Obreros, quien en una comunicación
de abril 23, inmediata a la resolución tomada para la organi-
zación cívica del elemento católico, dirigiéndose al Comité Eje-
cutivo de la Unión Católica del Uruguay, decía lo siguiente:
" Comunico a usted que el Consejo Superior de los Círculos
Católicos de Obreros se ha ocupado de la actitud que le corres-
pondía adoptar con motivo de la organización cívica de los ele-
mentos católicos proclamada por la Unión Católica, y que en
sesión de.l día 23 del corriente, ha resuelto lo siguiente: El
Consejo superior, consecuente con sus resoluciones de fecha 6
de diciembre de 1907 y 20 del que rige, declara que mira con
simpatía la organización cívica iniciada por la Unión Católica
del Uruguay; resuelve, en consecuencia, que su órgano en la
prensa — el "Amigo del Obrero" — la apoye y prestigie; ex-
HISTORIA DE LA UNION CÍVICA
69
horta a todos sus miembros a que, en cumplimiento de su deber
de católicos, secunden con patriótico y cristiano entusiasmo la
acción de los clubes cívicos y traten de que se incorporen a
ellos todos sus consocios de los Círculos Católicos de Obreros.
Montevideo, abril 23 de 1909. - Dios guarde a usted muchos
años. — Luis Pedro Lenguas, presidente; Juan Natalio Qua-
glioiti, secretario."
Esta comunicación la he leído, porque tiene evidente sig-
nificado. Desde luego, los Círculos Católicos de Obreros, que
eran los organismos de hombres más importantes existentes,
y en donde, en rigor, nació el propósito de la organización
cívica de los católicos — según ya lo hemos visto en las clases
anteriores — resolvieron apoyar decididamente la organización
que la Unión Católica diera a este nuevo género de acción,
sin intervenir directamente, colectivamente, corporativamente,
pero estimulando la intervención individual de cada uno de
sus asociados. No es posible olvidar nunca que los Círculos
Católicos de Obreros fueron el apoyo inicial, y uno de los más
fuertes apoyos en las primeras horas, por lo menos, de la or-
ganización cívica. Cosa semejante pasó con otras entidades,
con la Unión Democrático - Cristiana, con los Centros de Ju-
ventud, que vertiendo sus actividades y sus esfuerzos en el
molde exigido por la ley, es decir, la constitución de clubes
seccionales de carácter netamente político, estimularon e ini-
ciaron la organización de muchos de los clubes cívicos en-
tonces fundados.
Me ha parecido conveniente esta aclaración previa, porque
como muchos de nuestros elementos actuales no intervenían en
esas épocas, se les suelen confundir un poco los recuerdos, y
las ideas y las nociones, cuando se les habla de la Unión Ca-
tólica, de la organización cívica y de la Unión Cívica, cuya
organización es posterior.
Esa primera etapa que se inició entonces, fué una etapa
totalmente inorgánica. Repito: nació el impulso en el seno del
Directorio de la Unión Católica; la Unión Católica no tenía
70
JOAQUÍN SECCO ILLA
una estructura adecuada, adaptable a las necesidades de la
legislación electoral. Fué necesario improvisarla, sin remedio,
para que la acción pudiera prosperar. La acción se desarrolló
más bien por el esfuerzo y por la espontánea cooperación de
las instituciones, en forma individual, no en forma colectiva.
El peso de toda la organización recayó en el Comité Ejecutivo
de la acción católica. Era, pues, indispensable, para colocarse
dentro de una acción electoral contemplada por la ley, orga-
nizar clubes cívicos, y en ese sentido se estimuló y desarrolló
su primera acción de propaganda; que se organizaran clubes
cívicos. No bastaba estimular en los Círculos o en los Centros
de Juventud o en la Unión Democrático-Cristiana, el desarrollo
del pensamiento cívico católico; era necesario llevarlos a orga-
nizarse en forma legal, dentro dé cada sección, por medio de
clubes cívicos. Sin ello no tendrían representación en las mesas
inscriptoras, ni en las mesas receptoras de votos, ni delegados
suficientemente autorizados como para hablar en su nombre
en cualquiera de los episodios electorales.
El esfuerzo, pues, primero, se dedicó a formar el cuerpo
orgánico de la acción cívica nueva, mediante la constitución
de clubes cívicos. En esta materia — lo vamos a ver en se-
guida— nos ayudaron enormemente algunos comités parro-
quiales de la Unión Católica, órganos de su estructura propia.
Pero la adhesión de esas entidades, de esos núcleos, se hacía
mediante la agregación individual de sus elementos, y no me-
diante la actuación colectiva de las entidades.
En el período que hemos llamado la primera etapa, es
decir, desde que se resolvió organizar los elementos cívicos
católicos en 1907 hasta 1910, fecha de la primera elección a
que concurrimos, todo el esfuerzo predominante fué hacer
surgir de la nada, de la nada absoluta, es decir, de la no exis-
tencia, la estructura de la futura acción política.
Cuando pasadas las primeras elecciones a que concurrimos
en 1910, se pensó en el Cuarto Congreso de 1911, en crear la
Unión Cívica, podemos decir que el elemento corporal, o sean
w
HISTORIA DE LA UNION CIVICA 71
los clubes cívicos, que eran sus organismos vitales, ya existían,
y no se luchó, entonces, con la dificultad de la primera hora,
de improvisar todo, porque, en rigor, casi todo estaba hecho.
Cuando en el Cuarto Congreso de 1911, conjuntamente con la
Unión Cívica, se fundaron la Unión Social y la Unión Eco-
nómica, y se disolvió la vieja Unión Católica, la Unión Cívica
ya existía de hecho, constituida con organismos departamen-
tales y seccionales, en todas las secciones de Montevideo y en
todas las secciones de Canelones y algunas de los demás depar-
tamentos del interior. Ahí está la obra de romanos, y en
donde se puso a prueba la constancia y la perseverancia en el
esfuerzo que, naturalmente, no fué a descubrir valores donde
no existían, sino a ponerlos a la luz del sol donde ya, real-
mente, existían en el fondo.
Por eso he querido que las conferencias iniciales nos mos-
traran el estado de espíritu de la causa del tiempo atrás, pro-
picio estado de espíritu para que esta semilla prendiera en
tierra fecunda.
Los clubes cívicos dé Montevideo, como digo, se desarro-
llaron sucesivamente en el período de los primeros meses de
- 1908 hasta los últimos meses de 1910, vísperas electorales. La
resolución — recordaremos una vez más — era de diciembre
de 1907; es decir, que esa organización, a que yo estaba ha-
ciendo referencia, no se dejó esperar; fué casi inmediata e
ininterrumpida, hasta las vísperas electorales.
El primer club cívico de Montevideo, fué el club "General
Artigas", de la 7g Sección. Un grupo de católicos de la 7°
Sección se dirigió al Comité Parroquial de la Unión Católica
— estructura antigua — pidiéndole autorización para fundar el
club cívico. La trastienda de esos primeros pasos, no aparece
en la documentación, pero, evidentemente, fué motivo de re-
petidas y numerosas conferencias, con los miembros del Co-
mité Parroquial y con los iniciadores del movimiento en favor
del Club, y con los del Centro de Jóvenes del Cordón. Coope-
raban entonces, así, como he explicado antes, entidades viejas,
72
JOAQUÍN SECCO ILLA
el Comité Parroquial, el Centro de Jóvenes, con sus individuos,
para constituir el nuevo organismo indispensable: el club cí-
vico de la sección.
El Comité Parroquial del Cordón, que presidía don Adolfo
Isasa, y del cual era Vice-presidente don Román Lezama, fué
uno de los grandes motores prácticos del primer paso de la
organización. Acogió inmediatamente con gran entusiasmo la
iniciativa, le dió curso, pasó la solicitud al Comité Ejecutivo
de la Unión Católica, y entonces se produjo la escena de que
ya antes he hablado: el Comité Ejecutivo de la Unión Cató-
lica, cuya presidencia yo ejercía, y eran miembros los doctores
Hipólito Gallinal, Casara villa, Perea, Lenguas, Alejandro Ga-
llinal y el doctor Elbio Fernández como Secretario, cuando se
le presentó la solicitud, un poco sorpresiva, se quedó con una
expresión desconcertada. "¿Pero, un club cívico dentro de la
Unión Católica?", preguntaban. Y se les contestaba: "¿Pero
no es eso, acaso, lo que. nos han encomendado: organizar cívi-
camente el elemento católico? Y si hay que organizarlo, y
organizarlo cívicamente, ¿en qué otro molde será posible ha-
cerlo, si no en el molde legal, con el organismo que la ley
reconoce, en cada sección, que es el club cívico?" Y entonces,
la proposición fué aceptada y aprobada.
Esa resolución tuvo mucha importancia ,porque no crean
que no dejó de despertar ciertas suspicacias en algunos ele-
mentos. Cuando apareció la primera noticia de que la Unión
Católica había autorizado la constitución de un club cívico,
mucha gente, vacilante, se preguntó: "¿Qué es lo que se hace?
¿Un nuevo partido político? ¿Quién lo ha creado? ¿Cómo se
llama? ¿Cómo se gobierna? ¿Qué fin tiene?" Y, sobre todo:
"¿Qué relación tiene con los otros partidos tradicionales?"
Problema arduo, como que no fué definido en el primer mo-
mento. Lo que interesaba era que la costura marchara; no
queríamos discutir el primer momento en que se enhebraba
la aguja. Preferimos que los hechos dieran la sentencia y di-
jeran la palabra definitiva. Si la idea marchaba, si había la
HISTORIA DE LA UNION CIVICA
73
posibilidad de crear un organización, los hechos serían la mejor
respuesta; si el asunto fracasaba, decididamente era excusado
detenerse a deliberar, antes de haber hecho algo.
A muchos que en esa época preguntaban: "¿Pero no te-
nemos carta orgánica, todavía, no tenemos programa, no tene-
mos esto, no tenemos aquello?" yo recuerdo que, como una
obsesión, contestaba siempre esta frase: "Las cosas, se hacen
haciéndolas". Y así se creó el primer club cívico de la Unión
Católica, patrocinado por el Comité Parroquial del Cordón.
Yo no puedo detenerme, como hubiera sido mi deseo, a
historiar minuciosamente la fundación de cada club. Eso, por
otra parte, está en el libro, "El Civismo Católico", por si alguno
quisiera enterarse de ello, con más detalles. El segundo club
cívico, fué el "Constituyente Larrobla", de la 15° Sección. Este
club, también fué patrocinado y propiciado ante el Directorio
por el Comité del Cordón, y por el Centro de Jóvenes del
Cordón. Es una cosa graciosa e interesante, al leer las firmas
del grupo de católicos que se dirige al Comité pidiendo auto-
rización para formar el club cívico, encontrar algunos que en-
tonces eran muy jóvenes — hoy ya no lo son — ; que entonces
eran jóvenes católicos de la parroquia y que permanecen to-
davía; fervorosos cívicos y que todavía lo son. Desgraciada-
mente, hay muchos que en aquel entonces lo fueron, y que
hoy ya no los contamos en las filas. Pero no quiero perso-
nalizar en este momento. De modo que paso a otro asunto.
Quiero hacer notar aquí, sí, que en ese momento era tal
el espíritu con que se iniciaba la obra, que obtenía una per-
fecta amalgama de todas las actividades: el profesional y el
obrero, el laico y los sacerdotes. Casi todos los sacerdotes que
actuaban en las respectivas parroquias, nos acompañaban en
ese movimiento inicial.
No puedo dejar de leer los nombres de la primera Comisión
del club cívico de la 7a Sección y de la primera Comisión del
club cívico de la 15a. De la 7a Sección: Presidente, Antonio
Abella y Jourdán; vicepresidente, Floro E. Berruti; secretarios,
74
JOAQUÍN SECCO ILLA
bachiller Tomás Arrospide y Juan Berterreche; pro-secretarios,
Luis Zaffaroni y Juan A. Manzi; tesorero, Luis Rebagliatti;
vocales, doctor Luis Barattini y Juan E. Mosca. De la 15? Sec-
ción: Presidente, Cipriano Semería; vicepresidente, Juan Vá-
rese; tesorero, José María Pérez Olivero; secretarios, Juan José
Fernández Más y Juan P. Martínez Gutiérrez; vocales* Fran-
cisco Cochi, Antonio José Beretta, Santiago Parodi y Alfredo
Várela. Más tarde fué elegido Presidente de este club, el señor
Francisco Tosar, y como vice, Federico Demartini Morales y
como vocal Santiago Graseni.
El tercer club cívico, fué el "Francisco Bauzá", de la 3?
Sección. Este club cívico fué patrocinado y propiciado, en su-
gestiones ante el Directorio, por el Comité de la Unión Cató-
lica de la Parroquia de la Aguada. Los primeros nacieron bajo
el patrocinio de la Parroquia del Cordón, por su Comité Pa-
rroquial de la Unión Católica. Este lo fué por el Comité de
la Aguada. Los cargos, en la Asamblea correspondiente, se
distribuyeron así: Presidente, Luis Pedro Lenguas; vice, Tomás
S. Blanco; secretario, Alberto Alonso; tesorero, Juan Carlos
Beramendi; vocales, Pablo J. Rochietti, José Bernasconi y Luis
Antón. Este club se reorganizó más tarde, quedando consti-
tuida su Comisión de la siguiente manera: Presidente, Alberto
Alonso; vice, J. A. Bernasconi; secretario, Alfonso Solari; teso-
rero, Juan C. Beramendi; vocales, Pablo Rochietti, J. Cánepa
Franco y Gabriel Monestier (hijo). •
El cuarto club, fué el "Mariano Soler", de lalS? Sección
de la capital. Este club, a diferencia de los otros tres anteriores,
se constituyó por generación espontánea. No fué patrocinado
por ningún comité parroquial de la Unión Católica. Los ve-
cinos de Pocitos, previamente complotados, resolvieron convo-
car a una Asamblea para constituir el club seccional. Invita-
ron para ello al Comité Ejecutivo de la Unión Católica, quien,
como en todas las asambleas, se hizo representar, y eligió su
primera Comisión Directiva, que quedó compuesta de la si-
guiente manera: Presidente, Damián Vivas Cerantes; vice, Do-
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
75
roteo García Lagos; secretario, Justo C. Veres; tesorero, Félix
Castillo; vocales, comandante Antonio Mendieta, Constante Fa-
cello (hijo), Carlos L. Puig, Sabino Doldán, Evaristo A. Gon-
zález. Por renuncia del doctor Vives Cerantes, fué elegido más
tarde presidente el señor Carlos L. Puig.
El quinto club cívico, fué el club de la 12° Sección, del
Reducto, el cual fué propiciado y patrocinado, ante el Direc-
torio de la Unión Católica, por el Comité Parroquial del Re-
ducto. Quedó constituido en una gran Asamblea — una de las
mayores — en octubre de 1908, y su primera Comisión se formó
así: Presidente, Felipe Venturino; vicepresidente, Pablo Be-
rrutti; secretario, Ciríaco Santín; pro-secretario, Pablo A. La-
baca; tesorero, Bernardo Ardoguein; vocales, Carlos Rossi, Luis
Firpo, Santiago Venturini y Dámaso Puig.
El sexto club, fué el club "Ituzaingó", de la 6a Sección.
Este club fué patrocinado y propiciado, no por ningún comité
de la Unión Católica, sino por la Democracia Cristiana. La
Democracia Cristiana había sentado sus reales, justamente, en
esa sección. Tenía un famoso local de disputas en la Avenida
Rondeau, en donde hicieron sus primeros ensayos muchos de
nuestros grandes católicos de la hora, como Cayota, pero en
donde predominaba la figura enérgica del Padre Oyazbehere,
que era Director de "El Bien", precisamente, en esos tiempos.
Este club quedó constituido, y su primera Comisión se formó
así: Presidente, Luis A. Pizzorno Scarone; vicepresidente, Hi-
lario Garayalde; tesorero, José Notaroberto; secretarios, Luis
Muzio y Jorge R. Bullessich; vocales, Ignacio Arcos Ferrand,
S. Morales Herrera, Juan V. Algorfa y Antonio Garbarino.
El séptimo club — y voy a abreviar un poco, porque temo
ser un poco fastidioso en estas recordaciones — fué el llamado
"Unión Católica", de la 9a Sección, es decir, de Villa Colón.
También este club se constituyó por generación espontánea,
sin ser propiciado ni presentado, a la aceptación de la Unión
Católica, por ningún comité ni por ninguna institución preexis-
76
JOAQUÍN SECCO ILLA
tente. Pero fué aceptado de plano, porque el nido donde crecía,
era nada menos que el Colegio Pío de Villa Colón.
El octavo club, fué el club "25 de Agosto", de la 19? Sec-
ción. También se constituyó por un grupo de correligionarios
de aquella sección, que se presentó directamente al Directorio
de la Unión Católica, citándola para asistir a la Asamblea de
la inauguración. Y tuvo lugar ésta, eligiendo su primera Co-
misión de la siguiente manera: Presidente, Carmelo Carvallo
Viñole; vice, Enrique Tolosa; secretario, Rodolfo Campos Tu-
rreiro; pro-secretario, Rodolfo Vivas; tesorero, Manuel Iglesias;
pro-tesorero, Vicente Altieri; vocales, Juan M. Angelou, An-
tolín M. Urioste, Edmundo Conti, Vicente Ponce de León (hijo).
Muchos de estos nombres, cuando yo los pronuncio, para la
gente un poco antigua, les dicen muchas cosas, y por eso no
resisto la tentación de citarlos.
El noveno club, fué el "Zorrilla de San Martín", de la 4°
y 5° Secciones, que también se constituyó por convocatoria de
un grupo de correligionarios de aquella sección, que se pre-
sentaron a la Unión Católica. Se realizó la Asamblea corres-
pondiente — asamblea siempre pública, nunca la organización
cívica católica se apartó de las normas enteramente democrá-
ticas— y allí se eligió la primera Comisión, en la siguiente
forma: Presidente, Francisco J. González; vicepresidente, An-
tonio Parodi; secretario, Carlos M. García; tesorero, Jaime
Rius; vocales, Enrique Rius, Juan F. Compaloniere, Luis Irizar.
El décimo club, fué el "Libertad o Muerte", de la llq Sec-
ción. Como el club de la 9° Sección, Villa Colón, el club de
la 11a Sección, pasando la Unión, nació por generación espon-
tánea. Se presentó a la Unión Católica pidiendo autorización
para incorporarse a ella, sin ser especialmente patrocinado, pero
la sede era nada menos que el Colegio de Manga, y aquí, de
paso, quiero subrayar cómo nos ayudaron, desde el primer
momento, los centros donde se educaban los alumnos salesianos.
El undécimo club, fué el "Agraciada", de la 14 Sección,
también constituido en forma espontánea, y su primera Co-
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
77
misión se constituyó así: Presidente, Eleuterio Ramos Varan-
got; vicepresidente, Román Lezama; tesorero, Pedro A. Ber-
nasconi; secretario 1°, Plácido Juan Vendrell; secretario 2°,
Luis Eusserbauer; vocales, Juan A. Firpo, Pedro Baccino, Es-
teban Formento; secretario 1°, José Julio Balparda; secretario
2p, Antonio A. Crestanello; vocales, Marcos Lezama Muñoz,
Antonio Greppo (hijo), Carlos Heuguerot, Angel Banchero.
Estos fueron los clubes que se pudieron organizar antes
de las elecciones de 1910. Como ustedes ven, el esfuerzo inicial
no alcanzó a dotar de clubes cívicos a todas las secciones de
Montevideo. El vacío, fué llenado por Comisiones Especiales,
nombradas directamente por el Comité Ejecutivo.
Simultáneamente con este movimiento de organización en
la capital, se atendía el movimiento correspondiente al interior,
y así nació el club en Durazno, presidido por Francisco Torre-
grosa, y siendo secretario del mismo don Pedro G. Giordano,
cuya disolución se produjo antes de las elecciones de 1910. Y el
club de Flores, cuya actividad fué especialmente ejemplar desde
la primera hora hasta la última, realizando innúmeras asam-
bleas, de toda especie, con un entusiasmo sin igual, dejando
en la historia de la organización cívica católica, el más grato
e imborrable recuerdo. A todas esas asambleas, las animaba
con su espíritu orgnizador y decidido, el entonces Cura Párroco
Presbítero Angel Navea, y a todas esas asambleas, muchas
veces preparadas desde la capital, se enviaban inevitablemente
sus delegados, perturbándoles, en ciertas ocasiones, jornadas
enteras, dedicadas al estudio y a la preparación de sus exá-
menes, para que fueran a representar la nueva organización
en esos pedazos de nuestro querido territorio. El doctor Can-
zani, recordará cuántas veces yo lo fui a buscar a la casa,
pidiéndole que ejerciera nuestra representación.
Y además de Durazno y de Flores, y de Minas, se obtuvo
la organización del clubes seccionales en todas las secciones de
Canelones. No voy a repetir la revisación que acabo de hacer
dentro de la capital, para no ser demasiado extenso, recomen-
78
JOAQUÍN SECCO ILLA
dando, una vez más, la historia de la organización, de la es-
tructura de la acción cívica, que puede leerse con toda exac-
titud en esta memoria, llamada "El Civismo Católico".
Ello quiere decir, que durante los tres años de organiza-
ción, 1908, 1909 y 1910, la labor permanente, esforzada e infa-
tigable, pudo crear el cuerpo organizado de una nueva entidad
política, venciendo innúmeras dificultades, hasta donde fué
posible hacerlo.
Y se acercaba, entonces — pasamos a un segundo punto de
la disertación de hoy — el acto electoral de 1910. Las elecciones
debían realizarse en noviembre de ese año. Fué un año de
grandes perturbaciones de orden político general. Al comienzo
del año, el Partido Nacional y el Partido Colorado se dispo-
nían a ir a las urnas, sobre la base de una reforma electoral,
mejorando el antiguo régimen de mayorías y minorías, pero
rechazando las mociones formuladas en la discusión para la
implantación del régimen proporcional.
Fué una gran decepción para nuestra obra que, desde el
primer momento — la primera palabra de la nueva organiza-
ción cívica — fué la de pedir la reforma electoral, la represen-
tación prooprcional, como lo hemos dicho en las clases ante-
riores; propaganda continua, que se produjo ante el Parla-
mento y en asambleas populares y en la prensa y por todos
los medios de propaganda posibles. Por dos veces.el Directorio
de la Unión Católica, se presentó a las Cámaras, pidiendo y
fundando la implantación de la representación proporcional,
y al discutirse, en los comienzos del año 1910, la reforma de
la ley electoral, se abrigaban esperanzas de que esa solicitud
tan justa fuera atendida. Pero se reformó la ley, y la repre-
sentación proporcional no salió de un propósito.
Entonces se planteó en las altas autoridades de la Unión
Católica, en el propio seno del Comité Ejecutivo, la duda de
si era conveniente continuar el esfuerzo realizado. Fracasado
el propósito de la reforma electoral, cerradas las puertas a los
partidos que no eran blanco o colorado, por ministerio de la
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
79
ley, para ir al Parlamento, ¿valía la pena continuar con ese
esfuerzo? Y aquel optimismo de las primeras horas, fué mer-
mando, y llegaron muchos, que no habían alcanzado a sentirse
totalmente dominados por el idealismo de la nueva obra, al
desaliento completo.
Preparando, pues, los partidos tradicionales la campaña de
pse año, se constituyeron comités, a los cuales, muchos cató-
licos no creyeron del caso negarles su concurso, blancos y co-
lorados, restándoles, por consiguiente, elementos cooperadores
de nuestro propio esfuerzo. A tal punto, que una de las crisis
graves sufridas en sus comienzos, por la organización cívica,
fué esa: el desmembramiento del primitivo Comité Ejecutivo
de la Unión Católica. Tres de nuestros más ilustres compañe-
ros, el doctor Hipólito Gallinal, el doctor Jacinto Casaravilla
y el doctor Alejandro Gallinal, creyeron del caso incorporarse
al movimiento político de su partido, al cual ellos no habían
querido renunciar nunca. Y un buen día en vísperas de reunión
del Ejecutivo, me entero de que habían aceptado cargos en un
comité. Insubordinándome contra canas, siempre respetables
— en ese tiempo yo no las tenía — . . .
(Hilaridad)
— ...siendo un joven de veintinueve años, frente a vene-
rables figuras de nuestra causa, yo no sé qué movimiento ve-
nido de lo más íntimo, me llevó a decirles: "Esto no es po-
sible; o en la Unión Católica, o en el Partido Nacional".
— Y me decían: "No; es que ya no tiene razón de ser el
movimiento de la Unión Católica". "Para mí, sí", les- contes-
taba. "Si muchos opinan como ustedes, quedaré solo y deja-
remos. Pero si algunos nos acompañan, seguiremos". Y eso
provocó, como es lógico, la renuncia de estos tres buenos com-
pañeros, que tanto nos habían ayudado, dejando un gran vacío
en la organización que estaba en sus albores.
Quedaron en el Comité el doctor Lenguas, el doctor Perea,
y el doctor Fernández. Había que llenar tres dolorosas va-
cantes. Nos acompañaron y aceptaron llenar ese vacío, el doctor
80
JOAQUÍN SECCO ILLA
Carlos Ferrés, el doctor Antonio J. Harán y don Adolfo Isasa,
y el Comité quedó de nuevo completo.
Pero ese año 1910, era verdaderamente fatídico. Partido
Colorado y Partido Nacional unidos — entonces no existían
tantos sectores como hoy — ilusionados con la reciente reforma
electoral, se disponían, decididamente, a concurrir a las urnas,
y nos disponíamos nosotros también, que no teníamos entrada
por la ley.
Pero ocurrió lo que no se preveía: casi en vísperas de
elecciones, un Jefe Político de uno de los departamento fron-
terizos, Abelardo Márquez, se levanta en armas y provoca una
nueva revolución, como las que se habían producido en 1903
y 1904. Era el problema de las urbanas. Se había dividido el
país en tantas jefaturas para un partido y tantas para otro,
como consecuencia de los pactos celebrados después de 1903
y 1904, entre el Presidente Batlle y Saravia. Y cada jefatura
tenía sus fuerzas, que llamaban urbanas. Cuando una fuerza
que no era del departamento de Rivera, quiso entrar en él, por
disposición de Batlle, Abelardo Márquez, con sus fuerzas ur-
banas, se levantó en armas, y provocó lo que se llamó una
chirinada, porque ni siquiera llegó a ser una revolución.
No lo fué, efectivamente, en el orden militar, pero lo fué
en el orden electoral. Porque, acalladas las armas, dominado
el movimiento, el Partido Nacional se dividió, la mitad, en abs-
tencionistas, a título de que la chirinada les había impedido
organizarse, y la otra mitad, empeñados en concurrir a las
urnas. Yo recuerdo perfectamente, las sesiones que se reali-
zaban en la sede del Partido Nacional, en la calle 25 y Treinta
y Tres. Algunas muy acaloradas, pero, en definitiva, no ha-
biendo discordia, el Partido Nacional resolvió la abstención.
Entonces, se presentó esta situación curiosa para la orga-
nización cívica: frente al Partido Colorado, quedaba como única
fuerza política, la acción cívica católica. La posibilidad legal
existía de tener representación. Pero fué tal la campaña que
se hizo contra la organización cívica, de que aprovechábamos
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
81
la situación favorable, que no hubo cosa omitida para decirla.
Todo el vocabulario, con todas las sílabas y todas las letras del
alfabeto, cayeron sobre nuestra organización cívica. Y los ata-
ques más horrorosos, no venían de afuera — que siempre hay
que esperarlos — sino de adentro, con lo que era doblemente
dolorosa la situación en que nos encontrábamos.
Pero ni siquiera nos dieron el gusto, porque veinte y tantos
días antes de las elecciones, se organizó un Comité, sin partido,
que se llamó el Comité de la Unión Liberal-Socialista, y pre-
sentó a la Junta Electoral, como lo disponía la ley entonces,
una lista encabezada por el doctor Pedro Díaz en representa-
ción de los liberales, y en segundo término por el doctor Emi-
lio Frugoni, en representación de los socialistas. Y esa lista,
sin clubes, sin organización previa, sin diario, contaba con votos
sobrantes — exacta realidad de las cosas — del Partido Colo-
rado, especialmente del club de la 7? Sección, que dirigía el
entonces caudillo de la localidad doctor Pedro Manini Ríos,
y obtuvo la minoría necesaria para sacar dos diputados en re-
presentación de las fuerzas no coloradas.
En esa situación es donde, según mis recuerdos, he visto
más comprometida la iniciativa que surgió en diciembre de
1907. No por las dificultades a vencer, que siempre las cono-
cimos y contemplamos, sino por el género de dificultades: la
división entre los que habían iniciado la obra de la organi-
zación cívica.
Ustedes me van a permitir leer — aunque sea un poco largo,
pero me duele mutilarlo — el manifestó con que el nuevo Co-
mité integrado, afrontó la realidad de la hora.
Dice así: "Como antes se ha dicho, la Unión Católica, du-
rante el desenvolvimiento de su acción cívica, no creyó indis-
pensable decretar primero, y ante todo, el régimen de su or-
ganización, por medio de fórmulas frías y generalmente impre-
visoras. Considerando con acierto, que las obras no se crean
por la fuerza de las pragmáticas y estatutos escritos, sino por
la intensidad de acción y actividad de los hombres, creyó más
82
JOAQUÍN SECCO ILLA
conveniente, desde un principio, dejar al Comité Ejecutivo una
amplia libertad de acción para el cumplimiento y realización
de sus aspiraciones. Por eso el Directorio, en resolución de
11 de diciembre de 1907, se limitó a decretar la organización
cívica de los católicos, delegando en el Comité ejecutivo am-
plias facultades para ello, sin que, en esa oportunidad, ni tam-
poco después, como lo hemos indicado, creyera necesario re-
formar o ampliar antes sus estatutos. En cuanto a las facul-
tades del Directorio para tomar una resolución de esa natu-
raleza, cosa esa que nunca le fué discutida, y sí muchas veces
reconocida. Las funciones cívicas de la Unión Católica estaban
en las sesiones del 3er. Congreso Católico de 1900. Las reso-
luciones tomadas en 1905 y 1906 por el Directorio, referentes
a la acción cívica, y que por razones extrañas no llegaron en-
tonces a ejecutarse, significaban ya algo más; pues revelaban la
capacidad, la competencia y la disposición para encarnar aquel
espíritu en la realidad de las cosas, dentro de la Unión Cató-
lica constituida. Ese mismo reconocimiento explícito se trans-
parenta en la resolución del Consejo Superior de los Círculos
Católicos de Obreros, de 6 de diciembre de 1907, al someter
a la Unión Católica su propósito de iniciar la organización cí-
vica. Pero Si todos estos antecedentes pudieran dejar en pie
alguna duda, la aprobación y bendición expresa del Prelado,
que había sido su fundador, en su memorable carta de 16 de
diciembre de 1907, y el asentimiento unánime de todos los ca-
tólicos e instituciones de más prestigio del país, demuestran la
legitimidad, y algo más, la oportunidad feliz de la resolución
que tomó el Directorio. , Para contemplar las nuevas necesi-
dades creadas por la organización cívica, el Directorio se limitó
a tomar resoluciones aisladas y generales, a medida que lo
creyó conveniente. La carta orgánica general proyectada, no
llegó nunca a aprobarse por el Directorio; pero los clubes sec-
cionales tuvieron su Reglamento complementario que les sirvió
de norma durante su actuación. No de otro modo procedió el
Directorio en la definición de sus rumbos y tendencias. La
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
83
Unión Católica no inició su acción al ruido altisonante de pro-
gramas y manifiestos, con extensas declaraciones de principios.
Por el contrario, en su primera circular de 2 de mayo de 1908,
se limitó a exponer someramente que no pretendía dar por
constituido un nuevo partido político, ni exigir de los ciuda-
danos afiliados a los partidos tradicionales, el abandono de sus
afecciones, porque no había llegado la hora de esas resolucio-
nes radicales, ni eran esas las exigencias de aquellos momentos.
La obra que nos proponemos, decía entonces el Comité eje-
cutivo, no es sólo del momento; es una obra cuyos frutos reco-
gerán tal vez otros; pero se había cumplido siempre un deber
superior, no encerrándose los afiliados a nuestro credo, ni en
un egoísmo estrecho, ni en una labor oscura, frente a los males
que afectan fundamentalmente el porvenir de la República.
La obra fué lentamente naciendo y adquiriendo su fisonomía
propia, a medida que fueron surgiendo los clubes cívicos sec-
cionales y que' los católicos, de todos los campos, se fueron
inscribiendo en sus registros. Entonces fué necesario precisar
y concretar los rumbos y tendencias; y con tal motivo, unáni-
memente votada por el Directorio, apareció la circular de 21
de abril de 1910, que representa, en los anales del civismo ca-
tólico, el primer programa mínimo, la primera modesta bandera
de la nueva organización política. Ese documento decía así:
«Circular: Aproximándose el período de la lucha electoral en
la república, el Directorio cree llegado el momento de hacer
públicamente algunas declaraciones acerca de los fines que
persigue en su acción cívica, complementando de esa suerte sus
anteriores circulares. Como se recordará, a raíz de las elec-
ciones generales de 1907, el Directorio resolvió proceder a la
organización cívica de los elementos católicos del país, dele-
gando en el Comité ejecutivo, que acababa de constituirse, las
más amplias facultades para llevarla a cabo. Sometida esa ini-
ciativa a la consideración de nuestro inolvidable Arzobispo
Monseñor Mariano Soler, este dignísimo Prelado dirigió a la
Unión Católica la memorable carta de 16 de diciembre de 1907,
84
JOAQUÍN SECCO ILLA
que guardamos como un tesoro, en la que declaraba que "como
Prelado y como ciudadano, bendecía y aplaudía tan viril y
trascendental resolución", considerando que "los comicios, así
como la prensa, eran en la hora presente, la gran esperanza
para la santa causa". Simultánemente, el Directorio recibía de
casi todos los lugares y centros católicos de la república, las
más entusiastas y decididas voces de adhesión, consagrándose
de esa manera, como en un espontáneo plesbicito, la resolución
acordada. Contando con la aprobación del Prelado y con el
estímulo de esas adhesiones, que ofrecían una perspectiva fe-
cunda, la Unión Católica entró de lleno a la acción, con todos
los recursos que las circunstancias pusieron a su alcance. Sus
primeras atenciones tuvieron que dedicarse forzosamente a la
propaganda. La organización cívica de los católicos y su in-
tervención en el movimiento político del país, constituía una
verdadera novedad, hasta entonces, en el escenario nacional;
de suerte que era necesario comenzar por difundir y sembrar
la idea, disponiéndose, al mismo tiempo, a no desperdiciar el
fruto, a medida que fuera surgiendo. Con motivo de la aper-
tura de los Registros Cívicos, en los primeros meses de cons-
tituido el Comité ejecutivo, fué sometida a la consideración del
Directorio, y aprobada, la primera circular de 2 de mayo de
1908, estimulando a los católicos a inscribirse. En aquellos
primeros momentos embrionarios, en que la organización cívica
era más un generoso propósito que un hecho palpable, la Unión
Católica perfiló, sin embargo, su tendencia, declarando que,
con la resolución adoptada, se proponía conseguir que los ca-
tólicas actuaran directamente sobre la marcha de los sucesos,
interviniendo en el movimiento político del país, y manifes-
tando al mismo tiempo, que "la acción de nuestros correligio-
narios debía tender primordialmente a que se consagrase de
una vez la verdad del sufragio, por medio de una ley propor-
cional, a fin de conseguir, por ese medio, una representación
legítima y privativa". El Directorio no pretendió, ni se creyó
con facultades para dar por constituido un nuevo partido po-
HISTORIA DE LA UNION CÍVICA
85
lítico, imponiendo a todos los católicos que se agrupasen en
sus filas y dejasen de militar en los partidos tradicionales. Por
eso se limitó a aplicar a nuestra situación los consejos e ins-
trucciones del Soberano Pontífice a otros países de condición
política semejante, tratando de que todos los católicos propen-
dieran en su actuación pública, al triunfo de sus principios.
Pero aquel generoso propósito del Directorio, no tardó en con-
vertirse en una viviente realidad. El 4 de julio del908, un im-
portante núcleo de católicos de una de las secciones de la ca-
pital, pidió autorización para constitur un club cívico católico.
El Directorio concedió con vivas simpatías la autorización soli-
citada, y surgió entonces el primer núcleo del organismo que
se deseaba formar. Tras este primer núcleo, surgieron espon-
tánea y sucesivamente otros núcleos, en la misma capital y
en los departamentos de Durazno, Flores y Canelones, tendién-
dose así lentamente, la red de nuestros centros de actividad
democrática. Desde ese momento, la Unión Católica encontró
sus más ricas energías en proteger y vigorizar esos clubes cí-
vicos, en cuyas reuniones y asambleas, y poniéndose en con-
tacto frecuente con todos esos elementos, pudo apreciarse la
espontaneidad y sinceridad con que los católicos acudían al
llamado, olvidando unos sus divisas tradicionales, e ingresando
muchos otros, nacionales y extranjeros, en las actividades po-
líticas, por primera vez en la vida, ante el solo estímulo de
defender su religión y su bandera. Es preciso declararlo con
toda justicia. Los frutos de esta campaña, han sobrepasado en
mucho a las presunciones más halagüeñas de los primeros ins-
tantes; y ese resultado se ha obtenido, no tanto por efecto de
la labor que aún puede producir mucho más, sino por la ad-
hesión espontánea del numeroso elemento católico, alejado en
gran parte de la política, falto de estímulos para actuar con
entusiasmo. La legislación electoral, que sólo concede repre-
sentación a dos partidos, ha sido siempre una rémora en este
sentido. La Unión Católica pesó esa dificultad, y no vaciló, no
obstante, en emprender su marcha. Pero convencida una vez
86
JOAQUÍN SECCO ILLA
más, de la eficacia creciente de su acción se presentó al Cuerpo
Legislativo, reclamando una amplia reforma de las leyes vi-
gentes, que tarde o temprano se producirá, porque ese vital
problema está sobre el tapete, y no podrá resolverse definitiva-
mente mientras no se dé justa satisfacción a esa legítima pre-
tensión nacional. En su primera circular afirmaba la Unión
Católica que. la obra que se proponía no era una obra del mo-
mento, sino una iniciativa cuyos frutos era preciso recoger len-
tamente; que su principal deseo era estimular a sus correligio-
narios " al cumplimiento de un deber superior, no encerrándose,
ni en un egoísmo estrecho, ni en una labor oscura, frente a los
males que afectan fundamentalmente el porvenir de la repú-
blica". No es, pues, el éxito inmediato lo que ha debido, ni
debe halagarnos, como no debe desalentarnos tampoco el cons-
traste. Una causa que aporta al civismo nacional una bandera
superior y eterna como la nuestra, y que funda su fuerza y
virtud y fuerza moral de cada uno de los numerosos servido-
res que la han comprendido y la han abrazado ya con entu-
siasmo, puede laborar sin descanso y esperar, los ojos puestos
en la serenidad de la consciencia, que el rocío del cielo haga
fructificar y bendiga el fruto suspirado. Todo lo que puede exi-
girse al Directorio, en tales condiciones, es que procediendo
con una firmeza y discreción insospechable trate de impñmir
a esa acción patriótica una dirección prudente y acertada, pro-
curando desenvolver y consolidar la tendencia inicial, a medida
que las circunstancias lo aconsejen, para que esa obra, que con-
grega ya gran parte de nuestras mejores energías, lejos de
detenerse, siga su marcha progresiva, acortando así día a día,
el advenimiento de tiempos más seguros y prósperos para la
religión y la patria. Debemos estar persuadidos, cada vez más,
de que con esta campaña de regeneración política, prestamos
un grandísimo y doble servicio a nuestro país. El programa que
nos guía, no es necesario desenvolverlo, porque está conden-
sado en nuestro sólo nombre de católicos, y en nuestra firme
HISTORIA DE LA UNIÓN CIVICA
87
resolución de propender, por los medios legítimos, al bien-
estar moral y material del pueblo de la República. El prin-
cipio que nos congrega, no necesita enmascararse para recla-
mar un puesto en el campo de las actividades democráticas;
porque, como ningún otro, puede enorgullecerse, a justo tí-
tulo, no sólo de haber mecido en la cuna a la civilización
del mundo cristiano, sino de llevar en su seno, como fecundi-
dad perenne e inagotable, la savia que ha de nutrir constan-
temente todos los progresos morales y materiales de las socie-
dades modernas. A la corriente anticristiana que se ha des-
encadenado desde la altura, contra nuestros ideales, es nece-
sario oponer la valla de nuestra actividad y de nuestra organiza-
ción, en todos los terrenos, y especialmente en el del sufra-
gio, para contrarrestar los ataques que se nos dirigen, hiriendo
nuestros intereses con leyes hostiles y contrarias al bien moral
y material que deseamos a nuestra patria. La indolencia, que
nqs ha traído indefensos al punto en que nos encontramos,
comienza a disiparse. Ya no son pocos los que acuden dis-
puestos a servir con entusiasmo esta causa, nacional por ex-
celencia, de cuyo desenvolvimiento firme y constante, sólo
puede esperar la República frutos de paz, de orden y de re-
generación social y política. A la luz de estas consideraciones,
incumbe al Directorio exponer ahora sus tendencias, a esta
altura de nuestro desenvolvimiento, para esclarecer algunas
dudas que podrían perjudicar a la noble causa que defendemos,
e imprimir rumbos definidos a los núcleos que la acción y la
propaganda han agrupado a su alrededor; sin perjuicio de que
estas manifestaciones puedan ser a su vez complementadas
mañana, a medida que las circunstancias lo exijan. Cum-
pliendo pues, con ese deber, el Directorio viene a hacer, des-
pués de maduro estudio y consulta, las siguientes declaraciones
a las que se deberá a justar fielmente el desarrollo de sus acti-
vidades cívicas.
1) El Directorio ratifica y conforma la obra de la organi-
zación cívica de los católicos, por considerarla una gran espe-
JOAQUÍN SECCO ILLA
ranza para la religión y la patria, y entiende que, de hecho, la
agrupación de ciudadanos incorporados, en la capital y en al-
gunos departamentos, a los clubes cívicos de la Unión Catóiica
del Uruguay, constituye un organismo político, independiente
de cualquier otro partido, y suficientemente definido, para que
los católicos puedan ejercer, como tales, sus derechos y actuar
en los comicios, en defensa de sus intereses religiosos y socia-
les. En consecuencia, los que se alisten en las filas de esta or-
ganización cívica, no podrán actuar simultáneamente en otro
partido y deben estar dispuestos a secundar, con toda disciplina,
la marcha que les indiquen nuestras autoridades.
II) La Unión Católica, como organización ciudadana, re-
clama para sí la responsabilidad exclusiva de todos sus actos.
Su organización, de carácter exclusivamente civil, no se con-
funda con la Iglesia, formada por la comunión de todos los
fieles, de cualquier edad, sexo y condición, con sus Prelados y
el Papa; ni siquiera con otros organismos de carácter religioso
o social a que puedan extender sus actividades los católicos.
III) La Unión Católica declara que su acción se desarro-
llará dentro del orden y de la legalidad constituida, propen-
diendo por los medios legítimos y por una constante propaganda
a que todos los católicos, de acuerdo con las instrucciones rei-
teradas del Pontífice, tomen participación activa en las luchas
pacíficas del comicio para defender, de esa suerte, sus sagra-
dos intereses.
IV) La Unión Católica, mientras no se modifique el ré-
gimen electoral vigente y dada la variedad de circunstancias en
que se encuentra cada departamento, fija esta regla de con-
ducta para el período eleccionario: si las circunstancias permi-
ten votar una lista propia, así debe hacerse; si esto no fuera
posible, ni tampoco se pudiera votar, en unión con otros gru-
pos, una lista mixta, la Unión Católica deberá tender en el co-
micio, con abnegación y disciplina, al triunfo de la lista que
mejor consulte nuestros intereses, si así conviene, lo que se
determinará en cada caso. Después de todas estas claras mani-
HISTORIA DE LA UNION CÍVICA
89
festaciones, que responden a las necesidades presentes, el Di-
rectorio espera merecer de todos sus afiliados la más absoluta
confianza, y cree tener el derecho de exigirles una cooperación
decidida, sin vacilaciones, ni temores, porque sólo de esa ma-
nera, nuestra obra servirá a la causa. Puesta nuestra con-
fianza en Dios, que bendecirá nuestra labor, levantamos
nuestros corazones de ciudadanos y de creyentes, sin otra aspi-
ración que la conciencia de haber cumplido nuestro deber, en
estas horas solemnes para la patria. Montevideo, octubre 21 de
1910. Joaquin Secco Illa, presidente; Luis Pedro Lenguas, vice
presidente; Miguel Perea, Antonio Harán Carlos Ferrés, Adolfo
Isasa, vocales; Elbio Fernández, secretario ".
Y así quedaron establecidas, antes de los comicios, bases
fundamentales, que todavía subsisten, en la acción cívica:
1° Su independencia frente a los demás partidos — y em-
plearé la palabra del día — la incompatibilidad de actuar en la
acción cívica a la vez en otro partido distinto, cualquiera que
él sea.
2° La acción cívica, asume toda la responsabilidad de sus
actos, sin pretender confundir, jamás, con ella, los intereses y
los destinos de la Iglesia o de cualquier otra organización
católica de destinos y de fines diferentes. Ella es la respon-
sable de sus actuaciones.
3° La acción cívica es un partido de orden progresista y
legalista; no es un partido revolucionario. Por consiguiente re-
pudia todo otro régimen que no sea el progresivo convenci-
miento y la progresiva educación cívica de los ciudadanos.
49 La acción cívica es un partido desinteresado; no aspira
incondicionalmente a los puestos, sino al bien del país. Si
puede llevar a sus elementos para que defiendan esos intereses
por los cuales lucha, es su objetivo principal. Pero no hará,
jamás, cuestión de sacrificar al puesto los intereses generales
que pretende conquistar.
90 ' JOAQUÍN SECCO ILLA
Bases fundamentales que la Unión Cívica ha seguido fiel-
mente y seguirá, seguramente, en todo el curso de su vida.
En las próximas lecciones, hablaremos de las elecciones
de 1910.
He terminado.
( Prolongados aplausos. )
CUARTA CLASE
UEDAMOS EN LA ULTIMA CLASE, en las vísperas
de las elecciones de diciembre de 1910. Ya hicimos
notar que el conjunto de circunstancias que se producían, en
esa época, para la acción cívica de los católicos, no podía ser
más desfavorable. Desde luego, recordamos que, a principios
de año, 1910, con motivo del recrudecimiento del fervor parti-
dario, se produjo una gran campaña preparando las elecciones
de ese año, favorecida por una reforma de la ley electoral, re-
forma que abrió las puertas al partido de la minoría, que era
el Partido Nacional, pero que no consagró la representación
proporcional, reiteradamente solicitada por la Unión Católica.
Ese recrudecimiento del fervor partidista, repercutió en las
filas de la Unión Católica, en la acción cívica dentro de la Unión
Católica, produciendo, como recordamos, el alejamiento del Co-
mité, de tres ilustres compatriotas, que se separaron de la ac-
ción cívica iniciada en 1907, para actuar en un comité de pro-
paganda electoral del Partido Nacional, del cual ellos nunca
habían creído separarse. Pero como la Unión Católica tenía ya
organizados sus propios organismos, y ya había anunciado su
propósito de concurrir con listas propias a las próximas elec-
ciones, la situación de implicancia — diremos la palabra de ac-
tualidad— se produjo en una forma cruda, y la solución con-
sistió en el retiro de esos ilustres amigos y correligionarios, del
Comité Ejecutivo de la Unión Católica, lo que no dejó de pro-
ducir, evidentemente, una intensa conmoción en filas. El arras-
tre que por su prestigio, por sus condiciones, era de esperarse,
94
JOAQUÍN SECCO ILLA
se produjo inevitablemente, y muchos elementos de las filas,
se separaron de la acción patrocinada por la Unión Católica.
A pesar de ese primer contraste del año de elecciones, la
Unión Católica consideró que debía seguir adelante, cum-
pliendo los propósitos fundamentalmente que se había trazado
desde el primer instante. Puede considerarse hoy, a lo lejos,
como uno de los momentos críticos en esa etapa genésica de la
acción cívica, porque no hubiera sido difícil que el desaliento,
amparándose de muchos, hubiera determinado la clausura de
todo género de esfuerzos en favor de esa alta y noble idea.
Otra circunstancia desfavorable que se produjo, en ese año
de elecciones, fué la revuelta de noviembre, de Abelardo Már-
quez, de la que también hice referencia en pocas palabras, re-
mitiéndome al hecho histórico. Hasta ese instante, el Partido
Colorado Independiente, que no estaba en el Gobierno y el Par-
tido Nacional entonces totalmente integrado, eran decididos
partidarios de la concurrencia a las urnas, y esa opinión gene-
ralizada, se notaba no solamente en los órganos partidarios, sino
en órganos neutrales, por ejemplo, en "El Siglo", que hacía
una gran campaña en el sentido de la concurrencia a, las
urnas.
Pero en el mes de noviembre, con motivo de una dispo-
sición del Presidente Batlle, de colocar un cuerpo de las fuerzas
nacionales en el departamento de Rivera, el feudo — que así se
le llamaba entonces — de Rivera, se consideró lesionado en su
jurisdicción territorial, y Abelardo Márquez se levantó con las
fuerzas de que disponía provocando un conato de revolución.
La revolución, o el conato de revolución, mejor dicho, duró muy
poco tiempo. No alcanzó a durar quince días. Pero el tras-
torno importante, no fué en el orden militar, sino en el orden
cívico.
A raíz de sofocado el movimiento, los partidos cambiaron
de actitud, y gran parte del Partido Colorado que se llamaba
" autónomo ", declaró su abstención y la totalidad del Partido
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
95
Nacional, venciendo las exhortaciones de su Directorio, se de-
claró también por la abstención.
Se planteó el problema en el Comité de la Unión Católica.
Hasta ese momento, como era lógico, como era consecuencia
inevitable de todos los antecedentes, la Unión Católica luchaba
y trabajaba por la concurrencia a las urnas. Pero, producido
ese cambio de frente en los grandes partidos tradicionales, ¿qué
hacía la Unión Católica?
El Directorio estudió el problema y resolvió mantener su
actitud de concurrir a las urnas. Los hechos que habían ocu-
rrido, eran completamente ajenos a los motivos que determi-
naron su organización, y aún a los motivos circunstanciales,
puesto que no dependían de ella. Su propósito había sido or-
ganizar una fuerza cívica nueva, una fuerza cívica compuesta
de católicos. Ni el principio ni el hecho de la revolución o, por
mejor decir, conato de revolución, de noviembre, había afec-
tado para nada a los componentes de esa entidad y, por con-
secuencia, mantuvieron su concurrencia. Después de consultar
a todos los clubes cívicos, a todos los centros cívicos organi-
zados, pasó una circular, que no les voy a leer porque es muy
extensa, y nos llevaría mucho tiempo, con fecha 7 de noviem-
bre de 1910.
Decidida la concurrencia a las urnas, la comunicó a todo
el electorado, precisando los rumbos, y con la aceptación previa
de todos los organismos cívicos constituidos, en una circular
de noviembre 26, en vísperas electorales. " Ahora, como antes
de los enunciados sucesos " — decía — " los cívicos católicos que
comparezcan a las urnas, tienen que descontar de antemano la
concurrencia inveterada del fraude oficial, elevado al rango de
eventos previstos y normales en nuestras prácticas electorales,
con que se recompone periódicamente el aparente andamiaje
republicano. Ahora, como antes de la última y breve conmoción,
. saben perfectamente los católicos, y todo- el país, que por com-
promisos impuestos desde el poder, tan fieles y desdorosos
antes, como después de su documentación escrita, está asegu-
96
JOAQUÍN SECCO ILLA
rado el triunfo presidencial del señor Batlle y Ordóñez, de
quien siempre nos hemos defendido porque es la encarnación
de injurias y violentas persecuciones contra nuestra causa. Para
concluir, por un camino progresivo, con todas estas anormali-
dades; para ponernos en condiciones de defender, en todo lo po-
sible, nuestros ideales, que encarnan los intereses superiores de
la sociedad; para tratar de modificar el ambiente político de
nuestra patria, abriendo otros horizontes y otros caminos a la
expansión de la actividad ciudadana; para cumplir, en fin, tam-
bién nosotros, con el deber de la acción que nos impone nuestro
patriotismo y nuestra fe; para todo ello precisamente es que nos
hemos constituido y organizado, imprimiendo a la Unión Cató-
lica el carácter de una entidad política activa e independiente.
Cualesquiera que sean, por consiguiente, las condiciones y difi-
cultades externas, y las impresiones sentimentales del am-
biente en que va a desarrollarse la acción, nuestra conducta no
puede obedecer a otros móviles que a los dictados serenos de
la razón; y un deber de consecuencia con nuestros principios
nos obliga a llevar a término los propósitos iniciales, no ha-
biendo imposibilidad material ".
Así, con esta firmeza, encaró el Comité Ejecutivo el grave
problema de la concurrencia a las urnas, de su concurrencia
al primer acto electoral. La trascendencia de esa determina-
ción, sólo ahora, volviendo los ojos al pasado, puede apreciarse.
Si el Comité Ejecutivo de la Unión Católica, en 1910, pasadas
las dificultades, algunas de ellas extraordinarias, las enormes
resistencias a vencer, hubiera vacilado en su acción, hubiera
suspendido la concurrencia a las urnas, no creo aventurado
decir que la acción cívica, hoy, no existiría; no se habría pro-
ducido el Cuarto Congreso; no se habría producido la creación
de la Unión Cívica, cuya prosperidad hoy podemos apreciar.
Es por eso que junto ¡con la resolución de noviembre de
1907, que tantas veces hemos mencionado y las de diciembre de
1910 — la concurrencia a las urnas en esa época — pueden ser
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
97
consideradas como las dos fechas iniciales de la acción cívica
católica.
Resuelta la concurrencia a las urnas, había que pensar
en la formación de listas. Como toda esa primera etapa que
abarca de 1907 a 1910, fué una etapa dentro de los moldes de la
Unión Católica —creación no especializada para la acción cí-
vica— no existían reglas para aplicarse en el caso. Fué nece-
sario pensar en el organismo que debía formar las listas. A
imitación de los estatutos de los partidos tradicionales, se pensó
en congresob olectorales, no previstos, repito, dentro del orga-
nismo de la Unión Católica. Se consultó a todos los organismos
cívicos, es decir, los clubes cívicos, las Comisiones Departamen-
tales, cuál era su pensamiento, y por las resultancias de esa es-
pecie de plesbicito se resolvió crear congresos electorales en
cada departamento. Y vean ustedes qué espíritu profundamente
democrático digno de recalcarse en la hora, ha inspirado siempre
los actos políticos de la acción cívica. Jamás por vía autoritaria
o de mando; siempre por la vía natural y lógica, de una previa
consulta y de un asentimiento expreso de sus integrantes y
componentes. Y, efectivamente, obtenido ese asentimiento de
todos los organismos, se convocaron congresos electores en tres
departamentos, que era donde la Unión Católica tenía orga-
nizados los elementos cívicamente: en Canelones, Flores y Mon-
tevideo.
Voy a dar una ligera reseña de esos congresos.
El Congreso de Canelones, se reunió el 16 de octubre, con
representantes de todos los clubes cívicos del departamento de
Canelones, y, como consecuencia de la reunión, en Asamblea
plena, proclamó la lista que integraban como primeros titu-
lares el doctor Elbio Fernández y el Presbítero Marcial Pérez,
para los cargos de representantes, y que completó con todos los
necesarios para llenar los cargos de la Junta Económica-Admi-
nistrativa y de la Junta Electoral, que eran entonces los or-
ganismos elegidos en cada departamento.
98
JOAQUÍN SECCO ILLA
El Congreso de Flores, se reunió el 4 de diciembre, también
con delegados de todos las secciones del departamento, y pro-
clamó titulares al doctor Joaquín Secco Illa y al doctor Rafael
Gallinal, conjuntamente con todos los demás cargos departa-
mentales y electorales.
El Congreso de Montevideo, tuvo tres sesiones, en los días
3, 7 y 8 de diciembre, y proclamó primer titular al doctor Juan
Zorrilla de San Martín, segundo al doctor Miguel Perea, ter-
cero al doctor Luis Pedro Lenguas, conjuntamente con los otros
cargos elegibles. El primer titular para representante — doctor
Zorrilla de San Martín— fué votado por aclamación, y todos
los demás, por completa unanimidad. El doctor Zorrilla de San
Martín contestó a su proclamación, con la siguiente carta, digna
de ser transcripta, como ha sido, en este libro " El Civismo Ca-
tólico". Yo les ruego que la lean, y en este momento, me limi-
taré a leer, por falta de tiempo, el párrafo final.
Dice así: ... " Nada más simpático, en la acción política
iniciada, que la discreción con que se ha mirado la actitud de
los católicos que discrepan con nuestro criterio práctico. La
Unión Católica del Uruguay no es la Iglesia Católica. Esta es
la comunidad de todos los fieles cristianos cuya cabeza es el
Papa, y en cuyo seno está la salvación; aquélla es un partido
político librado a la controversia de los hombres. -Es, pues, el
caso de aplicar, como se ha aplicado, la enseñanza del grande
Obispo de Hipona: "In necesaius unitas; in dubüs libertas; in
ómnibus charitas ". Unidad en lo esencial; libertad en lo du-
doso; caridad en todo. Y marchemos —esto es lo que yo les
quería leer— hacia adelante. Vamos a las urnas los que de-
bemos ir, pocos o muchos. Será una buena acción, una noble
acción. El día llegará en que todos estaremos unidos también
en lo dudoso, a la sombra de la libertad; pero yo puedo anunciar
a los valientes obreros del presente, a los de la hora prima, a
los que encienden hoy su lámpara en las tinieblas matinales, yo
puedo anunciarles una grande alegría para cuando, salido el
sol, abracen, en la viña paterna, a los buenos obreros de la
HISTORIA DE LA UNION CÍVICA
99
hora nona, que jamás juzgaremos culpables por haberse des-
orientado en las tinieblas. Después de expresadas estas ideas,
señor Presidente, que la proclamación de mi candidatura me
hizo juzgar indispensables, me vuelvo a la silenciosa ciudad de
los libros en que habito solo, de tiempo atrás, donde espero ser
más útil a mi país que envuelto en el torbellino. Correligio-
nario suyo y amigo ex todo corde. Juan Zorrilla de San
Martín ".
Y llegó la jornada esperada: el 18 de diciembre de 1910.
No es descriptible las muchísimas emociones que en muchos
corazones deben haber anidado en ese día, desde la primera
hasta la última hora.
La victoria, no era el premio de nuestro esfuerzo; requería
mucho más que el esfuerzo de tres años, desde el 7 hasta el 10,
y el esfuerzo de unos pocos, los que votaron entonces, para
lograr su triunfo definitivo. Esa victoria, tenía que exigir es-
fuerzos permantes, todavía de muchos años, para los católicos
del Uruguay.
El resultado esquemático en cifras, fué el siguiente, y se
las quiero dar comparativas, para que no crean que eran tan
desastrosas. Los votos colorados en el departamento de Mon-
tevideo, fueron 7.800. No tantos como hoy. En proporción, los
votos cívicos fueron 351. Los votos colorados en el departa-
mento de Canelones, fueron 2.500; los votos de la Unión Cató-
lica, fueron 118. Los votos colorados en el departamento de
Flores, fueron 267; los votos de la Unión Católica fueron 88.
Las cifras escuetas y aisladas, nos podrían parecer ri-
diculas — sería la expresión. Podría ser lo que uno de los
nuestros calificó " un gesto quijotesco de un grupo de católicos
del Uruguay ". No; ya ven ustedes que si en la misma propor-
ción hubiera continuado el crecimiento, la Unión Cívica sería
hoy una fuerza considerable.
Después de la elección, hubo una reunión, excepcionalí-
sima, en el Club Católico. Todos fueron a verter, dentro de
100
JOAQUÍN SECCO ILLA
aquellos muros ancianos, el caudal de sus impresiones. Voy a
leer la crónica publicada entonces en " El Bien ".
Decía así: "Para cambiar impresiones y recoger enseñanzas
y para estrecharse las manos después de la acción, el Directorio
convocó a una reunión en el Club Católico, el 23 de diciembre,
a los vencidos. La concurrencia excedió toda previsión, estan-
do la sala completamente repleta. Es posible anotar como dato
importante, que se llevó a cabo la reunión más numerosa de
cuantas han tenido lugar hasta hoy; lo que revela el persis-
tente entusiasmo de los correligionarios, que se orientan con
nuevos bríos en la obra de «interés común. Abrió el acto el
Dr. Secco Illa, con un vibrante y patriótico discurso. La firmeza
decidida del Comité Ejecutivo, sometida a la invariable norma
de acción que se propuso, fué proclamada, entre aplausos, por el
Presidente de la Unión Católica del Uruguay. Dejó constancia
de la satisfacción del Comité Ejecutivo al ver cumplido am-
pliamente el propósito de la nueva orientación, declarada desde
1907, y alimentado con constancia y entusiasmo, en tres años
de esfuerzo y organización cívica. Jamás se pensó en el éxito:
la superioridad de la obra -estaba precisamente en no contarlo
entre las posibilidades inmediatas. Constituir la obra cívica,
era más valioso que obtener bancas en las Cámaras. La palabra
franca, levantada, llena de sincera firmeza del doctor Secco
Illa; las promesas afirmadas de nueva e invariable labor; las
declaraciones de confianza en la obra iniciada, merecieron de-
cididos aplausos de la concurrencia, que tributaba con ellos una
inequívoca manifestación de adhesión al distinguido orador.
Luego se recogieron las opiniones de los presentes sobre el
movimiento cívico. Todos abundaron en sensatas considera-
ciones, resultando del intercambio de opiniones una serie de
medidas de carácter práctico, que condensó al fin el señor
Presidente del Directorio. El acto fué clausurado a pedido de
la concurrencia por el doctor Zorrilla de San Martín. El orador
improvisó admirablemente. Señaló el verdadero éxito con-
sagrado por las urnas del domingo, que ha sido su esperanza
I
HISTORIA DE LA UNIÓN CIVICA 101
de treinta años de acción católica y la urgencia de llevar a la
vida pública el concurso católico, en las múltiples esferas de la
disciplina cívica. Una interminable salva de aplausos coronó
las admirables palabras del doctor Zorrilla, premio invariable
a sus párrafos sinceros y elocuentes. La Asamblea se disolvió
vivando a la obra cívica, al Prelado, al doctor Secco Illa y al
doctor Zorrilla de San Martín ".
Y así terminó aquella jornada memorable. Las palpita-
ciones de esa jornada, quedaron flotando en el ambiente largo
tiempo.
Fuera de toda resolución oficial, se pronunciaban, en un
sentido o en otro, opiniones distintas. Había una poderosa ten-
dencia en el sentido de dar por concluida la nueva obra que
había iniciado el catolicismo en el Uruguay. Esa tendencia,
inevitablemente arraigada en los partidos tradicionales, sub-
siste y subsistirá toda la vida, mientras no pueda ser, como no
debe ser, dogmática la adhesión de los católicos a un par-
tido político determinado. También influía poderosamente la
enorme dificultad de implantar, y no tanto ahora como era en-
tonces, la idea de un nuevo partido político en la escena cívica
del Uruguay. La gente lo creía imposible; miraban, acaso,
aquel episodio, como una aventura más o menos quijotesca,
pero que no tendría constancia suficiente como para prosperar.
Y todo ello, contribuía a formar ambiente en el sentido de dar
por terminada la acción. En el propio Directorio de la Unión
Católica, las opiniones estaban divididas, no así en el seno del
Comité Ejecutivo, cuyos integrantes resolvieron firmemente
perdurar en la obra y en el esfuerzo. Pero, precisamente, para
completar el ambiente, había que tomar alguna resolución.
¿Cuál? La resolución que el 24 de mayo de 1911, tomó el Direc-
torio, y que fué la siguiente: " Procédase a la organización in-
tegral de la acción católica en los terrenos de propaganda social,
cívica y económica; a cuyo efecto se designa a los señores doc-
tores Perea y Rius para que, a la brevedad posible, presenten
102 JOAQUÍN SECCO ILLA
un plan completo de dicha reorganización; debiendo concre-
tarse entre tanto, la acción del Directorio, exclusivamente, a lo
que demanden las necesidades de la causa en la hora actual,
quedando en suspenso toda otra resolución anterior a la pre-
sente; 2° Mientras no se determine la forma definitiva de la
organización de los elementos cívicos católicos, los clubes cí-
vicos existentes quedarán bajo la dependencia del Comité Eje-
cutivo ".
El espíritu transaccional de esta resolución, aparece bien de
manifiesto. Entre la tendencia de liquidar completamente la
acción entonces iniciada en materia electoral y la otra tenden-
cia predominante hasta entonces, surgió esta fórmula de tran-
sacción. Se suspendieron los trabajos cívicos del Directorio,
mientras se procedía a la reorganización, incluso, de la acción
cívica. Entre tanto, todos los organismos subsistirían bajo la
dependencia directa del Comité Ejecutivo.
Transacción que, si se quiere, determinó la primer victoria,
porque después de la prueba, después de pesadas todas las ra-
zones en pro y en contra, de contemplados todos los sentidos del
movimiento, en un sentido o en otro, favorable u hostil, el Di-
rectorio determinó que se procediera a la forma de organiza-
ción, entre otras, de la acción cívica, y que no se extinguieran
los organismos existentes, de carácter netamente cívico, de la
acción católica.
La Comisión designada, compuesta por el doctor Perea y
por el doctor Rius, no era otra cosa que la representación de las
dos tendencias. El doctor Perea, representante de la acción po-
lítica sostenida por el Comité Ejecutico, el doctor Rius, re-
presentante de los católicos, actuando en partidos tradiciona-
les, que habían permanecido ajenos a ese género de acción po-
lítica. Su largo informe, concluyó proponiendo como solución
la desaparición de la vieja Unión Católica — esa de que tanto
hemos hablado en estas clases — creada en 1889. Su disgrega-
ción en tres uniones: la Unión Social, la Unión Económica y la
Unión Cívica, molde tomado de lo que entonces estaba en el
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
103
ambiente porque, en Italia, Su Santidad Pío X acababa de dar-
les, a los católicos italianos, esa forma de organización, en una
reciente Encíclica: " II fermo propósito ".
Era famosa, no solamente porque dió las normas para Or-
ganizar a los católicos italianos, sino, sobre todo, porque le-
vantó en parte el "nom-posumus" de los tiempos de Pío Nono,
por el cual los católicos italianos no podían cooperar, como ta-
les, en la organización de las entidades gubernativas del Estado
italiano. Pío X levantó ese veto; suspendió el " nom-posumus "
y apareció para los italianos la nueva organización de las tres
uniones: social, económica y electoral.
Nosotros hemos tenido siempre fortuna, porque hasta en
eso, colocamos nuestra nueva organización, en un molde ema-
nado, nada menos, que de la Sede Pontificia.
El informe de los doctores Perea y Rius,, fué estudiado por
el Directorio de la Unión Católica, y después de una larga dis-
cusión, fué definitivamente aprobado. Pero como el Directorio
de la Unión Católica no tenía autoridad por sí para declarar
extinguida la Unión Católica, y crear nuevas organizaciones
laicas, se creyó en la necesidad de establecerlo en un nuevo
Congreso, y pedirle al Prelado que autorizara la convocatoria
del Cuarto Congreso Católico. En una nota que se pasó, en el
mes de octubre de 1911, se pedía dicha autorización. Monse-
ñor Isasa, que gobernaba entonces la provincia eclesiástica del
Uruguay, dió la autorización correspondiente, y en virtud de
ella, el Directorio de la Unión Católica convocó el Cuarto Con-
greso Católico, que tuvo lugar en los días 5, 6, 7 y 8 de noviem-
bre de 1911.
Las actas y documentos relativos al cuarto Congreso Ca-
tólico, nunca han sido publicados, a pesar de haber sido va-
rias veces intentado el hacerlo. Yo tengo aquí, no el original,
que debe estar en los archivos de la vieja Unión Católica,
pero sí una copia exacta de todos los antecedentes. Aunque
se trate de un documento antiguo, me ha parecido siempre
necesario conocerlo y publicarlo. Probablemente, algún día se
104
JOAQUÍN SECCO ILLA
hará. Es muy interesante, porque allí se vierte el estado de
espíritu de la causa católica, no de la acción cívica, sino total,
en un momento determinado de nuestra historia.
A ese Congreso, el más numeroso, el más importante de
todos, concurrió la representación de toda la causa del país,
no sólo de las parroquias, sino de todo género de instituciones.
Sus asistentes, llenaban extraordinariamente la sala del Club
Católico. En ese Congreso, se trataron interesantes proyectos
y muy serios problemas. A nosotros no nos interesa, bajo nues-
tro aspecto, sino exclusivamente el de la Unión Cívica.
La obra, en cierto modo, fuera de normas, que había rea-
lizado la vieja Unión Católica hasta entonces, fué aclamada y
aprobada. Y nació, con el voto de toda la causa así represen-
tada, la nueva obra; la Unión Cívica del Uruguay.
La Unión Cívica, pues, no representa la idea de un grupo
de católicos ciudadanos que un buen día se reúnen, proclaman
í una aspiración, resuelven prestarle su concurso y constituir un
núcleo de acción, como pueden, con toda legitimidad, hacerlo,
y así podía haber sucedido. La Unión Cívica, nació como una
obra directamente de la causa católica, desde la cuna más au-
torizada, que era un Congreso general, y no solamente con au-
torización, sino algo más: con un mandato de la causa, que no
puede renunciar.
Por eso, cuando en el fervor de las contiendas electorales,
aparece algún católico, en tal o cual partido, lleno de genero-
sidad para nuestra causa — lástima que sea solamente enton-
ces— y nos achaca que usurpamos la representación de una
causa, es y sería siempre fácil contestarle y mostrarle cuál es
nuestra patente de origen. Lo hacemos como un mandato, que
nos ha dado la causa por su representación más autorizada,
que fué el cuarto Congreso. Lo hacemos siguiendo una trayec-
toria bien ilustre, de gran sacrificio, iniciada antes del cuarto
Congreso, que manteníamos a pesar de haber pasado por las
más dolorosas e ingratas de las pruebas, como han sido las
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
105
derrotas sufridas. Por lo menos, si no merecemos el concurso,
me parece que la obra cívica se ha granjeado, muy merecida-
mente, el respeto y la admiración.
— En el cuarto Congreso, la Unión Cívica quedó consti-
tuida. Ahí termina su primera etapa.
La acción cívica, iniciada como una nueva acción por la
Unión Católica, tan lealmente servida desde que se aprobó la
idea hasta que se puso a prueba, en los años que hemos exa-
minado, quedó completamente consagrada como tal, como or-
ganismo político precisamente declarado, en ese cuarto Con-
greso, con los estatutos que él mismo le votó. Pero estos esta-
tutos, verdaderos estatutos, verdadera base de la obra, no eran
más que los lincamientos fundamentales de la corporación po-
lítica que entonces se creaba. El cuarto Congreso Católico, le
dió también a la Unión Cívica, su primer Directorio, encar-
gándole, a él, la misión de establecer su carta orgánica y la
definición de su programa de principios. Esa obra es poste-
rior'al cuarto Congreso.
En uso de esas propias facultades, la Unión Cívica, en el
año 1912, es decir, al año siguiente, se reunió para votar su
carta orgánica y su programa de principios, en su primera
Convención.
Todo esto, será objeto de análisis en la próxima clase: es-
tudio y labor preparatoria, labor de la Convención de la Unión
Cívica de 1912.
He terminado.
( Prolongados aplausos .)
QUINTA CLASE
J^N LA CLASE ANTERIOR, hicimos referencia al IV Con-
^ — J greso Católico de 1911, y anunciamos que en la clase de hoy,
pasaríamos a tratar los trabajos preliminares a la Convención
primera de la Unión Cívica, de 1912. Me van a permitir que
altere un poco el programa, volviendo hacia atrás, es decir, al
Congreso Católico de 1911. Como se trata de un acto trascen-
dental en la historia de la causa católica, no solamente de la
Unión Cívica, y sus actas no han sido publicadas, me parece
oportuno hacerlas conocer, si no en detalle, por lo menos en
lo sustancial, con motivo de estas clases, a los católicos en ge-
neral .
Debo empezar por destacar la trascendencia que las reso-
luciones del IV Congreso tuvieron en la causa católica. En lo
que se refiere a nuestra acción cívica, particularmente, lasi tie-
nen de una manera señalada.
Cuando después del tercer Congreso Católico de 1900, el
Directorio de la Unión Católica resolvió iniciar la acción cí-
vica de los católicos, lo hizo como entidad representativa, la
más autorizada, del laicato católico, ya que en el seno del Di-
rectorio de la Unión Católica, tenían su delegación todas las
instituciones católicas de cierta importancia, de suerte que po-
día considerarse el Senado de la causa. Pero no estaba expre-
samente prevista, entonces, en los estatutos de la Unión Cató-
lica, la acción política. La acción política fluía como un deri-
vado lógico de otras disposiciones, como una tendencia de las
manifestaciones colectivas del laicato católico; pero no estaba
prevista, de un modo expreso, la acción política.
110
JOAQUÍN SECCO ILLA
Por eso, en la primera etapa de que tanto hemos hablado,
de 1907 a 1910, o sea desde que se dictó la resolución organi-
zando cívicamente al laicato católico, hasta las primeras elec-
ciones a que éste concurrió con lema propio, durante esa pri-
mera etapa, mucho se discutió si esa actitud era legítima o no.
Se atribuía hasta a un abuso, el haberla encauzado en el sen-
tido político. Claro está que objecciones nunca faltaban; que
muchas de ellas no estaban inspiradas tan sólo en el santo celo
de la legitimidad, sino en otras pasiones que, sobre todo en
materia electoral y política, tan conocidas son en nuestro país.
De todos los sectores — no me referiré exclusivamente al sector
nacionalista — aún del sector colorado. Habían muchos católi-
cos nacionalistas, acaso en su mayoría, por su figuración y por
su actuación en las obras de la causa, que parecían imprimrle
un tinte definidamente partidario — nacionalista — a esa resis-
tencia a la organización cívica. Pero también habían otros, de
gran representación en las filas coloradas, que igualmente re-
sistían la iniciación de la obra cívica, siempre amparándose en
la razón de que la Unión Católica no se había creado para or-
ganizar a los católicos cívicamente.
Repito que eso resultaba de todos los antecedentes; todas
las diversas citas que yo hice, desde el primer Congreso de
1889, eran bien expresivas en ese sentido; que la vieja Unión
Católica existía para organizar a los católicos aún en el te-
rreno político, para obrar públicamente, en todos los aspectos
de su acción exterior, en defensa de la religión. "No estaban
limitados ", decíamos nosotros; " no están expresados concreta
y definidamente ", decían ellos. Y esa duda siempre existió.
De modo, pues, que en ese primer período, en esa primera
etapa, de 1907 a 1910, la legitimidad de la acción cívica era dis-
cutida. Claro está que los que actuábamos en ella, teníamos
la conciencia totalmente tranquila. Primera razón: la de que
había sido aprobada y consagrada por disposición de los Pre-
lados, que habían aplaudido, y hasta impulsado en cierto sen-
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
111
tido, ese nuevo plano de acción. Segunda razón: que nadie
nabía hecho una oposición definida y formal, sino, acaso, una
mera resistencia pasiva a colaborar en ella, como efectivamente
había sucedido. Por eso la obra, aunque con grandes dificulta-
des, se llevó adelante hasta el período electoral de 1910.
Pero en ese instante, los resistentes a la prosecución de la
acción cívica entre los católicos, se encontraron con un gran
factor de colaboración, que fué el éxito negativo que se obtuvo
en aquellas elecciones a que me he referido. Creó esa situa-
ción, un momento crítico para la prosecución de la idea, de
cuyo momento podía resultar o el abandono de la iniciativa o
la consagración definitiva. Lealmente, nos pareció que el
asunto había que plantearlo de una manera clara. Pero que
nadie tenía autoridad, dentro del laicato, si no un Congreso,
para definirlo de una vez.
Entonces, después de las elecciones de diciembre de 1910,
comenzó el trabajo de elaboración del IV Congreso Católico, -
que era la autoridad máxima de nuestra causa, capaz de de-
finir el problema.
Si fastidiosos y enojosos habían sido los trabajos de la
preparación de las elecciones de 1910, no puedo decir cosa dis-
tinta respecto de los trabajos de preparación del IV Congreso
Católico.
En ese período que transcurre de diciembre de 1910 a no-
viembre de 1911 — un año — toda la actividad se concentró en
hacer que el Congreso Católico — como creíamos de nuestro
deber — consagrara la acción cívica de una manera explícita y
formal .
Para ello, el Directorio de la Unión Católica, con el con-
curso de todos los elementos que volvieron a concentrarse en
su seno, cesando el ausentismo que se había producido en los
últimos tiempos, resolvió estudiar un proyecto de resolución
que dió lugar a larguísimos debates en las sesiones del Direc-
torio, pero mucho más acalorados y difíciles, fuera de las se-
112
JOAQUÍN SECCO ILLA
siones, particularmente entre los distintos agentes, de una o de
otra idea.
Al fin se obtuvo el acuerdo, acuerdo que consistió en ha-
cer cesar la organización antigua de la Unión Católica, en
donde se concentraban elementos, desde luego, de todas las
tendencias políticas, y que por esa misma razón era siempre
una fuente de discusión y discordia, dividiéndola o desarticu-
lándola, mejor dicho, en tres uniones distintas: la Unión So-
cial, para atender la labor de propaganda e ilustración; la
Unión Económica, para concentrar los organismos económicos
creados; y la Unión Cívica, a la que la Unión Católica naDia
dedicado intensamente su última actividad.
Ese fué el triunfo, porque desde ese instante, combinado
el proyecto, desaparecían todas las discusiones, todas las dudas
y todos los pretextos de ilegitimidad de la acción.
Efectivamente, el proyecto de resolución que el Directorio
de la Unión Católica resolvió presentar al IV Congreso Cató-
lico, empezaba por decir: "l.*? Quedan abrogados los estatutos
de la Unión" Católica; 2?. Para el desarrollo de la acción fu-
tura, los elementos católicos se distribuirán en tres grandes
entidades autónomas que se denominarán: Unión Social, Unión
Económica y Unión Cívica, las que se regirán por los estatutos
que el Congreso sancione. "
Como ustedes ven, en este proyecto de resolución, acep-
tado por la Unión Católica, que resolvió someterlo al IV Con-
greso, quedó eliminada toda discusión sobre si la acción cívica
de los católicos era legítima, y si era una obra de la causa.
El proyecto contenía, en detalle, los estatutos de la Unión
Social, los estatutos de la Unión Económica, y los estatutos de
la Unión Cívica, estatutos básicos, podríamos decir, raíz, semi-
lla de la obra, porque no contienen mayores detalles. "Consti-
tuyese —decían los estatutos— la Unión Cívica del Uru-
guay, que tendrá por objeto agrupar, organizar y dirigir a to-
dos los católicos que bajo su dirección quieran ejercer sus de-
HISTORIA DE LA UNION CÍVICA 113
rechos políticos. 2.° La Unión se constituirá con las asocia-
ciones o clubes cívicos que secunden sus propósitos y se so-
metan a su dirección y con las personas que adhieran a ella.
3.9 La Unión será gobernada por un Consejo Directivo, com-
puesto de cinco miembros, los que serán elegidos cada tres años
en la forma que establezca su Carta Orgánica. 4.9 En el acto
de la elección se designará el Presidente, y cuatro miembros
que se distribuirán entre sí los cargos de l.er vicepresidente,
2.° vicepresidente, secretario y tesorero. ( El Presidente será
elegido por el Congreso). 5° El Consejo Directivo de la Unión
Cívica del Uruguay tendrá su residencia en Montevideo. 6.9
El Consejo Directivo formará la Carta Orgánica de la Unión, la
que será sometida a la aprobación de una asamblea de dele-
gados de los clubes cívicos adheridos. 7° El Consejo Directivo
formará también su reglamento interno y resolverá los casos
no previstos en estos Estatutos. 8° El Consejo Directivo tiene
amplia capacidad legal para adquirir bienes en nombre de la
Unión Cívica del Uruguay y para enajenarlos o gravarlos en
cualquier forma. El presidente y el secretario suscribirán en
todos los casos los respectivos contratos. 9.° Los presentes Es-
tatutos podrán ser reformados por una Asamblea de delegados
convocada con ese objeto, con un quorum de dos tercios de
miembros para la primera citación y con los que concurran
para la segunda. "
Este proyecto fué difundido con la mayor amplitud posi-
ble, dándose a conocer a todas las instituciones de la capital y
del interior, que tuvieran cualquier género de afinidad con la
causa católica. Fué sometido, además, directamente, a distin-
tas personas cuyo consejo y cuya opinión podían ser tenidos
en cuenta. Podemos decir que vestido de la máxima autoridad
posible, pudo ser aprobado y sometido al IV Congreso Católico.
En definitiva, la idea fué sometida a la aprobación del Pre-
lado, que era entonces Monseñor Isasa, pidiéndole autorización
para convocar al IV Congreso Católico, a fin de someterle el
proyecto de organización a su consideración. Obtenida la auto-
114
JOAQUÍN SECCO ILLA
rización correspondiente, el Directorio formuló el programa
del Congreso y convocó a los delegados. Dos delegados por
cada entidad; nunca la causa católica había tenido una asam-
blea de tanta importancia. Trescientos delegados; no simples
concurrentes a una reunión: delegados, dos por cada entidad.
Se constituyó, efectivamente, el Congreso con los miem-
bros natos, que eran el Comité Ejecutivo y el Directorio de la
Unión Católica; con los representantes del Clero Secular; con
los representantes de las comunidades religiosas; con los re-
presentantes de las parroquias de la capital; con los represen-
tantes de las parroquias de campaña; con los representantes
de los comités parroquiales de Montevideo, de la Unión Cató-
lica; con los comités departamentales de campaña; con los pe-
riódicos católicos, que eran entonces " El Bien ", " El Amigo
del Obrero ", " El Demócrata ", " La'Nueva Idea " ( Trinidad ),
" La Epoca " ( San José ), " La Reacción " ( Carmelo ) y "La
Semana Religiosa " ( Montevideo ); con los clubes cívicos de la
capital; con los clubes cívicos de la campaña y con todas las
demás instituciones piadosas, como la Orden Tercera, las Co-
fradías, las congregaciones; con los representantes de todos los
Centros de Jóvenes de la capital y centros de Jóvenes de cam-
paña; con los de algunas otras asociaciones diversas, como el
Club Católico, el Directorio de la Democracia Cristiana, el Cen-
tro Democrático Cristiano de la Unión, el Centro Democrático
Cristiano del Puerto, la Liga Patriótica Italiana, la Asociación
León XIII y el Centro Democrático Cristiano La Joven Guar-
dia. No quedó ninguna institución, de cualquier especie que
fuera, sin representación en el Congreso, el cual inició sus se-
siones el día 5 de noviembre de 1911.
Procedió a elegir su Mesa, previo nombramiento de la Co-
misión de escrutinio, que quedó constituida en la forma
siguiente: Presidente honorario, Monseñor Ricardo Isasa; Vices-
Presidentes honorarios Monseñor Pío Stella y doctor Juan
Zorrilla de San Martín; Presidente, doctor Joaquín Secco Illa;
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
115
Vicespresidentes, doctores Luis Pedro Lenguas, Hipólito Ga-
llinal y Elbio Fernández; secretarios, doctores Hugo Antuña,
Víctor Escardó y Anaya, Gustavo Gallinal y Rafael Algorta
Camuso; Prosecretarios, doctores Juan José Fernández Mas,
Br. Alfredo Canzani — todavía no era doctor — , Pedro Ipuche y
Constante Facello (hijo); Inspectores Raymundo Zaffaroni,
Santos Brito, Fernando C. Pía y Guillermo Bernasconi.
Lo primero que se hizo en la primera sesión, fué oír la
memoria del Directorio de la Unión Católica, que cesaba en su
mandato. Esa memoria nunca se ha publicado, por más que
repetidas veces así se ha resuelto. No es fácil publicarla, por-
que tiene más de ochocientas páginas.
Leeré el extracto del índice, para que se den cuenta, en el
período de la existencia de ese Comité Ejecutivo, además de la
acción cívica, de todas las demás materias que trató la Unión
Católica. Debo advertir que no es de extrañar, porque acababa
de iniciarse en el país, una era agitada para la causa católica, .
que a cada paso comprometía problemas de interés. El índice
es el siguiente: el primer capítulo está dedicado al nombra-
miento y composición del Comité Ejecutivo y del Directorio;
el segundo, a las adhesiones, -felicitaciones y demostraciones
recibidas; el tercero, a la organización interna del Directorio,
que comprende dos secciones: la secretaría y la tesorería; el
cuarto, la Unión Católica y los comités locales; el quinto, la
Unión Católica y su órgano " El Bien "; el sexto, la Unión Ca-
tólica y la Asociación León XIII, que era la propietaria de la
imprenta y del edificio de " El Bien "; y así sucesivamente, la
Unión Católica y el Jubileo de S. S. Pío X; la Unión Católica
y Monseñor Soler; la UniónCatólica y la Virgen de los Treinta
y Tres; la Unión Católica y la Leyenda Patria; la Unión Cató-
lica y las procesiones de Corpus-Christi; la Unión Católica y
las escuelas religiosas; la Unión Católica y las obras sociales;
la Unión Católica y la defensa de la Iglesia, que comprende, a
su vez, tres partes: la primera, los trabajos respecto al Censo
116
JOAQUÍN SECCO ILLA
Nacional de 1908; la segunda, las manifestaciones de adhesión
a la autoridad eclesiástica con motivo de la hostilidad de los
poderes públicos; y la tercera, los trabajos en defensa de la
propiedad de los templos de la Iglesia nacional. Esto, porque
hubo un conato — es historia antigua — de declarar de propie-
dad nacional los templos, con motivo de una equivocada ges-
tión — me permito calificarla así — iniciada por la Curia ante
el Gobierno, pidiéndole que costeara las veredas de la Cate-
dral, que acababan de hacerse. El Gobierno dictó un decreto,
diciendo que como era propiedad pública, iba a pagar las ve-
redas, y ante ese decreto, con el fin de que no las pagaran
— las veredas — se inició una contribución de veinte centési-
mos por persona, para costearlas. Podemos ver en "El Bien-'
durante semanas enteras, la lista de todo el pueblo uruguayo
que contribuyó; listas de veinte personas, dando un centésimo
cada una. Y se pagaron las veredas, y el sobrante se dedicó
a dotar de dos linotipos a "El Bien", ya que nos había ayu-
dado tanto en la campaña.
Todos estos capítulos darían de por sí para una larga his-
toria. Yo me limito a leerles el índice.
La segunda parte de la memoria, es ese libro amarillo que,
bajo el título de " El Civismo Católico ", ustedes conocen. Esa
es la segunda parte de la memoria presentada al IV Congreso
Católico, por el Directorio de la Unión Católica, en donde se
detallan todos los actos iniciales de nuestros trabajos, en el
propósito de hacer marchar la idea de la organización.
Para considerar el proyecto que el Directorio de la Unión
Católica sometía al IV Congreso Católico, se nombró una Co-
misión informante que quedó compuesta así: Antonio J. Rius
y doctor Miguel Perea; Rdo. P. José Ilusa, Rdo. P. Ricardo Pit-
tini, Pbro. Marcial Pérez, doctor Lorenzo Losada, Pbro. Joa-
quín Arrospide, doctor Víctor Escardó y Anaya, doctor Jacinto
Casaravilla, doctor Alejandro Gallinal, doctor Hugo Antuña y
Pbro. Fernando Damiani.
HISTORIA DE LA UNION CIVICA
117
Yo quiero hacer notar el gran espíritu con que se proce-
dió en ese Congreso, porque basta leer la lista de miembros
que componían esta Comisión informante, que debía dar su
informe al Congreso, sobre el proyecto presentado, para adi-
vinar que no había ni el más ligero propósito de asegurar un
informe favorable, ya que la Comisión estaba compuesta por
personas que, de antemano, sabíamos que no habían partici-
pado en la acción cívica que el Directorio había desarrollado.
Pero es de advertir que en el Congreso, salvo muy peque-
ñas discrepancias que anotaré de paso, como recuerdo, hubo
una gran amplitud, una gran cordialidad entre los católicos, y
yo me animaría a afirmar que había entonces un gran respeto
por la importancia de la idea de la organización cívica, y na-
die se animó a contrariarla abiertamente.
La Comisión informante presentó su informe, que suscri-
bían todos sus miembros. No crean que en ese Congreso se
procedió canónicamente — lo digo en sentido figurado — por-
que fueron discutidos uno por uno y largamente todos los ar-
tículos, con largos debates, entre los cuales nos interesa en este
momento recordar, sólo dos aspectos: la composición del co-
mité central y la cuestión cívica.
Sobre las tres uniones, y como nexo entre ellas, el pro-
yecto organizaba un Comité Central. Ese Comité Central se
integraba con los Presidentes de las tres uniones y dos miem-
bros más, elegidos por todos los Consejos de las uniones, en
asamblea, de manera de formar cinco miembros del Comité
Central. Ese era el proyecto.
Cuando esa parte fué sometida a la deliberación del Con-
greso, provocó larguísimo debate, orientado en el sentido de
que todos querían tener un representante en el Comité Cen-
tral, es decir, volver a la organización del viejo Directorio de
la Unión Católica. Esos postulados, no tuvieron mayor anda-
miento, como por ejemplo, el que formuló la Democracia Cris-
tiana, con toda razón y con perfectos fundamentos. Pero otros
118
V
JOAQUÍN SECCO ILLA
causaron gran sensación, como el de la juventud católica, que
entonces gozaba de una era de gran prosperidad, con centros
en casi todas las parroquias y en casi todos los colegios de la
capital y del interior, con una federación próspera, con un pres-
tigio, por sus iniciativas y por su actividad, enorme. Fué muy
defendida en el Congreso, por el representante que tenía — no
se olviden que cada instituto tenía dos representantes — que
era el doctor Miranda, apoyado calurosamente por el Padre
Pittini, que en esa época era un poco el alma del movimiento
juvenil. Ese debate es interesantísimo, porque, además de las
reflexiones de carácter puramente argumental, están los re-
cuerdos históricos, que no deben olvidarse en la reseña de
la causa.
En definitiva, el Congreso resolvió dejar al Comité, como
se había propuesto, integrado por los tres miembros, Presiden-
tes de las respectivas uniones, y dos miembros más elegidos
en asamblea, en la forma que acabo de mencionar. Pero no
dejaron de constituir una preocupación seria para el Congreso,
las funciones que se le atribuían al Comité general, porque
bajo el pretexto de que debía velar por la organización y para
dirimir los conflictos que se produjeran entre las Uniones, ha-
bía un título de intervención, incluso para actuar en la obra
netamente cívica. Eso no se documentó por escrito en el Con-
greso, pero hubieron compromisos de honor, formales y solem-
nes, de que ninguna de esas disposiciones servirían para coar-
tar en su acción la autonomía declarada que debía tener en el
futuro la Unión Cívica.
Los artículos del proyecto de estatutos de la Unión Cívica
que yo he leído antes, fueron suscritos tal cual, sin ninguna
variante, por la Comisión informante.
Se procedió, como digo, a la consideración y discusión, ar-
tículo por artículo, del proyecto; fué aprobado el que declaraba
que quedaban abrogados los estatutos de la Unión Católica;
fué aprobada, la creación de la Unión Cívica y fueron aproba-
dos los estatutos, en detalle, de la Unión Cívica.
HISTORIA DE LA UNION CIVICA
119
Debo recordar, simplemente a título ilustrativo, la oposi-
ción categórica que en el Congreso hizo, en nombre de un
grupo de congresales, el señor Turena, no José Pedro, el doctor
Pedro Turena, con la franqueza que le es característica, y te-
nía razón. " Solicito del distinguido miembro informante una
pequeña aclaración con respecto a la acción cívica ", dijo. Y
con el pretexto de la aclaración, hubo un largo discurso, opo-
niéndose categóricamente a la creación de la Unión Cívica
como partido católico. No fué el único. Un venerable colega,
el doctor Pedralves, a quien, tal vez, alguno de ustedes haya
conocido, Decano de los abogados del Uruguay, también se
opuso, recordando las palabras de Jesús, de que su reino no
era de este mundo.
— Hubieron otras voces, en cambio, nacionalistas, que no
nos habían acompañado, que se habían opuesto a la Unión Cí-
vica, sobre todo en sus, últimos momentos, en vísperas electo-
rales, y que con toda lealtad declararon que ellos no acompa-
ñarían, como los doctores Ponce de León, ( Vicente y Luis ), a
la Unión Cívica, por creer que era un error, pero que respe-
taban y aplaudían a los compatriotas de suficiente coraje que,
sin querer actuar en la canalización política ordenada por los
partidos tradicionales, quisieran actuar, decidida y definida-
mente, en las filas de un nuevo partido, como la Unión Cívica.
En definitiva, los estatutos fueron aprobados por gran ma-
ría del Congreso, y se procedió a la elección de los respectivos
Consejos. Aprobados los estatutos, había que elegir cinco miem-
bros del Consejo de la Uni('»n Social, del Consejo de la Unión
Económica y del de la Unión Cívica, que los mismos estatutos
preveían. Esto se hizo, naturalmente, por una elección, para
lo cual, también se nombró la respectiva Comisión de escruti-
nio, la cual produjo su informe. Uno de los signos gráficos del
ambiente que tenía la organización cívica en el Congreso, fué
el resultado de la elección.
Cuando, como Presidente del Congreso — dijo la crónica —
me tocó declarar que habían sido aprobados los estatutos de la
120
JOAQUÍN SECCO ILLA
Unión Social, " grandes aplausos "; los estatutos de la Unión
Económica, " grandes aplausos "; los estatutos de la Unión Cí-
vica " clamorosa ovación en el seno del Congreso ". Y al pro-
cederse a la proclamación de los electos, por la Unión Social,
que fueron, para Presidente, el doctor Rius, y para miembros
del Consejo, los doctores Antuña, Quagliotti, Escardó y Anaya,
Vicente Novoa y Vicente Ponce de León; por la Unión Econó-
mica, fué proclamado el doctor Perea y miembros del Consejo,
Casara villa, Zaffaroni, Alejandro Gallinal y Cayota; por la
Unión Cívica, me tocó aceptar el cargo de Presidente, y para
miembros del Consejo, resultaron electos los doctores Ferrés,
Fernández, Harán y Adolfo Isasa. Los nombramientos — vuelve
a recalcarlo el acta — fueron recibidos con grandes aplausos, y
repetida la clamorosa ovación al constituirse el Consejo de la
Unión Cívica.
En la sesión de clausura, a cada uno de los Presidentes le
tocó definir los rumbos del organismo que quedaba en su re-
presentación. Yo no voy a leer ni el principio ni el medio: voy
a leer el final con que se recibió mi declaración, en nombre de
la nueva Unión Cívica, que recién en ese momento, propia-
mente, quedaba constituida. La concurrencia se puso de pie
para aclamarla. Así fué recibida la definitiva sanción por el
gran Senado de la causa, que era el IV Congreso.
Pero no sería completa esta vista retrospectiva, del verda-
dero momento de origen de la Unión Cívica, si yo no recordara
las palabras — lo que sucedió al principio sucedía de nuevo
ahora — con que fué recibida por el Prelado.
En las primeras clases he hablado de la carta de Monseñor
Soler, por la cual aceptaba y aplaudía la resolución del Direc-
torio de proceder a la organización cívica de los católicos, carta
memorable, que es un tesoro. En el IV Congreso, creada, vo-
tada y constituida, podríamos decir, la Unión Cívica, Monseñor
Isasa, cuyo recuerdo deberíamos tener permanentemente pre-
sente, porque fué, sin duda, la columna más eficaz para alen-
tar a los que trabajábamos por la implantación del civismo ca-
HISTORIA DE LA UNION CIVICA
121
tólico en el país, con una valentía sin igual y con una decisión
incuestionable, en su discurso final dijo entre otras cosas:
"La acción católica se presenta, pues, por la nueva orga-
nización, distribuida en tres grandes ramificaciones: la Unión
Social, la Unión Económica, la Unión Cívica. " Más adelante
agregaba: " La parte económica ocupa el segundo lugar en el
organismo de la acción católica que acabáis de sancionar. Esta
segunda sección viene a entender una necesidad muy impor-
tante de los tiempos actuales; y como ya tenéis adelantada la
experiencia con las diversas instituciones de los Círculos Cató-
licos de Obreros, Caja Obrera, Cajas Rurales, etc., no os será
difícil prestar importantes servicios en esta materia, sobre todo
a los obreros. Yo os felicito al pensar que tendréis decididos
colaboradores en los intrépidos Demócratas Cristianos. " Y
agregaba: " Ahora, viniendo a la parte cívica, me ocuparé de
ella con alguna detención, ya para inculcarlos al deber que os
concierne, ya para desvanecer algunos prejuicios que existen
acerca de este punto, especialmente por lo que se refiere
al clero. Esta Unión tiene el gran cometido de dirigir los tra-
bajos electorales, llamando en torno suyo y estimulando a to-
dos los hombres de buena voluntad, a todos los ciudadanos que
deseen el bien público, para que concurran a las urnas a depo-
sitar su voto a fin de llevar al Cuerpo Legislativo ciudadanos
que defiendan y hagan triunfar los derechos más sagrados e
importantes de la sociedad. " Continúa desarrollando el pen-
samiento, y dice más adelante: " Pasemos ahora a destruir los
prejuicios de que hablamos. Yo no sé como entienden algunos
la Religión con respecto a la política. Parece que quisieran
considerar separadas la una de la otra, cuando no es así, pues
como dice el ilustre marqués de Valdegamas, "no hay cuestión
política en que no entre una verdad religiosa. " Sin duda por
esa especie de entredicho o desvinculación, que ven entre una
y otra, hay quienes, llevados por un puritanismo y de un celo
mal entendido, y tal vez por escrúpulos farisaicos, quisieran
aconsejarnos que los sacerdotes no debieran mezclarse en la
122
JOAQUÍN SECCO ILLA
%
política, ni concurrir a depositar su voto en las urnas, sino
quedarse en las iglesias y en las sacritías, callándose en todo y
conformándose con todos los errores y avances de la impiedad.
Ah! esto no puede ser así, mil veces no! Así sólo lo entienden
nuestros enemigos, por la cuenta que les trae en quedarse so-
los en el gobierno de los pueblos sin que nadie los moleste,
para poder así molestar y abatir a la Iglesia y los católicos.
Pero no así lo entiende la Iglesia ni los Pontífices, ni los cató-
licos ilustrados. Nadie tiene más obligación que los Obispos y
los sacerdotes de cuidar de la integridad de la fe, predicar
oportuna e importunadamente, argüir, reprender e increpar a
los soberbios contradictores, preservar la grey que les ha sido
confiada del veneno del error y del vicio, defender la sana
doctrina y todos los derechos de la Iglesia, como lo mandó Jesu-
cristo a los Apótoles. "
Y así, en su largo discurso, insiste y recomienda, intensa y
decididamente, la obra política de los católicos, a quienes
exhorta de la siguiente manera: " Debemos ocuparnos de ha-
cer política cristiana para defender los derechos sagrados de la
Religión". Y más adelante: "La Santa Sede recomienda en-
carecidamente a los Obispos y sacerdotes juntamente que a los
católicos seglares, que trabajen con el fin de llevar a las Cá-
maras al mayor número de representantes católicos, para que
pueda haber allí quienes defiendan la buena causa. Es un de-
ber, pues, sagrado, el ocuparse de la política. "
Y concluyó su larga exposición de clausura el Obispo Dio-
cesano, en aquel Congreso, recomendando: " Estad firmes en
los propósitos. Estad firmes en la fe y adictos sinceramente a
la autoridad de la Iglesia, y que la caridad resplandezca en to-
das vuestras obras. Intransigentes en cuanto a la doctrina, se-
réis tolerantes y caritativos con las personas y sus opiniones. "
De esta manera quedó definitivamente consagrada, al
abrigo de todas las discrepancias y de todas las discusiones, la
legitimidad de la acción política de los católicos en las filas de
la Unión Cívica.
HISTORIA DE LA UNION CIVICA
123
No nos da el tiempo en la clase de hoy — puesto que ya
son las 20 horas — para estudiar el complemento indispensable,
que son los primeros pasos de la Unión Cívica propiamente di-
cha, la actuación de su Consejo, la preparación de su programa
y de su carta orgánica, cosa a la que se dedicó de inmediato
y que presentó a la Convención del año subsiguiente, o sea del
12, en agosto, en la que fueron aprobados.
Ese nuevo período lo estudiaremos en la próxima clase.
He terminado. '
( Prolongados aplausos. )
SEXTA CLASE
<^)OTADA LA CREACION DE LA UNION CIVICA en el
' — ' Cuarto Congreso que le dió sus estatutos básicos — según
lo hemos visto en la última clase — el Consejo Directivo nom-
brado en aquel Congreso, procedió a constituirse, discerniendo
los cargos, además del Presidente, que ya había sido nombrado
en el propio Congreso, en la siguiente forma: Vicepresidente,
el doctor Antonio Harán; Vicepresidente 2°, el doctor Carlos
Ferrés; Tesorero, el señor Adolfo Isasa y Secretario, el doctor
Elbio Fernández, quedando así instalada la autoridad de la
nueva entidad que se había formado.
Esta se puso de inmediato a desempeñar tres tareas prin-
cipales; primera, la reorganización de los centros cívicos; se-
gunda, la sanción de la Carta Orgánica; tercera, la sanción de
su Programa de Principios.
La reorganización de los centros cívicos: porque, como us-
tedes recordarán, desde las elecciones de diciembre de 1910,
hasta el Congreso de noviembre d 1911, por resolución del Di-
rectorio, mientras se daba tiempo para proyectar la nueva orga-
nización, los trabajos de organización cívica quedaron suspen-
didos y las entidades ya existentes bajo la dependencia directa
del Comité Ejecutivo. Ese breve espacio de tiempo, natural-
mente había contribuido a hacer descansar los núcleos cívicos
existentes, ya constituidos, y era lógico que la primera tarea
del Consejo nuevo de la Unión Cívica, consistiera, precisamente,
en reorganizarlos y darles vida. Desde luego, hubo clubes que
lo hicieron espontáneamente, reorganizando sus autoridades;
en cambio, como el ritmo de reorganización no era bastante
acelerado, el Consejo Directivo se vió en la obligación de
128
JOAQUÍN SECCO ILLA
nombrar Comisiones de propaganda, aquí, en Montevideo, y
en otros departamentos. Todo ese tiempo fué necesario es-
perar, para poder citar a la Convención de la Unión Cívica.
He aquí porque,, a pesar de haberse celebrado el Cuarto
Congreso creando la Unión Cívica en noviembre de 1911, la
Convención recién fué citada para agosto de 1912. No hubo,
pues, ni demora ni omisión de especie alguna, sino el empleo
de tiempo, realmente indispensable, para poder presentar las
filas de la Unión Cívica en debida forma.
En el primer momento de la constitución o instalación del
primer Consejo Directivo, se produjo una incidencia que, aun-
que de detalle, es uno de los tantos antecedentes que conviene
no olvidar cuando se habla de las dificultades con que en todo
tiempo ha luchado siempre nuestra obra. Ya recordarán us-
tedes, porque de ello hemos hablado, la desintegración del Co-
mité Ejecutivo de la Unión Católica, en el año 1910, que pro-
vocó el retiro de tres ilustres y autorizados correligionarios que
en un principio nos habían acompañado en la organización y
que, cuando en el año electoral se agudizaron los problemas
partidarios o partidistas, entendieron que nunca se habían se-
parado del suyo, del propio, del que tenían antes, y que po-
drían actuar a la vez, en la organización cívica y en la orga-
nización partidista. Como la Unión Católica no participó de
ese modo de pensar, demostrando su propósito, ya entonces
bien claro, de formar una entidad totalmente independiente,
esos tres correligionarios tuvieron que retirarse del Comité
Ejecutivo.
Bien. Por una rara coincidencia, a raíz del Congreso Ca-
tólico y de la instalación del primer consejo Directivo de la
Unión Cívica se reprodujo un problema semejante.
Además de las tres uniones, el Congreso Católico había
creado un organismo especial que se llamaba Comtié Central,
cuyas funciones no habían sido claramente definidas. Enten-
dieron algunos que tenía determinadas facultades que otros no
le concedían, ni le atribuían. El hecho es que presidió el primer
HISTORIA DE LA UNION CÍVICA
129
Comité Central uno de los correligionarios que se habían reti-
rado del Comité Ejecutivo de la Unión Católica, en aquella
anterior oportunidad, cuyas opiniones respecto de la acción
cívica no eran del todo favorables, de suerte que así que co-
menzó a actuar el Comité Central, se produjo el primer roza-
miento con la Unión Cívica.
Me tocó de nuevo enfrentar el problema. Entonces, re-
nuncié a la Presidencia de la Unión Cívica, más que por ceder
el campo libre, como un medio táctico para que se aclarara
la duda, para que se resolviera la dificultad. Y, efectivamente,
así sucedió, porque en virtud de esa renuncia — dice el acta
de 30 de noviembre de 1911 — el doctor Casaravilla, Presidente
del Comité Central, me declaró categóricamente que mientras
desempeñara dicho cargo, se abstendría de toda participación
activa en la política de los partidos tradicionales. Y agrega
el actá: ". . .y que al mismo tiempo consideraba como un deber
que ese mismo cargo le imponía, el propender desde la Pre-
sidencia del Comité Central al progreso de las tres uniones,
Social, Económico y Cívica. En virtud de esta manifestaciones
— dije — me complazco en acceder al pedido del Consejo Di-
rectivo y retiro mi renuncia del cargo de Presidente".
Por segunda vez, pues, quedó eliminado todo conflicto con
los elementos de los partidos tradicionales que hasta ese ins-
tante, por lo menos, predominaban en las filas católicas. Esa
declaración, que constó asentada y documentada en las actas
del Comité Central, como lo está en las actas del Consejo Di-
rectivo de la Unión Cívica, forma una tradición que ninguno
se ha atrevido ya, después de eso, a romper ni a alterar.
La segunda de las tareas, como decía, del Consejo Direc-
tivo después de su instalación, fué el dictar la Carta Orgánica.
La Unión Católica, en su actividad cívica, ya lo hemos dicho,
no tenía un reglamento especial. Toda la actividad se desen-
volvía sobre la base de los Estatutos de la Unión Católica, que
si bien preveían, en principio, la acción política, no habían
previsto los organismos correspondientes, adecuados a las dis-
130
JOAQUÍN SECCO ILLA
posiciones legales, que podían dirigir y encaminar esa acción.
La Unión Católica, pues, se vió obligada, entoces, a darles, a
los clubes cívicos, un reglamento provisional. Estudió una re-
glamentación general de la acción cívica, por mí propuesta,
pero no llegó definitivamente a sancionarla.
La Unión Cívica, ya constituida, no podía dejar de tener,
como es lógico, una Carta Orgánica, y esa fué, como digo, una
de las tareas inmediatas que emprendió y abordó el Consejo
Directivo. Aquí tengo el Reglamento provisorio de los clubes
cívicos de la Unión Católica del Uruguay. No tengo actual-
mente mayor interés en referirme a él, porque, por otra parte,
está casi reproducido en la Carta Orgánica. Tengo también aquí
el proyecto de Carta Orgánica de la Unión Cívica Popular, que
presenté al Directorio de la vieja Unión Católica, y que tomó
como base el nuevo Consejo Directivo de la Unión Cívic^ para
crear su propia Carta Orgánica. Aquí están las actas del Con-
sejo Directivo, en las que se hace referencia a esos antecedentes.
No voy a leerlas detenidamente, pero en todas las sesio-
nes consecutivas de los meses de enero y febrero de 1912, el
Consejo Directivo se ocupó del estudio de la Carta Orgánica,
detalladamente, y en definitiva aprobó mi proyecto con pocas
variantes. Ese proyecto fué sometido después a la Convención
de agosto de 1912.
Cosa similar pasó con la tercera tarea que emprendió el
Consejo Directivo, o sea el Programa de Principios. En sesión
de 6 de mayo, después de terminado el estudio de la Carta
Orgánica, el Consejo Directivo, según dice el acta, cambió ideas
sobre la conveniencia de redactar un programa político de la
Unión Cívica del Uruguay, y se resolvió continuar con esta
cuestión, en las reuniones sucesivas, como se hizo, efectiva-
mente, según consta en actas. En sesión de agosto 19, casi en
vísperas de la Convención, se consideró el proyecto de Pro-
grama de Principios, presentado por el Presidente, y que sería
sometido a la consideración de la Convención. Dicho proyecto
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
131
fué aprobado en general, y se resolvió discutirlo en particular
en la sesión siguiente, como así se hizo.
Como ya los trabajos estaban casi prontos, el Consejo re-
solvió convocar para el 25 de agosto del año 1912, la Conven-
ción, que a su vez tuvo que preparar, previa consulta con todos
los organismos cívicos. No resolvió por sí la manera de inte-
grar la Convención; consultó a todos los organismos, cómo, a
su juicio, debía integrarse la Convención; y oídas las opiniones,
resolvió citar los correspondientes delegados e integrar la Con-
vención que se reunió — la primera de la Unión Cívica — en
agosto de 1912.
Aquí están las actas de la Convención: concurrencia nu-
merosa, delegaciones completas de todas las entidades; se pro-
cedió a constituir la Mesa de la Convención, designándose
Presidente al doctor Miguel Perea, Primer Vice al doctor Luis
Pedro Lenguas, segundo Vice a Don Bernardo Arias y Migues,
venerable patriarca de Migues, en representación de Canelo-
nes; tercer Vice a Don Evaristo Fernández, ilustre correligio-
nario de Flores, en representación de ese departamento; Se-
cretarios, Bachiller José Miranda, Bachiller Alfredo Canzani,
Don Salvador Morales Herrera y Don Arturo G. Rafuls. Y se
entró de inmediato a estudiar la Carta Orgánica y el Programa
de Principios.
En el acta constan detenidamente las minuciosas discusiones
que se produjeron sobre muchas disposiciones de la Carta
Orgánica. Ya, para nosotros, hoy no tienen mayor trascen-
dencia, más que como el recuerdo, porque la Carta Orgánica,
a su vez, ha sido sucesivamente modificada en varias oportuni-
dades, con motivo de las necesidades y el desarrollo creciente
que nuestros organismos políticos han adquirido. Lo mismo
ocurrió con el Programa de Principios. Como simple antece-
dente histórico: aquí está el original, de mi puño y letra, que
sirvió para la impresión de este folleto que también tengo
aquí, editado inmediatamente de reunida la Convención, por
132
JOAQUÍN SECCO ILLA
el Consejo Directivo, y que contiene la Carta Orgánica y el
Manifiesto-Programa de la Unión Cívica.
Nuestra acción política no había tenido, hasta entonces,
— así, unificado y en conjunto — la declaración de sus postu-
lados cívicos; sus declaraciones eran parciales y breves, la
mayor parte de ellas ocasionales y oportunistas. Había insis-
tido especialmente en la necesidad de la reforma de las leyes
electorales, porque era la condición vital de nuestra acción
política.
Ya hemos dicho que cuando se dictó la resolución de no-
viembre de 1907, por la Unión Católica, resolviendo organizar
cívicamente a los católicos, no existía absoluta posibilidad legal
de obtener representación, porque las leyes sólo admitían la
representación de la mayoría y de una minoría, y esos cargos
eran totalmente absorbidos por los partidos tradicionales.
Nuestra primera manifestación, pues, en el sentido de aspira-
ciones políticas, fué siempre la de obtener la reforma de las
leyes electorales.
Creada la Unión Cívica, pareció, como ustedes han visto,
indispensable, además de su Carta Orgánica formal, obtener
también su declaración o Programa de Principios, y así se hizo.
Desde entonces — es digno de anotarse — fué el primer
grupo político del país que tuvo escrito y publicado su pro-
grama total de principios. Esa gloria le corresponde a la
Unión Cívica .
Vamos a pasar ligera revista a nuestro Programa de Prin-
cipios, tan antiguo, más antiguo que el de otros partidos, que
no lo tuvieron antes, y que bajo ciertos aspectos es tan amplio
que todavía hoy cubre casi todos los postulados actuales de
nuestra causa. Ya lo preveía el Manifiesto-Programa, cuando
decía: "No tiene el intento de concentrar en este documemo,
en forma inalterable y definida, la resolución de todos los
problemas que puede presentar el país en el desenvolvimiento
de sus actividades cívicas, sociales y económicas; puesto que
todos esos problemas, en la amplitud de sus detalles y proyec-
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
133
ciones, tienen aspectos de una diversidad constante, de tal
suerte que escapan a las previsiones más iluminadas. A los
partidos políticos sólo puede y debe exigírseles, la definición
precisa y clara de sus conceptos y tendencias fundamentales;
de aquellos principios que constituyen la razón de ser y la
esencia de sus anhelos y propósitos, sirviéndoles de rasgos ca-
racterísticos y propios para diferenciarlos de los otros partidos;
de aquel programa, en fin, que constituye como el patrimonio
común e inalienable de todos sus afiliados, respetando en cada
uno de ellos la libertad discrecional de criterio en lo secun-
dario, propicia a las investigaciones personales que empujan
a las colectividades de conquista en conquista hacia el pro-
greso, sin mengua del ideal superior que las congrega".
Y así ha ocurrido con la Unión Cívica, siempre fiel a su
programa, dando amplio margen al talento, a la iniciativa de
cada uno de sus componentes y afiliados, en el orden privado
como en el orden de la propaganda, o como en el orden par-
lamentario, que no choca ni destruye jamás sus características
fundamentales, pero que va empujando la labor de la Unión
Cívica, de progreso en progreso, rodeándola de consideración
y de prestigio.
El Programa de Principios de la Unión Cívica, se divide
en varios aspectos. Hay, desde luego, tres declaraciones fun-
damentales que la Unión Cívica tiene particular interés en
formular. Dicen así: "Su actividad responderá naturalmente a
la defensa de los intereses católicos por los medios que la pro-
paganda y la acción pongan a su alcance; pero sus fines no
se concentrarán solamente a ello, porque en el desarrollo inte-
gral de sus energías, tenderá a suscitar todas las iniciativas y
a multiplicar todos los mejoramientos que procuren el bien-
estar general de los habitantes de la República". En estos
breves conceptos, la Unión Cívica define una de sus caracte-
rísticas. Su razón de ser, desde que se fundó, fué la defensa
ciudadana de los intereses católicos en el país. Ello es, todavía,
lo que dará nervio, razón de ser diferencial y propia, y vigor
134
JOAQUÍN SECCO ILLA
para todas sus actividades; pero sería un error creer que la
Unión Cívica es un partido católico. Primero, porque este con-
cepto no es exacto. El catolicismo está representado en el
mundo, por la Iglesia, y la Iglesia no está afiliada, definida y
exclusivamente, a ningún partido político. Nosotros defendemos
esos intereses sin pretender absorber su representación exclu-
siva ni pretender, por ese motivo, rechazar a los que desde
otras tiendas luchen por los mismos ideales. Pero, de cualquier
modo, la Unión Cívica, ante todo y sobre todo, tiene una misión
social, y en el orden político también, que será la de defender
la influencia católica en el país. Y por ella pospone otros inte-
reses, y por ella lucha en primer término, y por ella se juega
por entero.
— Si en algún caso en que estuviera comprometido uno
de esos problemas, la Unión Cívica silenciara su actitud ante
la opinión pública, ante la responsabilidad histórica, y, más
que nada, ante la propia conciencia, la Unión Cívica cometería
una traición.
El segundo concepto fundamental es el concepto de Patria.
"La Unión Cívica velará por la integridad del concepto de
Patria y rechazará toda solicitación contra el sentimiento de
la nacionalidad, ateniéndose en ambas cuestiones, al voto cons-
tante del pueblo oriental, manifestado reiteradamente desde
los primeros días de la emancipación". Parece un poco su-
perflua esta declaración que, desde luego, hay que encararla
en la época en que fué dictada, cuando los comienzos de la
idea socialista, de la socialización de los conceptos de la nación,
tendían a destruir un poco el sentimiento vivo de Patria; pero
se mantiene en todas las épocas, como contestación a lo que
es desgraciadamente un mal, una gangrena en nuestro país,
que es el sentimiento partidista. Al sentimiento partidista
crudo, exagerado, predominante, inconsciente, la Unión Cívica
opone categóricamente, el concepto integral de Patria, recha-
zando siempre esas solicitaciones que hacen que en la realidad
de las cosas aparezcan nuestros propios compatriotas guiados
HISTORIA DE LA UNION CIVICA
135
más por un interés partidista que por un verdadero interés
nacional. El concepto de religión, el concepto de Patria, el
cívico debe tenerlos profundamente implantados en lo más
íntimo de su corazón.
La tercera declaración fundamental, es el concepto de
orden, de democracia. Ya hoy no parece tan necesario hablar
de esto. Cuando la Unión Cívica se creó, en esa época, todavía
mucha gente se acordaba de las revoluciones, como medio de
perfeccionar el orden civil o legal. La Unión Cívica siempre
fué anti-revolucionaria; no sólo lo probó con sus declaraciones,
sino que lo comprobó con sus hechos. Al concurrir, en 1910, a
las elecciones de ese año, a pesar de todas las circunstancias
desfavorables que la rodeaban, la Unión Cívica no hacía otra
cosa que demostrar con actos, lo que había proclamado con
palabras: su fe en el orden democrático, su fe en el valor de
los derechos ciudadanos, fe en la educación cívica, regida por
principios y no por odios. Y desde entonces, siempre lo ha
tenido en cuenta y siempre lo ha cumplido.
Recuerdo, por ejemplo, que cuando se produjo el golpe
de Estado, el país fué convocado a dos cosas: a actuar, con
apariencia legislativa, desde la Asamblea Deliberante y a
actuar con realidad- electoral desde la Convención Constitu-
yente. Como la Asamblea Deliberante era un simulacro de
Democracia, la Unión Cívica no la aceptó; como la Asamblea
Constituyente era el ejercicio, con mayores o menores garan-
tías — que esas no son condiciones del derecho electoral de los
ciudadanos— la Unión Cívica, contra la opinión de todos los
anti-marzistas de la época, concurrió a las urnas. En uso de
su derecho, irrenunciable derecho para el ciudadano, llevó si;
representación y actuó en la forma en que podía hacerlo, hasta
donde llegaba la eficiencia de su acción y su derecho, pero
actuó con entera dignidad.
El concepto, pues, de orden democrático, está impreso en
todas las líneas de la Unión Cívica. Cuando digan a algún
cívico que no es demócrata, podrá contestar en dos palabras:
136
JOAQUÍN SECCO ILLA
"¿Quién más demócrata que el cívico?" "¿El miembro de los
partidos tradicionales?". "¿El miembro de los partidos tradi-
cionales, que recoge una larga historia compuesta de sangre,
de revoluciones, de trampas electorales, de leyes inicuas, de
limitaciones?". "¿Por ejemplo, hoy en día, los sectores que se
oponen a la reforma de la ley de lemas, cuando la ley de lemas
es la negación de la democracia, porque obliga a todos los
electores del país a votar una lista completa, para cargos de
naturaleza distinta, nacionales y municipales, ejecutivos y le-
gislativos, y suma a una lista, a la mayoría, los votos de todos
los demás ciudadanos?". "¿Eso es democracia?"
Cuando la Unión Cívica hace una afirmación, sea de orden
político, sea de cualquier naturaleza, está estrictamente en el
orden democrático, y lo que proclama lo cumple. No va a una
Asamblea Deliberante; va, cualesquiera sean las circunstancias,
a una Asamblea Nacional Constituyente. Nuestros mayores vo-
taban a veces con peligro de sus vidas; nosotros no podemos
admitir que sólo haya derecho a votar cuando la seguridad
nos la den en un plato, porque si es necesario la conquista-
remos aún a expensas de nuestra sangre. Las elecciones de
enero del 75, en que la ciudadanía selecta votó contra los aten-
tados y las amenazas de la fuerza, rindiendo preciosas vidas
en homenaje a su dignidad, pueden ser ejemplo.
Sobre la base de estos tres postulados fundamentales — la
Religión, la Pttria, el orden democrático — la Unión Cívica ha
constituido el trípode con que sostiene, y espero sostendrá siem-
pre, su vida política.
El programa de 1912, este programa de que estamos con-
versando, fué hecho antes de la reforma constitucional. Por
eso, en el capítulo de la estructura gubernativa, ha sido total-
mente modificado. Con arreglo a la vieja Constitución de 1830,
existía el Presidente, existían las dos Cámaras, existían las
Juntas Económico-Administrativas, — Gobierno ejecutivo, legis-
lativo y municipal — . Todo eso hjt sido cambiado, no porque haya
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
137
cambiado nuestro juicio con respecto a la situación que con-
templó, sino porque han cambiado las situaciones.
Cuando se reformaron esas entidades, suprimiendo la Pre-
sidencia de la República, dividiéndola en un Ejecutivo bicéfalo
— Presidencia y Consejo Nacional de Administración — ; cuando
se cambiaron las organizaciones municipales, creando los Con-
sejos Departamentales y las Asambleas Representativas, lo
único que pudo hacer la Unión Cívica fué rechazar las modi-
ficaciones que no se ajustaban a su programa, como así lo hizo
en la Constituyente de 1916. Pero esas cosas mutables, cam-
biantes, son por su naturaleza inestables y, por consiguente,
esas partes del programa incorporadas a un organismo polí-
tico, nunca podrán ser inmutables, inmodificables, porque
tendrán que ajustarse siempre a las respectivas organizaciones
constitucionales. Si hoy, por ejemplo, con arreglo a la última
reforma del año 1934, hubiera que declarar de nuevo los prin-
cipios de la Unión Cívica, tendría que volver, no a la orga-
nización bicéfala del Ejecutivo, sino a la organización uniper-
sonal, y a la organización sui géneris, que tampoco es la de
1830, que era puramente presidencialista, sino a una organi-
zación mixta, de presidencialismo y parlamentarismo con ten-
dencias en los hechos, más pronunciadas hacia el parlamenta-
rismo que al presidencialismo, dado que, en los hechos, como
digo, actúa en muchas cosas el Consejo de Ministros más que
«1 propio Presidente personalmente.
Pero prescindiendo de ese capítulo de la estructura gu-
bernativa, el programa de la Unión Cívica encaraba la solu-
ción de casi todos los problemas que se plantearon después,
que se plantean hoy en día y los que tal vez puedan plan-
tearse, por lo menos en su esencia, en el futuro.
Yo no voy a ser detallista en esta materia, porque deseo
concluir hoy con el examen del programa, limitándome, natu-
ralmente, en esta materia, a pedirles que vean si pueden ob-
tener — si les interesa — este folleto pequeño donde está el
Manifiesto - Programa a que me refiero, creo que está ago-
138
JOAQUÍN SECCO ILLA
tado, pero sería interesante leerlo, para ver la consecuencia,
siempre, permanente, constante, con que la Unión Cívica ha
sido fiel a las declaraciones contenidas en este manifiesto.
En un capítulo especial, por ejemplo, que voy a leer, hay
este resumen, que hice yo para una serie de conferencias que
di hace muchos años, sobre el programa de la Unión Cívica.
Dice así: "Concepto de la acción del gobierno; fórmula de la
verdadera democracia; la sociedad y el Estado; el individua-
lismo, el socialismo, verdadera misión del poder; límites de la
acción gubernativa, los derechos del individuo, los derechos
domésticos, los derechos de la Iglesia; el Estado y la enseñanza,
libertad de enseñanza, la enseñanza religosa, la enseñanza pro-
fesional; el Estado y la beneficencia, la acción privada, la
acción municipal, concepto de la misión del Estado; el Estado -
y la legislación, el derecho y la moral, elevada misión de la
ley, los códigos; la familia, carácter del matrimonio, uno e in-
disoluble, los efectos civiles, los derechos y deberes que en-
gendra entre los esposos, entre padres e hijos".
Todos estos problemas están detallados en el curso del
manifiesto.
En el otro aspecto, en el orden económico: "Su importancia
para el bien común, el Estado y el bienestar general ; libertad
de comercio e industria, el derecho de propiedad, el dominio
industrial del Estado, los monopolios; el capital y el trabajo,
la sociología católica, el contrato de trabajo y la legislación
protectora de los obreros, soluciones; reforma del régimen tri-
butario, el impuesto a la renta, los actuales impuestos públi-
cos, aplicación del sistema "degresivo" para favorecer a las
clases menos pudientes, supresión de los impuestos de consamo
a los artículos de primera necesidad; los arbitrios municiuales,
reducción del costo de los servicios de luz, agua e higiene,
mejoramiento de las ciudades; la campaña; caminos, puentes,
puertos, empresas de navegación y transporte, seguridad de
las personas y bienes, fomento ganadero y agrícola".
HISTORIA DE LA UNION CIVICA
139
Y, por fin, en el orden financiero: "Seria revisión del Pre-
supuesto, aplicación racional y útil de los recursos, organiza-
ción del crédito público; reducción del funcionarismo, ley ge-
neral de sueldos, retiro por enfermedad o vejez, inamovilidad
de los empleados, organización del ejército y la armada, la
guardia nacional, instrucción obligatoria, servicio volunímio,
escalafón y retiro, reducción del presupuesto militar".
En el orden internacional: "Reglamentación de la carrera
diplomática, tratados de arbitraje amplio y de amistad, de de-
recho internacional privado, de navegación y comercio".
Constantemente aparecen aspectos contenidos en este pro-
grama. El servicio militar, por ejemplo, de que tanto se ha
hablado, y en el que no se pueden unificar opiniones actual-
mente en el seno de la Convención cívica. Dice nuestro pro-
grama: "En lo que se refiere al ejército y la armada, la Unión
Cívica considera necesario su mantenimiento, sin perjuicio de
la obligación de todo ciudadano de constituir la guardia na-
cional cuando lo requieran las circunstancias. No cree llegado
el momento de establecer el servicio militar obligatorio, pues
no lo imponen aún las exigencias de la defensa nacional, que
pesan sobre otros Estados en condiciones tan onerosas coto
poco envidiables. El servicio militar obligatorio, por otra parte,
si ha de ser proficuo, impone la necesidad de sustraer al tra-
bajo urbano y rural, un gran número de brazos, por tiempo
determinado, en la edad en que es más conveniente la labor
tranquila y continuada. Pero el ejército y la armada deben
ser seriamente reorganizados, desde luego, reduciendo aquel
a las justas necesidades públicas y haciendo de él la fuerza
armada del país y no de un partido político. Su composición
debe hacerse extrictamente con hombres voluntarios o con-
tratados, para lo cual será indispensable la mayoría de edai,
no permitiéndose el ingreso en el ejército y la armada sino
por simple soldado o alumno de la respectiva escuela militar
o naval, y manteniéndose siempre, en todo su rigor, la jerar-
quía militar, particularmente con relación al ascenso. El otor-
140
JOAQUÍN SECCO ILLA
gamiento de grados y de empleos debe sujetarse estrictamente
a las leyes y no debe convertirse jamás en un medio de re-
partir prebendas y recompensar favores, sino en un justo estí-
mulo al mérito, al valor y a la ciencia. Es un deber de pa-
triotismo propender a la elevación moral e intelectual de la
clase militar, porque si la sociedad confiere privilegios e in-
signias de mando, a pesar de su organización democrática, es
al sólo título de poder exigirle, en una forma más imperativa,
el respeto a la Constitución y a las leyes, la defensa de la
integridad e independencia de la nación, la tutela del honor,
del orden y de la soberanía de la República".
Ya en 1912, en el programa de la Unión Cívica, pues, se
preveía ese problema que ha sido candente, y todavía lo es,
en nuestro país, dándole la respectiva resolución.
En lo que se refiere a los problemas sociales, también
el programa de la Unión Cívica estudia las causas y las solu-
ciones correspondientes:
"Entre los grandes problemas que las modalidades de la
¿poca contemporánea han hecho surgir, se encuentra, sin duda,
el de las relaciones y antítesis creadas entre los dos factores
más importantes de la producción: el capital y el trabajo. Este
problema por excelencia, llamado hoy en día cuestión social,
es el fruto de una escuela que, al echar por tierra todo el an-
tiguo orden de cosas, ha puesto frente a frente el egoísmo, la
ambición, el culto del dios éxito, por una parte, y por la otra,
la cruel necesidad desamparada de satisfacer las exigencias de
la vida. Es el desequilibrio en la posesión de la riqueza sur-
gido de la libertad ilimitada y de la pasividad del Estado.
Urge ponerle remedio, aun cuando en nuestro país no se hayan
pronunciado todavía todas las consecuencias del conflicto. Si
existe alguna materia en que la acción de los gobiernos no
debe ser represiva, sino preventiva, ésta es la primera de todas
ellas. Pero para prevenir y resolver ese problema es necesario
abordar su solución en su conjunto y no en uno de sus aspectos
por separado. No todos los que ejercitan su trabajo, como factor
HISTORIA DE LA UNIÓN CIVICA
141
económico, trabajan por su cuenta, con i nstrumentos de su
propiedad y elaborando productos que a él sólo pertenecen.
Al contrario, la mayor parte se encuentra en situación dis-
tinta: ofrecen su trabajo a otra persona, para la consecución
de los productos que ésta adquiere, en cambio de una remu-
neración determinada. Eso, que se llama contrato de trabajo,
constituye el aspecto más importante de la cuestión social, pero
no el único. Este contrato reclama una legislación justiciera,
por la que pugnará vivamente la Unión Cívica, para mejorar
la situación de los trabajadores. La ley debe asegurarles el
descanso dominical" (todo esto no existía entonces); "la limi-
tación de la jornada de trabajo; la rigurosa prohibición del
trabajo en los mismos a los menores y a las mujeres próximas
al parto o con hijos menores; la responsabilidad de la empresa
o patrón en los casos de accidente en el trabajo; la reglamen-
tación del trabajo a domicilio; la inembargabilidad de los
sueldos, instrumentos de trabajo y también de la casa del tra-
bajador; el reconocimiento del derecho de huelga; la persona-
lidad civil para los sindicatos profesionales y agrícolas; la for-
mación de barrios económicos para obreros; la exoneración y
alivio de ciertas cargas fiscales y municipales; la constitución
de comités de conciliación y arbitraje para dirimir las dife-
rencias recíprocas y fijar sus derechos; y sobre todo, la difu-
sión y desarrollo de la asociación privada, cooperativas de pro-
ducción, crédito y consumo; mutualidades contra la enferme-
dad, accidentes, vejez, falta de trabajo; seguros de vida, de
propiedades, de cosechas, de productos en general; cajas desti-
nadas a fomentar el ahorro, y otros organismos análogos, a
todos los cuales debe estimular y favorecer la ley con exen-
ciones y privilegios. Pero todo esto, no resolverá, por sí sólo,
la cuestión social, porque ésta, obsérvese bien, radica princi-
palmente en la viciosa distribución y circulación actual de las
riquezas, y afecta, por tanto, no sólo a los que arriendan sus
servicios penosos en beneficio de otro, sino también a muchos
de los que trabajan por cuenta propia, en el mundo de las
142 JOAQUÍN SECCO ILLA
pequeñas actividades productoras. Mientras el conjunto de los
factores de orden moral, político y económico que han pro-
ducido y mantienen la cuestión social, no se modifiquen, ésta
no desaparecerá por completo. Entre tanto, debe precipitarse
su resolución por medio de una reforma general del régimen
tributario, inspirada en el propósito capital de mejorar las
condiciones de vida de las clases sociales menos acomodadas.
He ahí un capítulo fundamental en la acción de la Unión Cí-
vica: la periódica revisión de todas las leyes de impuestos para
que se cumplan constantemente en ellas los principios racio-
nales de la justicia distributiva; pues siendo los impuestos el
tributo con que los particulares concurren a los fines comunes
que debe realizar el Estado, es de justicia que la contribución
se reparta en proporción al haber de cada uno. La base ideal
del impuesto sería el haber líquido del particular, tal como
se realizaba en los antiguos diezmos, que los estímulos de la
conciencia obligaban a cumplir con fidelidad. La fijación ac-
tual de un tributo calcado en esa base, sería hoy de difícil eje-
cución. El actual impuesto de contribución inmobiliaria, no
debe convertirse en un motivo de exacción y violencia para
los propietarios y debe aplicarse, según el sistema «degresivo»,
es decir, concediendo una desgravación parcial, y aun total,
cuando el haber no alcance a una cifra determinada de riqueza,
que es el medio de no destruir el relativo bienestar de las
clases inferiores. Por la misma razón deben modificarse los
impuestos que tienen por base los gastos, gravando los de su-
perfluidad y de lujo, pero reduciéndolos totalmente, en los
consumos de primera necesidad. La reforma en ese sentido,
de las contribuciones aduaneras e impuestos internos, es una
necesidad impostergable, como el medio más eficiente de aba-
ratar el costo de la vida y subsistencia para el pueblo".
He querido leerles esto, porque quien pasa su vista sobre loa
años transcurridos en la acción de la Unión Cívica, a veces
comete con ella una injusticia. Sin duda, en todos los pro-
HISTORIA DE LA UNIÓN CÍVICA
143
blemas en que la Unión Cívica pueda haber sido llamada a
resolver y a actuar, hay un orden inevitablemente jerárquico.
Hoy vivimos, ya, gracias a Dios, en un período en que el
problema legislativo, desde el punto de vista religioso, ofrece
una agradable calma, bajo el imperio de una feliz libertad.
Lógico es, pues, que el motivo fundamental, originario de nues-
tra acción política, no insista siempre sobre ese tema, y que
tengamos desahogo suficiente como para abordar otros proble-
mas, igualmente fundamentales para la sociedad, como son los
que se refieren al orden social. Pero en aquel momento, era
nuestra razón de ser fundamental y era nuestra necesidad
apremiante. La Unión Cívica no hubiera existido, no hubiera
nacido siquiera, y, desde luego, no hubiera perdurado, si hu-
biese abandonado aquella preocupación fundamental impuesta
imperiosamente por las circunstancias.
Cuando vemos ponderar, por muchos espíritus, el ambiente
de paz y de libertad religiosa en que* vivimos, podríamos re-
petir, aunque en este caso con las manos limpias: "Todos, en
esa paz y en esa libertad, hemos puesto nuestras manos". Eran
épocas oscuras, épocas dolorosas, inciertas, en donde uno lo
único que sabía que podía entregar en obsequio a su conciencia
era la lucha. Felizmente, ha pasado la noche, ha brillado la
aurora; la lucha ha cesado. Sepamos gozar ahora las libertades
conquistadas para obtener en beneficio de nuestra Patria, todos
los demás beneficios que en el programa de la Unión Cívica
están, contenidos.
He terminado.
(Prolongados aplausos).
Versión taquigráfica de Daniel Beibeder
INDICE
Pág.
Sumario 7
Palabras pronunciadas por el Dr. Alfredo Canzani . 13
Prólogo 17
Primera Clase 25
Segunda Clase 47
Tercera Clase 65
Cuarta Clase 91
Quinta Clase 107
Sexta Clase 125
\